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Juan Barreto, Bureau Chief Venezuela & LATAM.- Los niños son el templo y el tesoro. Ese cofre que contiene candor, inocencia, porvenir. Cuando creemos que todo está perdido, “salvemos al menos la esperanza de algún día”. Ellos son ese fondo de la caja de Pandora al que aferrarnos en medio del horror y el naufragio.
Preocupan y duelen los que deambulan entre los autos y los semáforos, y ahora, aún más, los que quedan sin hogar ni abrazos. Los huérfanos, los mutilados. Los que no les importan a quienes desfilan por los medios.
¿Quién cuidará de ellos?
¿Quién les dará un abrazo cada mañana?
¿A quién pedirán la bendición y de quién recibirán una sonrisa?
Una sociedad que no se ocupa de cuidar a sus niños y a sus ancianos cayó en la bestialidad.
Los niños rescatados no pueden ser entregados al envilecimiento del olvido. Los hoy refugiados, los huérfanos y los extraviados deben contar con toda la sociedad como una familia.
Se debe anunciar ya un plan, un programa de atención y garantías urgentes para nuestros niños y su tragedia. Que el horror no acabe con su risa.
Frente a ese plan, debe estar una figura como la de Dudamel y la de otros ilustres venezolanos.
Ese plan no debe politizarse. Debe ser la retaguardia estratégica de un lugar que aspira a volver a ser un país soberano algún día. Ese lugar debe ser coordinado y auditado inicialmente por agencias internacionales y universidades. Debe contar con un fondo de seguridad administrado de manera honesta y transparente.
Debemos evitar a toda costa prolongar su agonía llena de pobreza cotidiana.
Los heroicos gestos de solidaridad que hoy se concentran en La Guaira son la demostración de que un pueblo unido es una fuerza imparable cuando decide actuar.
Esa fuerza no puede languidecer ni disolverse tras esta tragedia. Debe tatuarse en la piel y convertirse en nuestra bandera.
Toda esta fuerza acumulada y en acción de rescate debe ser la acción cotidiana de resistencia contra la gran tragedia nacional. Debe traducirse en una organización del amor y la vida que se oponga a la tristeza y la muerte.
Que cada niño y niña, sin importar su condición, encuentre en nosotros no solo la promesa de un plan o una política, sino también la calidez y el compromiso de una familia extendida que no descansará hasta verlos a salvo, educados y, sobre todo, felices.
Porque mientras exista un solo niño con hambre o miedo, la tarea de rescatar nuestra propia humanidad sigue vigente.
Doy gracias a los rescatistas y a esos niños que lucharon por vivir venciendo el horror. Gracias por recordarnos que, ante el horror, la respuesta debe ser una acción colectiva de amor y fuerza, tan grande que no quepa en el lenguaje, sino en la experiencia que se manifiesta afirmativamente como vida real.
¡No perdamos la esperanza! Sigamos buscando entre las ruinas. Sigamos exigiendo y, sobre todo, sigamos siendo ese abrazo que tanto necesitan. Hay luz al final de cada derrumbe.
A esta hora exacta hay niños perdidos, universos de sueños naufragando ante la indolente indiferencia de las emociones mezquinas. “A esta hora exacta hay un niño en la calle…”
