El debate sobre la dolarización formal en Venezuela sigue dividiendo a la opinión pública, mientras el país navega entre la inestabilidad cambiaria y la constante pérdida del poder adquisitivo. El economista Manuel Sutherland analiza el fenómeno desde una perspectiva crítica, poniendo sobre la balanza los beneficios y los costos de abandonar la moneda nacional.
Neirlay Andrade

El clamor de las bases: ¿Por qué los sindicatos quieren el dólar?
Uno de los fenómenos más reveladores en la dinámica laboral venezolana es el respaldo que algunos sectores sindicales otorgan a la adopción de la divisa estadounidense. Según explica Sutherland, quien trabaja de cerca con estas organizaciones, el apoyo de los trabajadores a la dolarización no es ideológico, sino una respuesta de supervivencia ante la pulverización del salario.
«Ellos han sufrido un tipo de cambio que se mueve todos los días, que se deprecia todos los días, que va perdiendo valor todos los días», explica el especialista.
En efecto, en Venezuela el precio de todas las mercancías ─menos del salario─ está calculado en dólares. De tal modo que lo que devengan los trabajadores se reduce “semanalmente o casi a diario”.
Ante esta realidad, la lógica del trabajador de a pie es pragmática: «La gente dice: ‘yo prefiero cobrar una moneda dura, una divisa que más o menos mantenga el valor, y poder ahorrar y poder invertir y poder hacer cosas’», cuenta el profesor universitario.
Los Pros: El fin de la inflación y la estabilidad de precios
El principal argumento a favor de este modelo radica en su capacidad para pulverizar el aumento descontrolado de precios. Sutherland señala el beneficio inmediato de la medida: «Mucha gente considera que el pro más importante es la estabilidad de los precios. Cuando tú dolarizas, tú terminas de matar a la inflación. En pocos meses la inflación tiende a ser exactamente o parecida a la inflación que hay en Estados Unidos y la inflación inercial que tenía tu propia moneda desaparece».

El economista recuerda que este fenómeno ha sido comprobado en la región: «Eso ha pasado en Ecuador, en Panamá, en El Salvador y eso es algo muy importante».
En términos cotidianos, Sutherland destaca que «tener una inflación baja te permite planificar mejor, ahorrar, gestionar mejor el presupuesto y, de alguna manera, defender tu poder adquisitivo».
Los Contras: Camisas de fuerza y pérdida de competitividad
A pesar de los beneficios evidentes en los precios, este tratamiento contra el mal inflacionario tiene un costo elevado para la soberanía económica del país. La primera gran desventaja es la pérdida absoluta de las herramientas monetarias tradicionales del Estado.
«Pierdes por completo la capacidad de hacer política cambiaria. No puedes depreciar la moneda, no puedes devaluarla, no puedes apreciarla, no puedes jugar con eso», advierte Sutherland.

Esta rigidez se convierte en una desventaja frente a competidores de la región. El economista señala que «si, por ejemplo, países como Colombia o Perú deprecian su tipo de cambio, ellos van a tener una ventaja competitiva contra ti a la hora de hacer exportaciones que no sean petróleo, exportaciones no tradicionales».
Asimismo, Sutherland apunta a un dilema estructural que afecta la producción interna y que es denunciado con frecuencia por los gremios industriales: «Lo segundo, que argumentan muchos empresarios, es que la dolarización tiende a que los salarios suban un poco más rápido que la productividad, lo cual les hace ver menos competitivos a nivel internacional».
El negocio del rentismo y la «inflación en dólares»
El análisis del investigador profundiza en las distorsiones históricas del modelo económico venezolano, donde una parte del sector privado y gubernamental ha dependido crónicamente de las prebendas del Estado.
«Lo tercero, en el caso venezolano, es que ha habido desde hace muchos años una élite empresarial que ha vivido de la apropiación de los dólares baratos. Es una de las expresiones más clásicas del rentismo», explica.
Sutherland recuerda que en Venezuela «la renta petrolera tiende a sobrevaluar el tipo de cambio, a poner el dólar barato».

Esta distorsión genera la aparición de agentes nocivos en el mercado: «Eso hace que se creen buscadores de renta, grupos élites que están buscando comprar dólares baratos y venderlos a un precio más alto y ganar en el arbitraje cambiario».
El economista ejemplifica esta práctica con las brechas de las tasas actuales: «Por ejemplo ahora, tratar de comprar a 515 y vender a 620, 670 y ganar ese arbitraje. Hay gente que se ha hecho multimillonaria con eso. Empresarios, funcionarios. Y entonces hay un interés muy grande en que esa brecha se mantenga».
El economista concluye que esta dinámica encarece artificialmente el costo de la vida en el país: «Esa brecha es totalmente nociva para la economía y hace que Venezuela se convierta en un país caro. Porque cuando la brecha sigue creciendo los empresarios tienden a tapar esa brecha aumentando los precios en divisas»
El analista ejemplifica su planteamiento con el caso de una franquicia de alimentos: «Tú te vas a comer una hamburguesa en un McDonald’s y te cuesta 9, 10, 11 dólares, [mientras que] en un país similar a Venezuela cuesta 2, 3 y 4. Entonces tenemos lo que se llama la inflación en dólares».
La dolarización ofrece una promesa real de estabilidad cambiaria para el bolsillo del ciudadano, pero a cambio de dejar al país sin herramientas de política económica frente al mercado internacional. Antes de tomar una decisión irreversible, concluye Sutherland, «hay que entender los pros y los contras y ver la cuestión con toda la amplitud que requiere el caso».
