Óscar Reyes Matute
The Daily Journal – «GUSTAVO» Era el emblema del movimiento musical más importante del mundo. De él dependían los violines, las flautas y las becas de 200.000 jóvenes. Tenía que medir cada palabra.
José Antonio Abreu le dio una beca para que estudiara dirección orquestal en Caracas. Su tío lo traía de madrugada, una vez por semana, a bordo del camión en el que vendía plátanos en Barquisimeto. Gustavo estudiaba todo el día en Parque Central, y luego se regresaban. Nadie le regaló nada.
Cuando dirigió su primera ópera en el Teresa Carreño, un Elisir D’Amore donde mi pana Aquiles Machado hizo el Nemorino, le dedicó la función a su tío, en primera fila. No me lo contaron. Yo lo ví. Parecía que hubiera dirigido orquestas y cantantes de toda la vida. En esa función, el maestro Pedro Liendo y yo nos rendimos ante la estremecedora evidencia: Gustavo Dudamel es un genio.
Lo queremos de vuelta.
Los opositores decían que era un músico mediocre, aupado por un gobierno autoritario de izquierda. Sir Simon Rattle, el director de la Filarmónica de Berlín, alucinó cuando lo oyó dirigir Mahler. Se convirtió en su padrino en Europa.
Cuando se marchó discretamente a dirigir en Suecia y Los Ángeles, casi le piden que denunciara al gobierno ante la Corte Penal Internacional. Pero sus palabras aún podían incidir en el destino de los 200.000 jóvenes, una responsabilidad que no tenían (y nunca tendrán) los mentecatos que quieren decidir el destino político de Venezuela desde «X».
Gente a quienes su mamá no los quería, le decían traidor: «Te hemos dado todo, tú no diriges un carajo.»
Yo lo he visto en los London Proms dirigiendo la versión más divertida del Mambo de Leonard Bernstein. A Steven Spielberg parece que le gustó, así que en su remix de West Side Story lo invitó a dirigir la orquesta.
Ha estado cerca de quedar nominado a un Oscar (en la lista de los 20 preseleccionados) por la música de «Libertador», en 2014.
Tiene su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, la número 2.654, ubicada frente al Musicians Institute en Hollywood Boulevard. Lo queremos de vuelta.
«EDGAR» Tuvo inicios de fuego bajo la mirada de Elia Schneider en «Punto y Raya». Pero ya se había graduado de comunicador social en la UCAB, nuestra alma mater. Se consagró en Francia con «Carlos» y la conquista del Premio César.
Con esa miniserie de Olivier Assayas, obtuvo su primera nominación al Globo de Oro y al Emmy por encarnar a Illich Ramírez Sánchez, El Chacal.
Lo queremos de vuelta.
Con toda la honestidad del mundo se mudó a Los Ángeles -es lo que sueñan todos los actores y directores franceses aunque hablen pestes del cine norteameriano- e hizo irrupción en la taquilla de Hollywood con The Bourne Ultimatum y Vantage Point.
Ha trabajado en filmes de gran tensión y rigor político, bajo las órdenes de Kathryn Bigelow, en Zero Dark Thirty.
Se ha transformado de manera épica en el cuadrilátero, cuando se convirtió en Roberto Mano ‘e Piedra Durán en «Hands of Stone.»
Ha brillado de manera estelar al encarnar a Gianni Versace para la televisión global. Así obtuvo su segunda candidatura al Emmy y al Globo de Oro por «American Crime Story.»
Lo queremos de vuelta.
Protagonizó un duelo dramático junto a Nicole Kidman y Hugh Grant en la miniserie «The Undoing.»
Ingresó como miembro votante a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.
Lo queremos de vuelta.
En «Aún es de noche en Caracas», basada en la novela «La hija de la española» de Karina Sainz Borgo, trabajó nuevamene con Marité Ugás y Mariana Rondón.
Un filme desolador, que habla de violencia política, persecusión y exilio. No me gustó mucho la película como tal, pero ¿es mentira que este país está destrozado?
No tiene su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, y aunque ha trabajado en películas épicas y en comedias entrañables, ha estado lejos de ser preseleccionado a un Oscar. Supongo que no ha encontrado su gran historia, el guion y el personaje que lo catapulten al Olimpo del cine.
AMBOS han brillado en el mundo entero, el actor y el director de orquesta. Se han juntado para el Concierto por Venezuela, la despedida de Gustavo de la Filarmónica de Los Ángeles antes de irse a dirigir la Sinfónica de Nueva York. Gustavo en la batuta, Edgar como presentador. Una noble causa: recaudar fondos para las víctimas de los terremotos en nuestro país.
A mí que no me hablen de mesa de diálogo, de reconstrucción, si no incluimos el ideario de nuestras historias en la pantalla y a nuestros músicos.
Quiero ver a Dudamel dirigiendo otra vez, con lágrimas en los ojos, en el Teatro Teresa Carreño.
Quiero ver a Edgar Ramírez tal vez actuando o produciendo una hermosa película venezolana.
Los queremos de vuelta.
