Te quieren hacer pensar que la salud mental es prender una vela o pararte a las cinco de la mañana a hacer ejercicio

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Natalia Jaua

Bienvenido a su guía para restaurar su salud mental. Siga los siguientes pasos si quiere alcanzar una vida plena: Paso 1: Colapse de agotamiento; Paso 2: Abra una aplicación en su teléfono que le cobre $15 al mes para escuchar el sonido de la lluvia durante 10 minutos;  Paso 3: Descargue un ebook de un life coach que le explicará cómo «hackear» su cerebro para producir más en menos tiempo; Paso 4: Vuelva a trabajar.

Esta es la alquimia del siglo XXI: el arte de convertir la explotación en «resiliencia» y el sufrimiento estructural en una industria de mil millones de dólares.

Solo en 2025, la industria del Mental Wellness alcanzó aproximadamente 186.000 millones de dólares, abarcando desde aplicaciones de meditación (Calm, Headspace) y suplementos nootrópicos hasta espacios de retiro. La industria global del coaching sobrepasó los 5.300 millones de dólares en 2025 (casi duplicando los 2.800 millones registrados en 2023 por la International Coaching Federation), con más de 120.000 profesionales ejerciendo en todo el mundo.

Estos dos conceptos han fungido como un brazo ideológico de la sociedad del rendimiento. En lugar de cuestionar las metas desmedidas o los entornos tóxicos, se entrena la «resiliencia» del trabajador para que soporte mayores niveles de carga sin colapsar, convirtiendo una problemática que debería tener una resolución colectiva en un problema individual.

«Nos quieren meter en un adoctrinamiento… el sistema nos quiere débiles y anestesiados», exclamó el distinguido influencer Gianpiero Fusco cuando explicaba cómo la depresión o la ansiedad no son patologías ni respuestas a contextos socioeconómicos complejos, sino la consecuencia de ceder ante «el sistema», que vuelve a las personas cómodas e ineficientes.

Y lo dice con tanta seguridad mientras el Observatorio Venezolano de Violencia (OVV) sitúa la tasa de suicidios en Venezuela en un rango de 6,9 a 8,2 muertes por cada 100.000 habitantes (aproximadamente entre 1.900 y 2.350 fallecimientos anuales). Los jóvenes de 15 a 19 años constituyen uno de los sectores con mayor incidencia, debido a la falta de expectativas de futuro, empleo e integración social.

«Un muchacho tan joven vale, ¿por qué habrá tomado esa decisión?», se pregunta una doña y jura que eso en sus tiempos no pasaba. Nadie se pregunta por qué la cifra de adultos jóvenes que siguen viviendo en el hogar materno roza el 50 % en Latinoamérica, ni por qué seis de cada 10 jóvenes que trabajan lo hacen sin contrato, sin seguro social y con ingresos inestables.

América Latina es una de las regiones del mundo con mayor adopción del trabajo por plataformas y freelancing internacional para mitigar la inflación local. Según el Índice de Trabajo Remoto de Deel y los reportes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), millones de jóvenes latinoamericanos trabajan para empresas extranjeras, desfasados de los husos horarios, sin compañeros de trabajo físicos ni espacios de socialización corporativa.

Según la OIT y la CEPAL, la tasa de desajuste de competencias (personas con educación superior que trabajan en empleos de baja calificación o informales) oscila entre el 40 % y el 48 % en la región. Cinco de cada 10 profesionales graduados en Latinoamérica trabajan como conductores de aplicaciones, en atención al cliente, logística, delivery o deben migrar al sector informal para subsistir.

La doctora Norma Conquista, coordinadora de la Sección de Suicidología de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría, explica que «la incertidumbre constante de no saber si podrá cubrir los gastos hasta fin de mes genera angustia y, si la situación económica se cronifica, ocasiona en la persona indefensión aprendida, donde el individuo siente que no importa el esfuerzo que realice: las condiciones no van a mejorar».

Doctora Norma Conquista, Coordinadora de la Sección de Suicidología de la Sociedad Venezolana de Psiquiatría (SVP)

El empleo informal deja a la persona sin seguridad social, sin derechos laborales y sin vacaciones. Finalmente, el individuo se aísla. Y el aislamiento —está demostrado— lleva a la depresión.

El aumento de las universidades en modalidad 100 % virtual, la educación a distancia y el trabajo en aislamiento han destruido los puntos de encuentro comunitarios. En encuestas regionales sobre salud mental juvenil (UNICEF, Sondeo de Juventudes en América Latina), más del 40 % de los jóvenes expresan sentir soledad frecuente o tristeza persistente, y señalan la falta de redes de apoyo presenciales y el aislamiento en pantalla como detonantes principales.

Conquista señala que «la soledad estructural es un factor de riesgo robusto para conductas suicidas tanto para adolescentes como para adultos mayores». La falta de interacción social significativa lleva a la soledad, al aislamiento y a la depresión, y puede desembocar en ideas suicidas.

En los adolescentes, además, la hiperconexión juega un papel perverso: necesitan validación en las redes sociales, la comparación es destructiva y hay una pérdida de las relaciones presenciales. El aislamiento progresivo llega acompañado del abandono de proyectos personales.

Esto, sin mencionar la reducción considerable de terceros espacios (entornos sociales distintos al hogar —primer espacio— y al trabajo o la universidad —segundo espacio—). La gentrificación los ha reemplazado por cafés de coworking aesthetic matcha latte gluten free, donde te cobran hasta por sentarte.

Para ir a una sala de cine sin aire acondicionado tienes que pagar al menos 10 dólares si vas con alguien más, y eso sin comprar un combo de cotufas. Ya no se puede tener un pasatiempo porque, a juro, la sociedad te convence de que debes sacar algo productivo de él, además de que te cobran por hacerlo.

El aumento desproporcionado del costo de la vida y del ocio ha hecho que el simple acto de encontrarse con amigos tenga un peaje financiero imposible de asumir para la juventud precarizada.

Al no existir lugares gratuitos e informales para habitar la ciudad sin la presión de producir o consumir, el sujeto contemporáneo se recluye en el primer espacio. La soledad se convierte entonces en una condición estructural impuesta por la arquitectura del mercado.

«Batallas de Farmear Aura» en Morelia, México

Las batallas de aura me dan mucha pena ajena, ¿pero de verdad podemos culpar a los muchachos por querer verse las caras y pertenecer? Juzgamos a los chamitos porque desarrollan relaciones afectivas con inteligencias artificiales, pero no nos ponemos a preguntarnos por qué. ¿Podemos realmente juzgarlos si prácticamente no existen espacios ni tiempo para el ocio?

Los costos de la salud mental

Según PsicoData, solo uno de cada 10 venezolanos que experimenta malestar psicológico severo busca ayuda profesional. El 90 % restante no acude a terapia, principalmente por barreras económicas, falta de información o estigma.

En un país con un salario mínimo legal desfasado frente a la canasta alimentaria (que supera los 500 dólares), el acceso a la salud mental privada representa un gasto privativo para el ciudadano común. Una consulta psicológica privada cuesta entre 30 y 85 dólares por sesión.

Una caja de 30 tabletas de antidepresivos, de marca genérica u original, oscila entre 8 y 20 dólares; la de ansiolíticos y moduladores, entre 5 y 15 dólares por caja; y un tratamiento mensual de antipsicóticos puede superar los 25 a 50 dólares, con el agravante de la dificultad para conseguir récipes médicos oficiales continuos debido al costo de las consultas periódicas.

«El costo de las consultas y de la medicación hace que el paciente, si lo cumple, lo haga por la emergencia del momento, pero mantener la adherencia es muy difícil», explica Conquista. El paciente asiste a un promedio de dos a tres consultas seguidas y luego deja de asistir por los costos o porque, al sentirse mejor, él y su familia consideran que ya no es necesario. Sin embargo, quien ha presentado ideas suicidas debe ser objeto de seguimiento y, si ya hizo un intento suicida, el riesgo es mayor.

Según la psiquiatra, el seguimiento ideal debería ser cada tres días; si no se puede, mensual, y solo debería distanciarse cuando la evaluación —que debería durar un año— lo indique.

Gente agotada y autoexplotada

En 2010, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han planteó que la sociedad del siglo XXI no está oprimida por una fuerza externa ni por prohibiciones dictatoriales, sino colapsada por un exceso de rendimiento, una libertad ilusoria y la positividad.

Han plantea que la imposibilidad de parar y la presión constante de tener que rendir y ser feliz todo el tiempo han desarrollado patologías neuronales en las nuevas generaciones.

La hiperactividad, la dispersión digital y la multitarea matan lo que Han llama la «atención profunda» (la contemplación, la filosofía, el arte, la capacidad de aburrirse). Sin aburrimiento no hay pensamiento crítico ni verdadera creatividad.

Byung-Chul Han (Seúl, 1959)

El filósofo distingue dos tipos de cansancio: el cansancio del rendimiento o agotamiento solipsista, que es aislante y surge cuando una persona se quema trabajando o intentando autooptimizarse, hasta volverse incapaz de mirar al otro; es el cansancio que produce la depresión, el del individuo agotado de sí mismo. Frente a este, Han plantea el cansancio contemplativo o la interrupción como una posibilidad de sanar, que consiste en detener la máquina productiva, permitirse la fiesta, el juego y la pérdida de tiempo «inútil» sin culpa, y recuperar el descanso compartido en comunidad.

«La situación en el país ha hecho que los adultos contemporáneos caigan en la normalización del agotamiento para cumplir con sus responsabilidades, en pro de la productividad para satisfacer necesidades económicas y de pertenencia a ciertos espacios laborales», explica Conquista.

El individuo cree poder con todo hasta el cansancio, anda en piloto automático y eso lo lleva al colapso y al aislamiento. Existe un síndrome de no tener tiempo para otras actividades que no sean las productivas económicamente. Así, la precarización, la sobreexigencia productiva y el burnout sostenido llevan a la desesperanza, que es un factor predictor de comportamiento suicida. Aunado a esto, hay resistencia a buscar ayuda profesional por estigma, falta de tiempo o recursos.

Mientras filósofos del siglo XX como Michel Foucault o Gilles Deleuze analizaron las estructuras físicas y biopolíticas de control (las cárceles, los hospitales, las redes de control digital), Han enfoca su bisturí en el espacio interior: cómo el capitalismo del siglo XXI penetró la psique, colonizó el deseo y convirtió los afectos en fuerzas productivas.

Retomando la Dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, Han señala que la lucha ya no ocurre entre dos personas: el sujeto contemporáneo es amo y esclavo en una sola entidad.

La explotación ya no requiere violencia externa (alienación), sino que se disfraza de «libertad». El individuo se autoexplota hasta el colapso (burnout), sintiéndose plenamente realizado.

En el panóptico tradicional de Bentham, los prisioneros se sabían vigilados y aislados en el silencio. En el panóptico digital (redes sociales), los prisioneros se comunican intensamente, se desnudan voluntariamente y celebran su propia exhibición.

Suicidio y salud mental

Alrededor del 80-90 % de las personas que se suicidan a nivel global experimentan algún trastorno de salud mental. La depresión mayor es la condición más frecuentemente asociada, seguida del trastorno bipolar, la esquizofrenia, los trastornos límite de la personalidad y los trastornos de ansiedad o de la conducta alimentaria.

A esto súmale la desesperanza de no ver horizontes, la muerte de un ser querido, rupturas amorosas dolorosas, antecedentes de abuso físico, emocional o sexual durante la infancia, el endeudamiento grave, la pérdida repentina del empleo o la pobreza prolongada.

El riesgo aumenta considerablemente en grupos en situación de exclusión o estigmatización, como refugiados, migrantes, poblaciones indígenas, reclusos o personas de la comunidad LGTBI. También en la comunidad neurodivergente, que abarca a personas autistas, con TDAH, altas capacidades, dislexia, entre otras variaciones neurobiológicas.

«Pertenecer a minorías es un factor de riesgo suicida importante. Desde la suicidología, todo lo que está del lado de la exclusión lleva a comportamiento suicida y todo lo que lleva a la inclusión está del lado de la prevención del suicidio», señala la psiquiatra.

Diversos estudios globales indican que las personas autistas tienen entre tres y siete veces más probabilidades de morir por suicidio que la población general, y las personas con TDAH presentan un riesgo hasta cuatro veces mayor.

Para Conquista, el riesgo suicida en autistas es más alto que en la población general, pero «esta conducta no se debe a su diagnóstico en sí, sino a la exclusión de que son objeto, al bullying, porque son tratados como raros, a un diagnóstico tardío —más que todo en mujeres— que han tenido que tratar de encajar desde adolescentes en sus grupos de pares y que las lleva al agotamiento, ansiedad y depresión».

En muchos países, los diagnósticos se han realizado post mortem. Otra situación que impide detectar el riesgo es asumir que las autolesiones se deben al diagnóstico de autismo, obviando un posible diagnóstico de depresión.

El masking es el esfuerzo que hace la persona autista —sobre todo la de alto funcionamiento y las mujeres— para encajar en los ambientes donde se desenvuelve. Su origen generalmente comienza en el hogar, cuando los padres, por desconocimiento del diagnóstico, obligan a los niños a comportarse como neurotípicos.

Para abordarlo, hay que ayudar a la persona a reconocer las situaciones en las que se ve obligada a actuar como neurotípica, ofrecerle espacios a solas donde pueda descansar luego de estar expuesta a situaciones que la desgastan, enseñarle a decir no ante situaciones sociales que la agoten y proporcionar a los docentes información sobre neurodiversidad. En Venezuela no hay datos estadísticos oficiales de suicidio en autistas.

Investigaciones especializadas identifican el masking prolongado (esfuerzo consciente e inconsciente por reprimir rasgos neurodivergentes) como uno de los predictores directos más fuertes de la ideación suicida en adultos autistas y con TDAH.

Aun así, cada septiembre nos ponemos nuestro lacito amarillo para conmemorar el mes de prevención del suicidio, llamamos al amigo que ha estado medio raro y volvemos a nuestras jornadas explotadoras.

No cuestionamos por qué una persona debería elegir entre un tratamiento y comer, no corregimos a quienes dicen que ir al psicólogo es de locos o que es mejor ir a la Iglesia y pedirle a Dios que te ayude.

No cuestionamos ni señalamos a quienes han desvalijado el sistema de salud, mucho menos cuestionamos a las empresas que contratan pasantes y los hacen trabajar 12 horas por 30 míseros dólares. No indagamos por qué el niño no aprende como los demás y solo le decimos que trate más.

La Dra. Conquista insiste en que una campaña de prevención del suicidio debe incluir, como mínimo, normalizar hablar de suicidio en los medios de comunicación con criterios responsables; informar sobre factores de riesgo, señales de alerta y detonantes; trabajar la estigmatización de la salud mental con especialistas; y conocer los mitos acerca del suicidio.

Pero también debe formar al personal de atención primaria en detección precoz y manejo del comportamiento suicida; controlar, por parte del Estado, los medios para autolesionarse —pesticidas, armas de fuego, drogas—; controlar a los pacientes con enfermedades mentales garantizando su tratamiento; garantizar sitios de atención gratuita; y crear un protocolo a seguir en caso de ideación o intento suicida, así como para la atención a familiares del fallecido.

Todo esto sin perder de vista la situación socioeconómica de las personas, la violencia de género y las alternativas viables para quienes están en posiciones donde podrían encontrar ayuda.

La salud mental no es prender una vela ni pararse a las cinco de la mañana a hacer ejercicio. Es cuestionar por qué hay que apagar incendios todos los días. Es negarse a convertir el dolor en industria, la precariedad en resiliencia y la muerte en estadística. Es exigir que la vida —y la posibilidad de seguir viviéndola— no sea un privilegio de quienes pueden pagarla.

Pero nos continuamos entregando al sistema que nos devora.

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