Neirlay Andrade.- La Galería de Arte Nacional (GAN) conmemora 50 años de existencia con la exposición Medio siglo de arte en movimiento, una muestra que no solo celebra la trayectoria de la principal institución dedicada al arte venezolano, sino que propone una lectura amplia y dinámica de la historia visual del país. A través de un recorrido que conecta tiempos, estéticas y discursos, la exposición invita a comprender el arte local como un proceso continuo de diálogo entre pasado y presente.
La inauguración contó con las palabras de la presidenta de la Fundación Museos Nacionales, Élida Salazar, quien fue parte del equipo fundador de la GAN en 1976 y destacó la importancia de esta celebración como un homenaje colectivo.
“Formé parte de este sueño de Manuel Espinoza, Miguel Otero Silva y Alejandro Otero”, afirmó, al tiempo que llamó a “honrar a todas las generaciones que han pasado por acá” durante estos 50 años.

En sus primeros 30 años, la GAN estuvo alojada en el Museo de Bellas Artes, finalmente, en 2009 fue inaugurada su sede actual, diseñada por el arquitecto Carlos Gómez de Llarena. Allí también estuvo Élida Salazar.
“Es un espacio grandioso, pero a su vez, desde el punto de vista museográfico, hay que estudiarlo muchísimo. Es un espacio para disfrutarlo, pero también hay que trabajarlo muchísimo para dominarlo y darle esa circularidad expositiva”, explicó la investigadora.
Un diálogo entre tiempos superpuestos
La muestra se articula alrededor de una idea central: la continuidad histórica. Más que una sucesión cronológica de obras, el recorrido establece relaciones entre distintos momentos de la creación artística venezolana, evidenciando cómo ciertos temas, materiales y preocupaciones permanecen vigentes a través de los siglos.

Uno de los núcleos más reveladores es la primera sala del recorrido, donde piezas arqueológicas de hasta 1.500 años de antigüedad dialogan con creaciones contemporáneas. La propuesta museográfica subraya que el arte indígena no pertenece únicamente al pasado, sino que sigue presente en las prácticas artísticas actuales.
Cerámicas pertenecientes a culturas originarias conviven con obras de artistas contemporáneas como Reina Herrera, Josefina Álvarez y Fabiola Gámez, estableciendo conexiones en torno al uso de la tierra, la cerámica y las formas visuales heredadas de los pueblos indígenas. El resultado es una reflexión sobre la permanencia de estas tradiciones como parte esencial de la identidad cultural venezolana.
La exposición también aborda el período colonial desde una mirada crítica. Obras religiosas y retratos de los siglos XVII y XVIII se presentan junto a piezas contemporáneas que revisitan y cuestionan los procesos de colonización y evangelización. La intención es mostrar cómo los artistas venezolanos transformaron símbolos impuestos para construir lenguajes propios, generando una tensión permanente entre colonialidad y resistencia cultural.

El recorrido continúa con una sala dedicada a la independencia y a la construcción de la idea de libertad. Allí conviven diversas representaciones de Simón Bolívar y Francisco de Miranda, desde pinturas históricas hasta expresiones del arte popular. La propuesta amplía además la mirada tradicional sobre la gesta independentista al incorporar referencias a los pueblos indígenas y afrodescendientes como protagonistas de los procesos de resistencia y emancipación.
Obras contemporáneas, fotografías y piezas conceptuales recuerdan que la independencia no es presentada como un episodio cerrado, sino como una aspiración histórica que continúa interpelando a la sociedad venezolana.

La etapa republicana encuentra su representación en las obras de maestros como Arturo Michelena, Cristóbal Rojas y Martín Tovar y Tovar, cuyas pinturas permiten observar temáticas alejadas de la iconografía religiosa. Retratos, escenas costumbristas y representaciones de la vida cotidiana evidencian la construcción visual de una nación en formación.
Otro de los ejes destacados es el dedicado al paisaje venezolano. La curaduría establece un diálogo entre los exploradores y viajeros europeos del siglo XIX y los artistas vinculados al Círculo de Bellas Artes, así como con creadores de generaciones posteriores. La selección desmonta la idea de que el paisajismo desapareció con la irrupción de las vanguardias, demostrando su persistencia como una de las expresiones fundamentales del arte nacional.

El recorrido alcanza uno de sus puntos más emblemáticos en la sala dedicada al cinetismo, movimiento que convirtió a Venezuela en una referencia internacional durante la segunda mitad del siglo XX. Obras de Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez, Gego y Juvenal Ravelo permiten apreciar la exploración del movimiento, la luz y la percepción visual que caracterizó a esta corriente.
La muestra plantea además la relación entre el cinetismo y la abstracción geométrica, destacando cómo estas tendencias rompieron con la tradición figurativa para desarrollar nuevos lenguajes basados en líneas, formas y estructuras dinámicas.
A partir de allí, la exposición avanza hacia el informalismo y las prácticas centradas en la materialidad. Obras de Mario Abreu, Alirio Oramas, María Abreu y otros artistas evidencian una ruptura con la pureza formal de la abstracción geométrica para incorporar materiales encontrados, objetos reciclados y elementos vinculados a la experiencia cotidiana.
La reflexión sobre el cuerpo ocupa otro espacio relevante dentro de la muestra. A través de obras de Mario Abreu, Bárbaro Rivas y Armando Reverón, entre otros, se observa cómo los artistas venezolanos comenzaron a cuestionar los cánones académicos tradicionales para proponer representaciones más libres, simbólicas y experimentales de la figura humana.
Más allá de la diversidad de períodos y movimientos representados, 50 años de arte en movimiento encuentra su principal fortaleza en la construcción de puentes entre distintas épocas. La exposición evita una lectura lineal de la historia del arte venezolano y apuesta por mostrar una red de continuidades, rupturas y resonancias que atraviesan décadas de producción cultural en el país.
