«Nada está perdido si tenemos el valor de proclamar que todo está perdido y que hay que empezar de nuevo». Julio Cortázar
Héctor Sánchez. — La inusual actividad sísmica que ha sacudido a Venezuela en las últimas horas -una auténtica anomalía geofísica- ha provocado una tragedia de proporciones nacionales. Las imágenes de edificaciones colapsadas, familias desamparadas en las calles y el profundo dolor de quienes lo han perdido todo están dando la vuelta al mundo.
Sin embargo, estos sismos consecutivos no representan el único estremecimiento que vive el país. Venezuela atraviesa una situación igualmente anómala e inestable: el «tutelaje» de los Estados Unidos sobre cada decisión trascendental de la nación, lo que constituye un secuestro de nuestra soberanía. Esa soberanía, concepto que tanto se nos instó a valorar en la formación escolar, se ha transformado hoy en una causa por la cual el pueblo venezolano deberá luchar nuevamente. Es una contienda similar a la que se libra hoy por la supervivencia entre los escombros, donde miles de brazos remueven restos con la esperanza inquebrantable de salvar no una vida, sino la vida misma del pueblo venezolano.
En medio de este escenario, el país tiembla en un sentido literal. La naturaleza nos confronta con nuestra realidad geográfica: somos una nación de montañas y fallas geológicas, marcada por vulnerabilidades que escapan a nuestro control. No obstante, estos movimientos telúricos también nos recuerdan que, cuando el suelo se mueve, desaparecen las distinciones entre unos y otros, y se desvanecen las diferencias de clase o ubicación social. Las grandes tragedias de la vida no discriminan ni seleccionan bandos.
Quizás esta sea la lección fundamental que debamos asimilar, aunque sea a través de los embates violentos de un terremoto. Llevamos años estancados en las mismas disputas, observando cómo los mismos actores degradan al país en su afán por retener o alcanzar el poder. Tras esta reflexión, cabe plantearnos la siguiente interrogante: ¿Y si en esta ocasión decidiéramos avanzar sin ellos? ¿Sin aquellos que nos condujeron a la ruina, los que la celebraron o los que se lucraron con ella? La reconstrucción no debería limitarse a los cimientos de las casas caídas, sino que debe alcanzar la dignidad colectiva. El llamado a la unidad no puede ser para validar el juego de los mismos de siempre, sino para edificar algo genuinamente nuevo desde las bases: desde nuestro hogar sea en casas o apartamentos, la calle, el centro de trabajo y la resistencia cotidiana. Este no es un planteamiento ingenuo. Somos conscientes de que el poder -que no halla su sustento en la democracia- no se entrega voluntariamente. Quienes hoy detentan el mando, tanto en Caracas como en Washington, no renunciarán a sus cuotas de influencia solo por la conmoción de un desastre natural.
Sin embargo, también sabemos que el pueblo venezolano posee una resiliencia superior a cualquier sismo: ha sobrevivido a la indiferencia gubernamental, al rigor de las sanciones, a la traición de su clase política, a la propaganda mediática y a una desesperanza que pretendía cancelar su futuro.
Si algo nos enseñan los temblores -tanto los de la tierra como los de la política- es que el único elemento que no se desvanece es la gente. Las edificaciones colapsan, los gobiernos caen, las leyes pierden vigencia y los imperios se desmoronan. Pero la gente, cuando se organiza, se protege y se reconoce como una unidad, se convierte en la única fuerza capaz de construir algo verdaderamente perdurable.
Es momento de volver a empezar, una vez más, pero esta vez con un aplomo libertador. Sin aquellos que nos vendieron o traicionaron; sin quienes nos presionan desde el exterior ni quienes nos saquean desde el interior. Que este reinicio se sustente en la memoria de lo perdido y en la voluntad inquebrantable de lo que aspiramos construir.
El país no merece menos, pues su destino no lo deciden las transnacionales ni los extremismos de izquierda o derecha. Venezuela le pertenece a quienes la habitan, la trabajan y la sueñan. Como enseña la tierra al temblar: aunque el suelo se mueva, el pueblo siempre se levanta. Volvamos a empezar una vez más, y que esta vez sea la definitiva.
