Venezuela entre el hambre y la dolarización

Opinión

Julio A. López, editor jefe de The Daily Journal.- Gracias a la invitación recibida de la Universidad de California, Berkeley, pude aportar mi grano de arena en la Conferencia sobre Venezuela, celebrada el pasado 13 de abril. El profesor de la UC Berkeley, el doctor Liladhar R. Pendse, realizó una labor titánica para lograr que la conferencia superara todas las expectativas y se volviera viral, rompiendo récords de asistencia en conferencias anteriores.

Mis palabras producirán urticaria a los cultos y honorables extremistas, dueños de la verdad y que se creen ungidos por la providencia; las comparto con todos en este editorial.

Hoy, el principal problema del venezolano no es un concepto abstracto ni un indicador técnico. Es una realidad concreta: es el hambre, es la falta de oportunidades, es la pérdida progresiva de la esperanza.

¿Cómo se reconstruye un país profundamente golpeado? ¿Cómo se recupera la confianza? ¿Cómo se reactivan sus instituciones? ¿Cómo se crea un entorno en el que el talento quiera regresar y el que permanece pueda prosperar?

Estas no son preguntas retóricas. Son los desafíos reales que tenemos por delante. Pero también es cierto que Venezuela no parte de cero. Venezuela tiene talento. Tiene recursos. Tiene una diáspora extraordinaria que ha demostrado su valor en todo el mundo. Y tiene, dentro de sus fronteras, millones de ciudadanos que, a pesar de todo, no se han rendido.

El principal problema de Venezuela hoy no es la inseguridad, ni la inflación, ni siquiera la crisis institucional, la democracia ni la creación de un padrón electoral. El problema real, el que se siente en cada calle, en cada hogar, es uno solo: el hambre. La gente no está discutiendo ideologías, está tratando de sobrevivir.

Venezuela ya está dolarizada de facto porque los ciudadanos dejaron de confiar en su moneda. Después de eliminar 14 ceros al bolívar y atravesar tres procesos de reconversión cambiaria, lo que se perdió no fue solo valor: fue la credibilidad.

La reconstrucción del país exige un esfuerzo colectivo, sin exclusiones. Aquí caben todos: oficialismo, oposición, creyentes, escépticos, ricos y pobres, judíos, masones, ateos. Venezuela no se reconstruye desde la pureza ideológica; no se puede pensar que solo los radicales de la oposición tienen la solución a todos los problemas del país, sino desde la urgencia nacional. Necesitamos a todos los venezolanos: gordos, flacos, altos, blancos, negros, chavistas o maduristas.

Pero reconstruir no significa olvidar. Los delitos de lesa humanidad deben investigarse y castigarse. Sin justicia no habrá estabilidad. La impunidad no puede formar parte del nuevo comienzo. Hay que castigar para evitar que esta situación se repita.

Es imprescindible abrir espacio a una nueva generación. Venezuela necesita un liderazgo fresco, menos contaminado, con visión de futuro y no de supervivencia política.

También hay que hablar con honestidad: muchos de los que hoy critican el manejo del petróleo guardaron silencio cuando se entregaban recursos estratégicos en condiciones desventajosas. La coherencia también forma parte de la reconstrucción. Se regalaba petróleo a Cuba y se vendía a China a precios con descuento y mediante mecanismos de comercialización opacos.

Venezuela perdió soberanía en la práctica durante años. Recuperarla no es un discurso político; es una tarea concreta. Fuimos una colonia cubana hasta el 3 de enero. Treinta y dos cadáveres de agentes cubanos de la seguridad de Maduro son una prueba irrefutable de quién verdaderamente gobernaba en Venezuela.

Los empresarios que han logrado mantenerse operativos en este entorno deberían ser estudiados como casos de resiliencia extrema. Han producido en condiciones que, en cualquier otro país, serían imposibles. Nuestros empresarios deberían estar dando clases en la Escuela de Economía de la Universidad de Harvard.

Lo mismo ocurre con los trabajadores petroleros: sin repuestos, sin electricidad estable ni condiciones adecuadas, han sostenido la producción. Son, sin duda, un activo estratégico del país.

Finalmente, el país necesita reglas claras. Hoy, los inversionistas esperan definiciones: contratos, regalías y marcos legales. Sin eso, no habrá inversión real, solo declaraciones y fotos. Hasta ahora, solo se han firmado cartas de intención y memorandos de entendimiento, pero no los contratos que les permitan a las grandes empresas petroleras explotar el petróleo en Venezuela.

Las grandes petroleras transnacionales están acostumbradas a trabajar con países donde no existe democracia —Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Omán, entre otros—, pero sí necesitan reglas claras para invertir.

Venezuela no está condenada. Pero tampoco se reconstruirá sola. La diferencia entre el colapso prolongado y la recuperación dependerá de la capacidad de asumir la realidad con crudeza, y actuar con responsabilidad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *