Héctor Sánchez. Sociólogo y Docente Universitario
Buena parte de la narrativa chavista que alimenta la épica de sus orígenes, pasa por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial presentándose como una tragedia: la masacre del 27 de febrero de 1989, el célebre caracazo, provocado por el “paquetazo” neoliberal impuesto por ambas instituciones de la mano del entonces presidente Carlos Andrés Pérez.
La historia es harto conocida: aquel nefasto día el pueblo bajó de los cerros para enfrentarse a las medidas de ajuste y la respuesta fue una carnicería. Las cifras oficiales hablan de más de 300 muerto y las extraoficiales de más de 3 mil: una fosa común en el Cementerio General del Sur llamada “la peste” quedó marcada en el imaginario como monumento a aquella barbarie represiva como una herida que jamás cicatrizó… O al menos eso creíamos.
En efecto, en el relato oficial que construyó la Revolución Bolivariana, el FMI y por extensión el BM, han fungido siempre de grandes villanos.
Para Hugo Chávez el Caracazo fue el detonante de la intentona militar del 4-F, por lo que el chavismo se encargó de erigir su identidad política sobre el recuerdo simbólico de aquella rebelión sofocada por una masacre, a la que el ahora preso Nicolás Maduro denominó “la primera rebelión mundial contra el FMI”.
Así las cosas, durante todos estos años hemos oído y leído que el FMI y el BM encarnan “la cara financiera del imperio”, son “verdugo de los pueblos”, los encargados de diseñar “las recetas de hambre” y “símbolo del expolio neocolonial”, por lo que cualquier acercamiento con ellos es prueba irrefutable de traición a la Patria.
O lo era, hasta que este 16 de abril de 2026, la presidenta encargada Delcy Rodríguez —hasta ayer no más la número dos de Nicolás Maduro— celebró con bombo y platillo el “regreso” de Venezuela al seno de las “bestias neoliberales” de cuyas garras se suponía nos rescató el chavismo.
Incluso el vicepresidente sectorial de Economía y Finanzas, Calixto Ortega, definió el acontecimiento con expresiones dignas de enmarcar: lo calificó nada menos que como un “gran logro de la diplomacia de paz bolivariana” y un “triunfo decisivo” del Gobierno.
El gag es digno de un capítulo de The Office. El mismo Gobierno que conmemoraba hace apenas dos meses el 37º aniversario del Caracazo denunciando las “medidas económicas impuestas por el FMI”, ahora presume de haber “normalizado” relaciones con esa misma institución. El mismo chavismo que construyó su relato sobre la repudia al FMI ahora baja la cabeza y agradece al organismo que reactive su representación en Washington.
¿Dónde quedó la épica antimperialista? ¿Qué pasó con el discurso que acusaba al FMI de ser el arquitecto del sufrimiento popular?
En qué momento pasamos del Jorge Rodríguez que acusaba a la oposición venezolana de querer “entregar al país al FMI” en las elecciones de 2024 al que señala que Venezuela se ha vuelto “sexy” a la inversión extranjera.
Pues todo indica que pasó a mejor vida por una razón tan prosaica como el hambre: la necesidad de sobrevivir en el poder.
El Gobierno de Delcy Rodríguez necesita desesperadamente oxígeno. El anuncio del FMI y del Banco Mundial de reanudar relaciones puede desbloquear millones de dólares en financiamiento, acceder a los Derechos Especiales de Giro congelados desde la pandemia y enviar una señal a los inversores internacionales. En resumen, el crédito es más importante que el credo.
Ortega se esfuerza en matizar la farsa: asegura que esto “no responde a ningún plan de financiamiento” y que Venezuela mantiene su “soberanía financiera” sin someterse a condicionamientos. Pero los únicos que se creen ese cuento son los que lo cuentan y tal vez ni siquiera ellos. Abrazar al FMI después de haberlo vilipendiado durante 25 años no es una victoria diplomática: es una claudicación humillante que en prime time apenas disimulada de pragmatismo.
Así que eso es lo que tenemos: la tragedia de un pueblo masacrado en las calles por las recetas del FMI, convertida ahora en la comedia grotesca de un puñado de funcionarios que agradecen a Donald Trump y a Marco Rubio por facilitarles el reencuentro con su antiguo verdugo. Del “¡No volverán!” al “Gracias por aceptarnos de vuelta” en el tiempo récord que tardó la realidad en golpear la puerta del poder.
