Óscar Reyes Matute.- Se nos ha ido en el viaje eterno el gran Luis Puenzo, el primer director argentino en ganar un Oscar. Su película La historia oficial es un clásico de la cinematografía latinoamericana: hermosa, dura y conmovedora, una obra maestra que denuncia el tráfico de los hijos de los desaparecidos en Argentina durante la dictadura militar de Videla y los otros sátrapas.
Como se ve en la película, se trataba de niños y niñas que eran entregados a personas económicamente pudientes que —técnicamente— los compraban para la adopción, borrándoles el pasado y separándolos para siempre del padre o la madre sobreviviente, de sus abuelas, hermanos y primos. Su madre o su padre probablemente habían sido fusilados o lanzados al mar desde un avión militar. Es el punto de inicio del movimiento de las Madres de Plaza de Mayo, cuya figura emblemática fue, durante muchos años, Hebe de Bonafini, y que culminó con la investigación de Ernesto Sábato, recogida en su libro Nunca Más.
Muchos años después, finalmente, esos militares serían llevados ante los tribunales para rendir cuentas por sus crímenes de lesa humanidad, que nunca prescriben. No se les aceptó el argumento de la obediencia debida, porque el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén, y antes de eso los juicios de Núremberg, sentaron un precedente que se convirtió en jurisprudencia a la hora de conocer un juicio por violación de los derechos humanos y delitos de lesa humanidad: la obediencia debida a tus superiores no te exime de tu responsabilidad en este tipo de crímenes.
Tuve el honor de verla en una función privada, antes del estreno, en Buenos Aires, en 1985, en el Cine Arte (Corrientes 1550). Era una pequeña sala que estaba pegada al Teatro San Martín y que fue sede de la Cinemateca en los años 80 y 90; allí se hacían funciones privadas, encuentros y conversatorios.
Fui invitado porque les había hecho una visita y me presenté con una carta de recomendación de Rodolfo Izaguirre para su par, el mítico Guillermo Álamo.
Yo iba con toda la intención de estudiar en INCINE, y ellos fueron tan gentiles conmigo que me dieron un carnet de miembro y amigo de la Cinemateca Argentina, con el que podía entrar —pagando solo el impuesto— a las salas de la Cinemateca del Teatro San Martín (donde casi atropello a Borges en el pasillo por entrar corriendo porque estaba llegando retrasado a su conferencia) y a la sala Hebraica (Sarmiento 2233, entre Junín y Uriburu, en esa zona de ensueño de Balvanera que todos llaman “Once”), donde escuché hablar al ilustre cieguito sobre la filosofía de Baruch Spinoza y la Cábala. Pero esa es otra historia…
Con ese carnet veía tres películas al día y almorzaba agazapado durante la función de las 11 a. m. del San Martín, comiendo alfajores Jorgito y con un termo de leche Sancor.
Bueno, pues me invitan a la función, y allí estaban Puenzo y Norma Aleandro. La gran favorita para ganar el primer Oscar para Argentina era Camila, de María Luisa Bemberg, que estaba nominada para la entrega de 1985.
Luego de ver Camila, supe que no iba a ganar. Luego de ver La historia oficial, se me cayó la quijada. Me preguntaron: “Vos que sos de Venezuela, ¿qué pensás, qué te ha parecido?”. “Creo que Camila no va a ganar, lo siento”. Tenso silencio… “Pero esta joya sí se va a ganar el Oscar…”. Aleandro me miró conmovida y me dijo: “Dios te oiga, gracias, Oscar”.
Un año después (marzo de 1986), estaba yo en Palo Negro, en casa de mi madre, doña Filomena Matute, y la veo a ella, a Norma Aleandro (al lado del infausto Jack Valenti), presentando el Oscar a la Mejor Película en Lengua Extranjera, y cuando abrió el sobre se derrumbó: “And the winner is… God bless you, The Official Story…”.
Yo sonreí y le susurré a Norma en la pantalla, con mucho cariño: “Te lo dije…”.
Disculpen la nostalgia y el recuerdo. Es que, con el tiempo, me estoy volviendo como Funes el memorioso.
