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Óscar Reyes Matute.- El lenguaje cinematográfico, ese que nació del formato horizontal para emular la visión humana, está experimentando una mutación tectónica. Ya no se trata solo de la «segunda pantalla»; estamos ante la consolidación de una nueva gramática: la microficción vertical. Lo que comenzó como un hábito de consumo fragmentado en redes sociales se está transformando en una industria global que crece en paralelo al «Viejo Hollywood».

China ha picado adelante con una industria que ya factura 12.000 millones de dólares al año, un poco más de la mitad de lo que necesitamos para poner a funcionar nuestra industria petrolera en pleno.

ReelShort, propiedad de COL Group, el «Netflix ya es del formato corto», ha logrado exportar con éxito dramas de tres minutos al mercado occidental y empresas como JoySpreader Interactive ya cotizan en la Bolsa de Hong Kong. El formato vertical no es una moda pasajera; ya es un activo financiero de alto calibre.

Corea del Sur también lidera el mercado con plataformas como TopReels, capitalizando la estética del K-Drama en cápsulas de consumo inmediato.

Ya Apple había contratado a Damien Chazelle, autor de La-la-land, para un experimento titulado The Stunt Double (El doble de acción) lanzado en agosto de 2020 como parte de la campaña Shot on iPhone, diseñada exclusivamente para ser vista en vertical.

Chazelle mostró que el formato vertical obliga a una composición fotográfica distinta. En lugar de la amplitud lateral, se aprovecha la verticalidad para resaltar saltos, caídas y la profundidad de los escenarios (como los techos o el suelo). Al ser un formato que favorece la figura humana de cuerpo completo, la conexión emocional con el actor es mucho más íntima; la presencia del intérprete puede percibirse sin distracciones.

Se parece un poco a la visual clásica de la pintura japonesa, alargada y vertical, tan diferente de la pintura renacentista europea, con sus puntos de fuga y sus proporciones horizontales basadas en la regla áurea.

La estética vertical en el cine no es nueva, aunque su realización en los celulares sea el boom actual.

Ya Ida, de Paweł Pawlikowski, Oscar a la mejor película en lengua extranjera en 2015, rompía con la estética horizontal. Fue rodada en blanco y negro contrastado y glorioso, con un formato de pantalla casi cuadrado (4:3), lo que acentúa esa sensación de «túnel», un antecedente de lo que estamos viendo en los celulares. Si es que lo hemos visto…

Pero la noticia del momento es el nacimiento de Shorta, una startup que ha levantado 6 millones de dólares con un ADN de lujo: Ariel Arrieta (NXTP), Tomás Escobar (el visionario detrás de Cuevana) y Armando Bó, el guionista de Birdman.

Shorta no busca replicar el cine tradicional; busca crear una «tecnología de la emoción» que permita lanzar una serie original por semana. Si un ganador del Oscar apuesta por el 9:16, es porque la «visión de túnel» del celular es el nuevo lienzo de la narrativa de autor.

Si Damien Chazelle lo hizo para Apple en 2020, y Armando Bó lo está haciendo ahora con Shorta, ya no podemos hablar de una «moda». Es una nueva forma en la que la luz de la narrativa cinematográfica busca espacios más estrechos, pero más directos para llegar al espectador.

Nuestro país no se queda atrás en esta carrera por la atención de las nuevas generaciones. Venevisión ya trabaja en la versión vertical de un fenómeno de masas como Somos tú y yo, adaptando su narrativa al ritmo frenético del pulgar. El Grupo Cisneros ha recibido 1.000 millones de dólares en inversión privada para su reconversión y consolidación. Y están apostando por el formato vertical en su canal insignia.

Tras el éxito de su thriller Visceral, César Manzano ha volcado su mirada hacia la verticalidad con la creación de V-Series, una plataforma web diseñada para albergar miniseries de microficción, un proyecto que Manzano define como una apuesta necesaria para conectar con las nuevas audiencias.

Para los cineastas venezolanos, estas ventanas representan una oportunidad dorada. No hay intermediación de organismos cinematográficos, ni de plataformas o canales, es un trato directo entre el autor y su público. En principio, basta con un buen celular… y algo de talento, por supuesto.

Es el mercado donde los jóvenes habitan con pasión. No es solo un cambio de pantalla, es una democratización de la distribución.

Estamos ante un mercado vibrante, una batalla tras otra por la atención, donde el cine deja de ser un destino para convertirse en un acompañante constante en el bolsillo. Ignorar el mercado vertical hoy es, sencillamente, decidirse a quedarse fuera del plano.

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