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Julio A. López, editor jefe. — La compleja realidad venezolana parece escrita por un novelista incapaz de reconocer los límites de la lógica. La crisis económica que golpea a un país con las mayores reservas de hidrocarburos del planeta supera incluso las fantasías de «Nunca Jamás». Venezuela se convirtió en el escenario donde lo imposible ocurre a diario y donde, una vez más, la realidad resulta mucho más increíble que la ficción.
Un país bendecido con enormes riquezas naturales —petróleo, tierras fértiles, oro, diamantes, tierras raras, inmensas reservas de agua y un clima privilegiado— permanece atrapado en una devastadora crisis económica, en la que la pobreza y la miseria se han convertido en una experiencia cotidiana para gran parte de la población.
Existen personajes de ficción que, aun nacidos en mundos fantásticos, reflejan comportamientos profundamente humanos y políticos. Campanita, creada por el escritor escocés J. M. Barrie, es uno de esos casos. Detrás de la pequeña hada luminosa se escondía un carácter intenso, emocional, valiente y profundamente necesitado de reconocimiento. En muchos aspectos, ciertos rasgos de Campanita encuentran un eco inesperado en Delcy Rodríguez, hoy presidenta encargada de Venezuela.
Campanita nunca fue débil. A pesar de sus defectos, sus celos y su temperamento explosivo, demostraba una enorme valentía cuando sentía amenazado aquello que consideraba suyo. Delcy Rodríguez también ha proyectado durante años una imagen de disciplina, resistencia y disposición para enfrentar confrontaciones políticas y diplomáticas extremadamente agresivas. Ambas comparten esa mezcla de dureza y vulnerabilidad emocional que las obliga a mantenerse constantemente a la defensiva.
Pero quizás el rasgo más evidente en ambas sea la necesidad de validación y de ocupar un lugar central en su entorno. Campanita necesitaba sentirse indispensable para Peter Pan. No toleraba ser un personaje secundario. Su brillo no provenía únicamente del polvo mágico, sino también de la necesidad de ser observada y de ser emocionalmente necesaria. Delcy Rodríguez ha construido igualmente una posición de enorme centralidad dentro del aparato estatal, consolidándose como figura indispensable en la estructura del poder venezolano.
Y allí aparece otro paralelismo: el miedo al reemplazo. En la historia original, la llegada de Wendy despierta en Campanita una profunda inseguridad emocional. No teme solamente perder afecto; teme perder relevancia. La amenaza no es sentimental sino existencial: dejar de ocupar el centro del universo de Peter Pan. En política ocurre algo similar con quienes permanecen durante años a la sombra del poder. La aparición de nuevas figuras, alianzas o equilibrios internos puede percibirse como una amenaza directa para el espacio conquistado. En ambos casos, el conflicto gira tanto en torno al control como al temor humano a dejar de ser necesarios.
Campanita brillaba porque temía desaparecer entre las sombras de «Nunca Jamás». Y en la política real, como en los cuentos, el poder muchas veces termina convirtiéndose en una lucha permanente contra el olvido y el reemplazo.
Hoy Delcy Rodríguez enfrenta factores de enorme complejidad. Las grandes petroleras transnacionales y Washington presionan para acelerar la firma de contratos energéticos; pero, paradójicamente, una vez concretados esos acuerdos, otros actores podrían intentar desplazarla del protagonismo político. Y si no los firma, esos mismos intereses podrían igualmente apartarla del tablero. En la Venezuela actual, avanzar o detenerse implica riesgos existenciales.
En la obra de J. M. Barrie, el cocodrilo que devoró la mano del capitán Hook desarrolló una obsesión enfermiza por su presa y comenzó a perseguirlo sin descanso hasta devorarlo por completo. Algo similar parece ocurrir en Venezuela. Más allá de los intereses geopolíticos y económicos que trascienden las fronteras nacionales, existe también un pequeño pero influyente sector interno que, tras años de subsidios y privilegios, se acostumbró a un modelo difícil de sostener en los nuevos escenarios económicos y energéticos. Como el cocodrilo de «Nunca Jamás», ese sector teme perder aquello que una vez probó y persigue desesperadamente su preservación.
En este escenario lleno de tensiones, amenazas y desafíos dignos de una novela fantástica, Delcy Rodríguez debe navegar acompañada de actores que no escogió y que ni el más imaginativo de los escritores habría podido concebir. Solo queda esperar que, en medio de esta tormenta política y económica, las decisiones tomadas terminen beneficiando al país entero. Porque Venezuela no es un barco de ficción rumbo a «Nunca Jamás», sino una nación real de millones de personas que aún esperan reencontrarse con la estabilidad, el progreso y, eventualmente, con las elecciones libres y el futuro que durante tantos años les prometieron.
