El mundo no necesita gasolina más barata. necesita más petróleo

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Julio A. López, Editor Jefe. — Cuando incluso Estados Unidos comienza a debatir la suspensión temporal del impuesto federal a la gasolina para mitigar el impacto del aumento de los precios energéticos, el mensaje que el mundo recibe es mucho más profundo de lo que parece. No se trata únicamente de unos centavos menos por galón. Lo que realmente revela esta discusión es una verdad incómoda: el planeta sigue dependiendo desesperadamente de la energía fósil y el sistema global no tiene suficiente capacidad de producción para absorber las crisis geopolíticas sin provocar choques económicos inmediatos.

El respaldo del presidente Donald Trump a una pausa del impuesto a la gasolina confirma algo que muchos intentaron ignorar durante años: la seguridad energética sigue siendo uno de los pilares de la estabilidad política mundial. Basta con una guerra en Medio Oriente, una amenaza en el estrecho de Ormuz o una interrupción parcial del comercio marítimo para que los precios se disparen y millones de familias entren en pánico.

Pero reducir los impuestos no resuelve el problema estructural. Es apenas un analgésico temporal. El verdadero problema es que el mundo consume más energía de la que el sistema actual puede producir con un margen de seguridad adecuado.

Y allí aparece Venezuela.

Mientras las grandes economías discuten cómo abaratar artificialmente el combustible, el planeta mantiene paralizada una de las mayores reservas petroleras de la historia moderna. Es como ver a un hombre, sentado en medio de un lago, muriendo de sed.

Durante años, Venezuela fue presentada exclusivamente como un problema político, ideológico o diplomático. Pero la realidad energética global comienza a cambiar la conversación. El mercado internacional ya no observa únicamente la crisis venezolana; ahora empieza a mirar su potencial productivo con una urgencia completamente distinta.

El mundo necesita más petróleo. Más gas. Más refinación. Más petroquímica. Más estabilidad en el suministro energético. Y Venezuela posee condiciones que pocos países pueden ofrecer simultáneamente: reservas gigantescas, cercanía geográfica a Estados Unidos, salida al Atlántico y al Caribe, infraestructura recuperable y décadas de experiencia operativa.

La discusión ya no es si Venezuela debe volver a producir masivamente. La verdadera pregunta es cuánto tiempo más puede el mundo permitirse mantener subutilizada una potencia energética de semejante magnitud.

Cada pozo cerrado en Venezuela representa una presión inflacionaria en alguna parte del planeta. Cada taladro detenido implica una mayor dependencia de rutas marítimas vulnerables. Cada refinería deteriorada es gasolina más cara para millones de consumidores.

Y quizás la mayor ironía de todas sea esta: mientras Washington debate cómo reducir unos centavos por galón suspendiendo impuestos, la solución estructural de largo plazo podría encontrarse precisamente en lograr que Venezuela vuelva a producir petróleo a plena capacidad.

Porque, al final, los mercados no funcionan con discursos, sanciones ni ideologías. Funcionan con oferta, producción y confianza.

Y el mundo, hoy más que nunca, necesita que Venezuela vuelva a producir.

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