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Julio A. López, editor jefe. — Hace más de un siglo, el estratega naval Alfred Thayer Mahan desarrolló una tesis que terminaría moldeando la política exterior de Estados Unidos durante generaciones: quien controle el mar, controla el comercio, y quien controle el comercio, controla el poder. Para Mahan, el Caribe tenía para Estados Unidos una importancia equivalente a la que el Mediterráneo tuvo para el Imperio Romano: un espacio vital cuya estabilidad definía la seguridad y la prosperidad de toda la nación.
No era una simple teoría militar. Era una visión geopolítica a largo plazo.
Por eso, Washington terminó obsesionado con el Canal de Panamá, Cuba, Puerto Rico, las rutas marítimas del Golfo de México y cada punto estratégico del Caribe. No se trataba solamente de expansionismo. Se trataba de garantizar el flujo de energía, el comercio, los suministros militares y la estabilidad hemisférica. Mahan entendía algo elemental: ningún imperio puede sobrevivir si pierde el control de sus rutas marítimas cercanas.
Y dentro de ese tablero geopolítico existe un territorio cuya importancia supera incluso lo que muchos estadounidenses comprenden hoy: Venezuela.
Pocas naciones poseen una posición tan privilegiada. Venezuela no solo tiene las mayores reservas petroleras del planeta; además, se encuentra literalmente en la puerta marítima del Caribe. Su fachada costera conecta Sudamérica con el Golfo de México, el Atlántico y las rutas que abastecen energéticamente a buena parte del hemisferio occidental.
Desde el punto de vista estrictamente estratégico, una Venezuela estable, productiva y alineada con Occidente representa para Estados Unidos algo mucho más importante que un simple proveedor de petróleo. Representa un ancla de estabilidad en el corazón energético del Caribe.
La historia demuestra que las grandes potencias nunca permiten vacíos geopolíticos prolongados en regiones críticas. Los espacios vacíos siempre terminan ocupándose por otros actores. Y en pleno siglo XXI, cuando China, Rusia e Irán intentan expandir su influencia en América Latina, el Caribe vuelve a adquirir la misma relevancia estratégica que Mahan describió hace más de cien años.
Por eso Venezuela ya no puede analizarse únicamente bajo la óptica de la política doméstica venezolana. El problema venezolano dejó de ser exclusivamente venezolano hace mucho tiempo. Hoy forma parte del equilibrio energético, marítimo y estratégico de todo el hemisferio.
Cada puerto paralizado, cada refinería deteriorada y cada campo petrolero subutilizado debilitan no solo a Venezuela, sino también la capacidad de Occidente para garantizar la estabilidad energética en su entorno.
El mundo atraviesa una etapa de creciente tensión marítima a nivel global. El estrecho de Ormuz está bajo amenaza permanente. El Mar Rojo se ha convertido en escenario de ataques y disrupciones comerciales. Ásia compete ferozmente por recursos energéticos. Y mientras eso ocurre, el hemisferio occidental mantiene parcialmente dormida una potencia energética ubicada apenas a horas de las costas estadounidenses.
La lógica geopolítica es brutalmente simple: quien contribuya a estabilizar y reconstruir Venezuela terminará teniendo una enorme influencia en el equilibrio estratégico del Caribe durante las próximas décadas.
Tal vez por eso las grandes potencias observan nuevamente a Venezuela con tanta atención.
Porque al final, la tesis de Mahan sigue viva.
Y porque para Estados Unidos, el Caribe continúa siendo su Mediterráneo.
Y Venezuela sigue siendo una de sus piezas más importantes.
