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Julio A. López, editor jefe de The Daily Journal.— Nicolás Maduro funcionó en la práctica, como cabeza de un régimen colonial dirigido desde La Habana. La presencia de agentes cubanos en las estructuras de seguridad, inteligencia, identificación y control político del Estado venezolano dejó de ser un rumor hace mucho tiempo. Los 32 cadáveres de miembros cubanos del anillo de seguridad presidencial constituyen una prueba brutal —y difícil de ocultar— de quién ejercía realmente el poder en Venezuela. Y, aun así, gran parte de la dirigencia opositora prefirió callar ante una realidad demasiado evidente para negarla.
Cuba recibió petróleo gratis y privilegios estratégicos gracias a la obediencia de su administrador colonial, Nicolás Maduro, y de la corte virreinal que lo rodeaba: ministros, operadores financieros, militares y burócratas que administraron una nación entera como si se tratara de un territorio enemigo ocupado. No actuaban como servidores públicos; actuaban como recaudadores imperiales de una colonia petrolera en ruinas.
La pérdida de soberanía alcanzó niveles grotescos; los cubanos penetraron en organismos estratégicos del Estado venezolano, incluidos los vinculados al sistema de identificación nacional, como el SAIME, antiguo ONIDEX. Y pocas cosas simbolizan más la pérdida de soberanía de un país que entregar el control de la identidad de sus ciudadanos a operadores extranjeros. Porque no solo nos robaron el petróleo, sino también el control institucional de la nación; hasta la identidad nos la arrebataron.
Mientras tanto, los héroes anónimos de la industria petrolera producían, contra toda lógica humana y económica, en condiciones que habrían paralizado a cualquier país desarrollado. Sin comida, sin repuestos, sin combustible, sin electricidad estable y con salarios convertidos en polvo por la hiperinflación, esos trabajadores mantuvieron viva una industria que otros saqueaban desde oficinas climatizadas y cuentas bancarias en el extranjero.
El chavismo llamó “Misiones” a sus programas sociales y los presentó como una cruzada de justicia social inspirada en la solidaridad cubana. Pero con el tiempo aquellas “misiones” degeneraron en lo que hoy solo puede describirse como una verdadera “Misión Saqueo”: un mecanismo gigantesco de extracción de riqueza pública que vació las arcas del Estado y hundió a millones de venezolanos en la pobreza. El resultado está a la vista: casi diez millones de venezolanos dispersos por el mundo, en el mayor éxodo de la historia.
¿Dónde estaban las Fuerzas Armadas venezolanas mientras el país era saqueado impunemente y el poder real operaba desde Cuba? Esa pregunta no desaparecerá con el tiempo. Tendrán que responderla quienes ocuparon puestos de mando mientras Venezuela descendía hacia una miseria generalizada y una pérdida progresiva de soberanía nacional.
Las revelaciones recientes sobre operaciones petroleras opacas, contratos fantasmas y exportaciones sin pago muestran solo una parte del mecanismo. Nosotros y otras publicaciones internacionales hemos comenzado a desnudar el alcance del saqueo: miles de millones de dólares desaparecieron mientras los hospitales colapsaban, las escuelas se vaciaban y los trabajadores sobrevivían con salarios que no alcanzaban ni para comprar comida.
La reconstrucción de Venezuela no necesita del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial o de la CAF ni de la inversión de las grandes petroleras extranjeras. Venezuela posee, dispersa por el mundo, una parte importante de la riqueza que le robaron. Y por eso resulta indispensable la recuperación de activos, dinero oculto, propiedades, oro desaparecido y criptomonedas utilizadas para encubrir operaciones petroleras ilegales.
La tarea será compleja, pero no imposible. Los responsables no huyeron todos; muchos todavía despachan con absoluta impunidad desde el centro mismo del poder venezolano.
No es aceptable que las arcas del Estado estén vacías y que los trabajadores sobrevivan con salarios miserables, mientras que enormes fortunas de venezolanos y de más que dudoso origen descansan tranquilamente en Turquía, Rusia, España o incluso en Estados Unidos.
Porque Venezuela no sufrió únicamente una crisis económica; padeció el saqueo más grande de su historia y uno de los despojos más escandalosos que haya conocido alguna nación en tiempos modernos. Y tarde o temprano llegará la hora de rendir cuentas.
No importará si los responsables todavía despachan en Miraflores, ya sea desde el Ministerio del Interior, el Seniat o el Congreso Nacional. Ningún cargo, uniforme ni discurso ideológico podrá borrar el rastro del dinero desaparecido ni ocultar la negligencia, la complicidad y la voracidad de quienes convirtieron al Estado en una maquinaria de expoliación nacional. Los pueblos pueden tardar en reclamar justicia, pero jamás absuelven a quienes se enriquecieron a costa del hambre de todo un país.
