Los dulces perdidos de Hugo Chávez

Opinión
Sección inexistente de Gastronomía de The Daily Journal

Audio: https://clyp.it/qtedksum

Julio A. López.- Una historia de la más alta intriga política, con toques de misterio y de correspondencia secreta, que nunca se había contado antes.

Durante años circularon rumores en voz baja, comentarios a media luz y versiones contradictorias sobre una historia que parecía demasiado absurda para ser cierta. Cartas confidenciales, mensajes dirigidos al círculo más cercano del poder, una misteriosa destinataria, un personaje vinculado a la política nacional y una cadena de acontecimientos que permaneció oculta tras las puertas de una exclusiva urbanización caraqueña. Lo que parecía un episodio menor terminó convirtiéndose en una singular trama de intriga, confusión y secretos que, por razones difíciles de explicar, permaneció enterrada durante décadas… hasta ahora.

Durante los primeros años del gobierno de Hugo Chávez. En aquella época, muchas personas enviaban cartas, tortas y toda clase de exquisitos dulces a mi casa en La Lagunita Country Club, ya que se llamaba Quinta María Isabel. Más de uno estaba convencido de que aquella era la residencia de María Isabel Rodríguez de Chávez, la entonces esposa del novel presidente.

Pero aquella historia no nació de simples chismes de vecindario ni de un malentendido aislado. Con el paso del tiempo, la leyenda adquirió vida propia y fue amplificada por medios de comunicación irresponsables. Periodistas de reconocido prestigio, junto a otros menos rigurosos, escribieron sobre la famosa casa y contribuyeron a alimentar el mito urbano. La confusión alcanzó tal magnitud que incluso mi amigo Napoleón Bravo llegó a denunciar, enardecido e iracundo, en su programa de televisión, la supuesta ostentación que representaba aquella lujosa residencia, sin imaginar que detrás de la historia se escondía una realidad muy distinta, más cercana al recetario de postres «Mi cocina a la manera de Caracas» que al manual de todo aprendiz de político, El Príncipe, del florentino Maquiavelo.

Las cartas que llegaban a mi casa, las reenviaba diligentemente a La Casona para que llegaran a su destino. Las tortas y los dulces, en cambio, seguían un proceso administrativo mucho más expedito: los recibía, los evaluaba personalmente y los consumía sin demora.

Todo cristiano decente habría hecho exactamente lo mismo: arriesgar su propia integridad para evitar que el jefe de Estado fuera víctima de un posible envenenamiento. Alguien tenía que asumir semejante sacrificio, y el destino quiso que esa pesada responsabilidad recayera sobre mis hombros.

Nunca antes escribí sobre esa historia, pero temo que el resultado sea devastador para mi reputación. Después de años construyendo una carrera en los medios de comunicación, podría terminar expuesto al escarnio público como el hombre que durante años desvió tortas, ponqués y otros dulces destinados a la Primera Dama de la República y al Presidente.

Algunos escándalos políticos sobreviven al paso del tiempo; otros, en cambio, dejan una mancha imborrable. No sé si la historia me absolverá por reenviar las cartas a su destino legítimo mientras retenía, por razones estrictamente humanitarias y gastronómicas, los ricos postres que acompañaban la correspondencia.

Aún hoy no sé si aquel exceso de patriotismo gastronómico desenfrenado obedecía a una profunda convicción humanitaria, a un elevado sentido del deber cívico o, simplemente, a la irrefrenable vocación de un mórbido goloso incorregible. La historia tendrá que pronunciarse sobre mis verdaderas motivaciones.

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