Luis Contreras.- La crisis venezolana suele explicarse a través de indicadores económicos, disputas geopolíticas o calendarios electorales. Sin embargo, su dimensión más compleja y paralizante no habita en las instituciones destruidas, sino en la psique de una sociedad atrapada en una encrucijada existencial.
El drama político del país se mueve en la tensión constante entre dos filosofías irreconciliables: la parálisis reflexiva del «Ser o no ser» de Shakespeare y el pragmatismo reactivo de Eudomar Santos con su célebre «Como vaya viniendo, vamos viendo».
Por más de dos décadas, las élites políticas tradicionales han consumido su energía en el dilema hamletiano del «Ser o no ser».
De un lado, el poder formal se debate entre la necesidad de proyectar una legitimidad republicana que ya no posee o replegarse definitivamente en la administración del control social. Del otro, los sectores políticos radicales se han ahogado en debates doctrinarios sobre la naturaleza del régimen, oscilando entre la abstención punitiva, la vía insurreccional y la negociación de coyuntura.
Esta incapacidad estratégica para ofrecer una visión de futuro terminó infectando la administración pública: ante la imposibilidad de resolver los problemas de fondo, la política formal asumió el mantra de Eudomar Santos, elevando la improvisación a doctrina de gobierno y sustituyendo la planificación por la contingencia.
Esta dinámica de incertidumbre permanente desencadenó un fenómeno psicológico devastador:
La parálisis cognitiva del caos
Cuando el entorno no ofrece certezas, el sistema nervioso colapsa.
Expuesta a giros tácticos impredecibles y a un entorno hostil, la mente humana activa un mecanismo de defensa anulando la visión a mediano y largo plazo.
Para el ciudadano común, la toma de decisiones se reduce a horizontes de veinticuatro horas, pues proyectar el futuro genera un agotamiento neuronal insufrible.
Para los liderazgos e instituciones intermedias, esta saturación de contingencias bloquea la capacidad de análisis prospectivo, condenándolos a reaccionar por impulso primario y jamás por estrategia.
En medio de este embotamiento mental opera la verdadera mayoría del país: el universo de los no alineados. Lejos de ser un bloque apático, este sector integra a la clase trabajadora, los gremios, la academia y la dirigencia política de oposición moderada.
Acosados por la narrativa binaria que les exige militancia o los acusa de traición, estos actores habitan un laberinto trazado por tres impulsos contradictorios.
El primero es el «No hacer», una desconexión defensiva donde la ciudadanía retira su fe en la acción colectiva y la abstención masiva se convierte en una huelga de celos frente a la clase política.
El segundo es el «Hacer», la micro-supervivencia donde los gremios y la sociedad civil adoptan el pragmatismo de Eudomar Santos para «resolver» la jornada diaria, un esfuerzo sobrehumano que agota la energía física y anestesia la capacidad de indignación.
El tercero es el «Qué hacer», la parálisis intelectual que atrapa a académicos y políticos moderados en debates conceptuales sobre alternativas viables que rara vez conectan con el músculo social, víctimas además del linchamiento reputacional en las redes sociales.
El resultado trágico de este ciclo es la normalización de la anomalía y la privatización de las expectativas de bienestar.
La fe en la transformación colectiva ha sido sustituida por una resiliencia individualista y fragmentada.
Superar el colapso venezolano exige romper esta trampa neurosicológica.
Ni la improvisación perpetua, ni la duda shakesperiana, ni la ceguera provocada por el caos cognitivo ofrecerán una salida a la encrucijada nacional.
El desafío urgente de los sectores no alineados de los gremios que protestan, los intelectuales que diagnostican y los políticos que buscan salidas institucionales— radica en articular el pensamiento crítico con la fuerza social.
Solo cuando la urgencia de sobrevivir al presente se transforme en un proyecto compartido con dirección de futuro, la sociedad venezolana dejará de contemplar el drama como espectadora para convertirse en la arquitecta de su propio destino.
