Padres, maestros y estudiantes de la Escuela Comunitaria Luisa Goiticoa bajaron al epicentro del desastre en el edificio Gradisca para buscar a su compañero Ángel Alí Velázquez y a su familia. Una lección de coraje, dolor y humanidad en medio de las ruinas.
Equipo de Investigación
The Daily Journal, Caracas / Macuto.— «Eso está feo, hija. Huele mal, huele a muerte. Hay gente llorando, durmiendo en la calle y con hambre», fue la advertencia cruda de un padre que intentaba proteger a su hija de 16 años de la realidad más brutal. La respuesta de la joven desarmó cualquier intento de sobreprotección: «No vamos como atracción turística, papá. Vamos con el objetivo de ver si alguien está bien».
Así comenzó la movilización de un improvisado pero valiente contingente de rescate juvenil. Estudiantes y representantes de la Escuela de Integración y Comunitaria Luisa Goiticoa de Caracas se negaron a quedarse de brazos cruzados tras el devastador terremoto del pasado 24 de junio.
Uno de los suyos, Ángel Alí Velázquez, un joven que cada día viajaba desde la costa hasta la capital para estudiar, estaba atrapado. Él, su hermano Ángel Abraham, su mamá Aris y su papá Ángel, se encontraban en su hogar, en el edificio Gradisca del sector El Cojo, en Macuto, cuando la tierra se quebró. Hoy, la estructura es un gigante de concreto desplomado.




La parada en los escombros: El block de dibujo de Ángel
El punto de encuentro inicial fue el EPA de Los Ruices, en Caracas. Allí, padres y jóvenes compraron lo básico para la batalla: mascarillas, palas, guantes y mandarrias. No solo para ellos, sino para dejar suministros a los extenuados rescatistas de la zona.
Al llegar a Macuto, el panorama era desolador. El jueves, el edificio desplomado había permanecido inerte; los vecinos escuchaban lamentos entre las grietas, pero el auxilio oficial no llegaba. Ayer viernes, la comunidad autoorganizada seguía moviendo piedras con las manos desnudas.
Con estrictas medidas de seguridad, el equipo juvenil integrado por Isabella Torres, Mariella, Adrian, Zoe España, Constanza España, Adrián Yánez y Naska Aponte, junto a la maestra Gryselt y la representante María Felicita, se incorporó al despeje de áreas. Buscaban indicios, rastros de vida, fragmentos de Ángel.
Y las ruinas hablaron…
Entre el polvo aparecieron un cuaderno, un pasaporte, ropa suelta y, finalmente, el block de dibujo de Ángel Alí. Al verlo, la maestra de Arte rompió en llanto. Esas páginas contenían los trazos y los sueños de un niño que hoy está bajo las toneladas de concreto. Con una delicadeza conmovedora, los jóvenes fueron guardando cada objeto recuperado dentro de una maleta de la propia familia Velázquez, hallada en el sitio, para entregarla a sus allegados cuando el milagro o el luto se concreten.
«Hay fe, hay esperanza, pero también hay mucho llanto y dolor», relataba uno de los padres presentes, conmovido por la entereza de los muchachos.
El desorden ordenado del rescate
Hacia la tarde de ayer, el panorama institucional empezó a cambiar. Llegó la policía y un grupo de militares liderados por un comandante que, megáfono en mano y con un trato sumamente correcto y educado, logró organizar el caos.
Al final de la tarde, la Guardia del Pueblo relevó a los fatigados familiares y vecinos, sumándose a los bomberos en un plan de rescate ya estructurado.
A paso firme, el esfuerzo dio frutos agridulces: una muchacha fue rescatada con vida de las entrañas del Gradisca, pero también se extrajeron los cadáveres de dos adultos.
En medio de la jornada, un camarógrafo de nuestro equipo Víctor Sánchez (Victorinox) logró registrar una imagen dolorosa a través de un hueco que se abría paso entre el concreto: el cuerpo sin vida de un hombre en la zona exacta donde se buscaba a la familia Velázquez. Se presume que se trata del padre, Ángel, aunque las autoridades aún no lo confirman.
El regreso bajo la sombra del Samán
Pasadas las siete de la noche, el equipo de la Escuela Luisa Goiticoa inició el retorno a Caracas. Dejaron la costa tristes, pero con la certeza inquebrantable de haber hecho algo. Los padres allí presentes lograron canalizar el dolor de la pérdida a través de la acción comunitaria, honrando los valores que la escuela les inculca bajo su lema: «Lo diferente es lo común», y a la sombra de su frondoso Samán, el árbol que da cobijo a todos en sus actividades escolares.
El viaje de regreso, que culminó cerca de las diez de la noche, fue un contraste absoluto: un silencio interno profundo dentro del vehículo, rodeado por el ruido ensordecedor del exterior. En las vías, un enjambre increíble y casi fantástico de miles de motorizados, carros particulares, ambulancias, patrullas y maquinaria pesada creaba un «desorden ordenado» en la ruta de acceso a La Guaira.
Muchos han catalogado a los adolescentes de hoy como la «generación de cristal», sugiriendo que son frágiles ante el mundo. Ayer, en los escombros de Macuto, estos jóvenes demostraron tener, en realidad, un temple de acero.
Volvieron a sus casas cansados, pero habiéndose empinado ante la adversidad. No pudieron cambiar el sismo, pero con palas, lágrimas y coraje, estos niños vencieron al terremoto, demostrando que están listos para construir un mundo más justo y humano.
The Daily Journal acompaña en su dolor y su esperanza a la comunidad de la Escuela Luisa Goiticoa y a los familiares de la familia Velázquez.




