Juan Barreto, Bureau Chief Venezuela & LATAM.- Amanece. La noche no fue pretexto para que decenas de manos se unieran arrancando el concreto para reencontrar la vida. La política es unirse para levantar los escombros. La única diferencia ideológica la marca la capacidad de entrega y la mística de aquel que lucha tercamente contra la tragedia, o de aquel que se aprovecha de ella.
Las diferencias quedan sepultadas bajo las ruinas; las mezquindades de los discursos rimbombantes llenos de gritos y consignas son como el polvo que la brisa confunde con el olor a mortecina. Las manos escarban las ruinas; los conceptos abstractos que manipulan los sociólogos comienzan a dibujarse poco a poco sobre el mapa del terreno. Ahí está la sociedad, los venezolanos, los que solo caben en las estadísticas como números.
La tragedia une y revuelve; es la cruda realidad que cruje y la tragedia que se infiltra en los huesos. Dios son muchas manos que tienen sed, que se desgarran al contacto de las salientes del concreto y los trozos de vidrio, y sin embargo, no se quejan, no piden ayuda, persisten tercamente tratando de encontrar la vida para derrotar a la tragedia. Pasó la noche, va a amanecer, pero ¿qué importa? ¿Quién lleva la cuenta?
El sargento Martínez es un bombero veterano retirado que vive con una pensión que no le alcanza ni para pagar el transporte que lo lleva a cobrarla. Es un veterano de la tragedia de Arrecife y de la vaguada del 99, y lleva en su piel muchas otras batallas. Se gana la vida como jardinero. Está ahí, ya es un viejo, pero tiene la fuerza de la honesta reciedumbre y del valor del que ama la vida y por eso no teme dejar la suya en el terreno. Sabe mirar al dolor al rostro y derrotarlo. La tragedia es su vocación.
Los vecinos lo arrastraron a la zona cero como un imán y allí está con su espalda doblada y las yemas de sus dedos como única herramienta. Los callos de sus manos son sus guantes y la carne viva de sus dedos sangrantes son la única protección de sus huesos. Pero eso ya no importa; él, con sus fuerzas menguadas, va rompiendo los escombros. Lleva allí desde el día anterior; de vez en cuando alguien pasa, le da un sorbo de agua. Lo ven con respeto, con ese respeto que se ganan los que infunden silencio.
Los bordes filosos de las cabillas, los vidrios y el concreto han desgarrado también parte de sus piernas. Dos veces ha pisado en falso y se ha caído rodando por una platabanda que colapsó como un dulce de milhojas rasgado por un cuchillo. Él es «la ayuda oficial» en el terreno. Le dice a los demás:
— Mucho cuidado, no se puede confiar en el concreto.
Y sigue en silencio escarbando y de cuando en cuando rompe el silencio de nuevo, con alguna otra frase, siempre cuidando a los demás. Su voz ya es un sonido afónico, forzoso. Martínez no come, ya no sabe desde cuándo no come; en su estómago solo hay de vez en cuando un poco de café negro, amargo y frío, y una rabia sorda mezclada con la tristeza de tantas tragedias vividas y tanta desidia acumulada. Él es aquel que ha dado su vida por los demás sin esperar nada a cambio.
¿Qué le queda? Un estómago vacío, un cuerpo debilitado y una nueva tragedia enfrente que debe derrotar como lo hacen los héroes que nunca serán reconocidos. El Quijote estaba loco, este sujeto está demasiado cuerdo y eso es insoportable. Está deshidratado al límite, pero no se desmaya, ya ni siquiera suda. Su piel es una costra de barro y sudor seco que lo confunde con el paisaje dantesco de un infierno que se abrió de repente.
De pronto, en medio de la montaña de escombros, se oye un grito:
— ¡Por aquí, por aquí, por aquí!
Un ejército de zombis que escarban se dirigen mecánicamente hacia el lugar de los gritos. Son civiles, reservistas ancianos, jóvenes en franelillas y shorts, en chancletas, muchachos de la zona cargando tobos llenos de tierra, rompiendo el concreto pulso a pulso con sus manos, con un martillo casero o con un trozo de cabilla.
— Sí, por aquí, por aquí se oye algo.
El bombero, como un general implacable y sereno, pone su vista sobre el punto desde donde vienen los apagados gritos. Aquí no hay megáfonos, no hay computadora, no hay ministros dando órdenes, no hay equipos de salvamento. ¿El Estado? ¿El Gobierno? ¿El Partido? Esos son conceptos olvidados que no están sobre el terreno, eso no existe. Lo que existe es la resistencia, los que se están organizando.
Habló el desierto de la realidad. Los que luchan son los dueños de la calle. Toda la jerga burocrática quedó sepultada tras los escombros de la tragedia. El abuso del micropoder local quedó borrado y tragado por las grietas del desastre. El discurso oficial de cada extremo político es un mensaje incomprensible tapado por el polvo de la tragedia.
Sí, hay presencia oficial. Un par de policías nacionales que tratan de ayudar en algo, pero no tienen línea clara. Con su uniforme sucio intentan alejar a los curiosos. También hay tres soldados, además de un guardia nacional; los dejaron ahí hace dos días y sus órdenes tampoco son muy claras. De manera que ayudan en lo que pueden. La gente les da agua y algo de comer. Reparten. Apoyan.
— ¿Qué hacen aquí? — Bueno, vinimos a ver cómo estaba esto y simplemente nos sumamos, pero no sabemos cuáles son las órdenes, no conocemos dónde están los mandos.
Están allí porque son de carne y hueso, porque más allá del uniforme, el horror también los desbordó y se sumaron como ciudadanos comunes, como huérfanos, sin un plan operativo, buscando ayudar entre los escombros y dejando que la vida los oriente. Allí no hay un mando central; hay un bombero veterano, la única jerarquía que todo el mundo respeta, el único rango ganado en combate con las manos sangrantes. Nadie le discute, es el sargento Martínez. Su entrega, su mística, su historia está entre sus uñas, esas uñas que ya ha perdido entre tanto escombro. Es un general sin galones, de mando indiscutido en medio del caos.
Alguien comenta: — Bajó un ministro… El bombero pregunta: — No lo veo por aquí con una pala.
Al fondo hay media pared, un muro cayó a medias. Puede leerse: “duro”. Unos muchachos descansan recostados. El bombero les grita: — Tengan cuidado, que lo que queda de esa pared ya está por caerse.
Más allá, a unos metros, el turismo del horror: la miseria humana que no se esconde y muestra su morbo trabajando para el mercado efímero de las imágenes. Es el deambular de influencers que tratan de sacar partido, visitas y seguidores mostrando el dolor ajeno.
Un poco más allá, la señora Carmen camina desesperada con un zapatico azul, talla 32, buscando a su hijo Jonayker:
— Él se llama Jonayker, él estaba jugando, yo creo que este es su zapato, ¿ustedes no han visto un niño como de este tamaño?
Comienza una ligera llovizna y el olor a mortecina comienza a sentirse cada vez más fuerte. La gente trata de mostrar su solidaridad, pero a veces es inútil. ¿Cómo ajustarse a la resaca de todo lo que está ocurriendo sin ser imprudente, sin usar el dolor de la gente como telón de fondo para ganar un like monetizando el horror? El turismo de tragedia es expresión del envilecimiento social y del show político al que el país ha sido acostumbrado.
De pronto aparece una imagen macabra: un miembro amputado, un cadáver expuesto, el espectáculo de la desgracia. Y más allá, un niño como de cinco años camina solo, llorando mecánicamente, descalzo de un pie, con la mirada perdida:
— Mi mamá, mi mamá se llama Carmen, mi mamá debe estar por aquí.
Por fin llega un pequeño cordón policial, pero se miran a los ojos sin saber qué hacer, vuelven a sus patrullas y se retiran. En medio del ruido, un grito sacude el polvo y repentinamente el aire húmedo de la llovizna se corta por milagro. Alguien levanta un trapo:
— ¡Aquí, aquí traigan los picos, que vengan los voluntarios!
El sargento Martínez, con su intuición de bombero veterano, sale corriendo:
— ¡Sí, sí, aquí, aquí! Caben hasta el fondo, hagan un túnel.
Él mismo trata de meterse pero no cabe, entonces busca a un joven y le dice:
— ¡Dale tú, dale tú, tú puedes!
En medio de la arcilla y el hierro torcido, un joven entra a un hueco y en pocos minutos ese muchacho flaco y desnutrido emerge llevando en sus brazos un bulto. Es una niña, está viva, tendrá unos tres años; está en shock, parpadea.
— ¡Denle agua! —grita el bombero.
La niña tose un polvo grisáceo que parece ceniza y el gentío estalla en un grito sordo de alborozo, una mezcla de llanto, alivio y ovación pura. El tiempo se paraliza, todas las horas y el sudor tienen sentido. La pequeña pasa de mano en mano entre los rescatistas, mientras gritan:
— ¡Una ambulancia! ¡Una ambulancia!
Y sí, no hay una ambulancia, pero hay dos enfermeras, un paramédico.
El muchacho de la franela desgarrada del club Barcelona nunca ha estado en Barcelona. Es felicitado por el tumulto como un futbolista que anotó el gol de la victoria. Él no busca cámaras ni teléfonos; esboza en su rostro una sonrisa de sorpresa y satisfacción, se sienta en una piedra y comienza a llorar. Pide un trago de agua, se limpia la cara con la mano sucia y respira hondo. Es un héroe anónimo que no ocupará titulares; ha sido bautizado por el barro y por el instante en que la vida cobra sentido. Será olvidado, pero él nunca lo olvidará.
La cotidianidad implacable lo devolverá a su sitio: él también es bombero, pero de gasolina. Desde enero no tiene trabajo. Iba de regreso a su casa cuando comenzó el temblor y se quedó rescatando, por miedo a llegar a casa y no encontrar nada. No sabe si al llegar a su destino tendrá casa, familia, si su nevera estará vacía; él es pobre diariamente, pero ahora es un héroe anónimo que lleva por dentro la satisfacción eterna de haber arriesgado su vida metiendo las manos en el infierno para salvar a una niña inocente.
A lo lejos, un ruido y una nube de polvo. Alguien grita:
— ¡Son los gringos! ¡Llegaron!
Algunos olvidan lo ocurrido y corren alborozados a recibir a los extranjeros. Víctor, que así se llama el joven que acaba de sacar a la niña, permanece quieto. El bombero se acerca, se sienta a su lado y le da un poco de agua.
— ¿Y la niña? —pregunta Víctor. — Ya se la llevaron —dice el bombero—. Bueno, creo que aquí ya terminamos…
Suenan sirenas, el estruendo de las naves que aterrizan cerca son otro sismo que termina de tumbar el trozo de muro que quedaba en pie.
