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Julio A. López, editor jefe.— El mercado petrolero mundial estuvo mucho más cerca del colapso de lo que finalmente reflejaron los precios. Durante la crisis del Estrecho de Ormuz, por donde normalmente transita cerca del 20% del petróleo consumido en el planeta, numerosos analistas advirtieron que una interrupción prolongada podía impulsar el crudo hasta los US$150 o incluso US$200 por barril.
Sin embargo, el peor escenario nunca llegó. Tras los nuevos enfrentamientos entre Estados Unidos e Irán durante el fin de semana y la posterior pausa en las hostilidades antes de la reapertura de los mercados, el Brent volvió a estabilizarse alrededor de US$70 por barril, muy cerca de los niveles previos al conflicto.
Diversos analistas coinciden en que cuatro factores actuaron simultáneamente para amortiguar el mayor choque de oferta petrolera registrado en la historia moderna.
El primero fue la sorprendente resiliencia de la oferta. Aunque el Estrecho de Ormuz permaneció parcialmente afectado, Arabia Saudita incrementó el uso de su oleoducto hacia el Mar Rojo, Emiratos Árabes Unidos aumentó los envíos a través de su infraestructura hacia el océano Índico y parte del petróleo iraní continuó llegando al mercado a través de rutas alternativas y flotas comerciales. Además, numerosos cargamentos siguieron transitando por corredores relativamente seguros cercanos a Omán, lo que evitó una interrupción total del suministro.
El segundo elemento fue la intervención coordinada de la Agencia Internacional de Energía (IEA), cuyos 32 países miembros autorizaron la mayor liberación de reservas estratégicas de la historia, equivalente a unos 400 millones de barriles, inyectando aproximadamente 2,5 millones de barriles diarios adicionales al mercado internacional. (IEA)
El tercer factor provino de China. Las importaciones de crudo del mayor comprador mundial cayeron abruptamente durante la crisis, mientras las refinerías recurrieron a inventarios estratégicos acumulados previamente. Esa reducción de la demanda alivió considerablemente la presión compradora sobre el mercado internacional.
Finalmente, la desaceleración económica y las medidas de ahorro energético en varios países asiáticos redujeron aún más el consumo mundial. Las aerolíneas redujeron rutas menos rentables, las industrias moderaron su actividad y numerosas administraciones públicas impulsaron programas de ahorro energético, lo que contribuyó a reducir la demanda global.
La combinación de estos cuatro factores compensó gran parte del déficit potencial generado por la crisis de Ormuz y evitó que los precios alcanzaran niveles considerados catastróficos para la economía mundial.
A ello se sumó un elemento adicional: las señales políticas emitidas desde Washington sobre la posibilidad de una desescalada limitaron el ingreso masivo de inversionistas especulativos al mercado petrolero, lo que redujo aún más la volatilidad.
Aunque el conflicto elevó temporalmente el precio promedio del petróleo hasta niveles cercanos a US$105 por barril, el mercado logró absorber el impacto mucho mejor de lo previsto. Ahora, con Estados Unidos e Irán retomando conversaciones y con el tránsito marítimo recuperándose gradualmente, el mercado energético enfrenta una nueva etapa de reequilibrio, aunque los analistas advierten que la estabilidad dependerá de que no se produzcan nuevos episodios militares en una de las regiones más sensibles para el suministro mundial de energía.
