La otra réplica del sismo: El costo del mercado de emergencia

Economía

Diviana Márquez

En la penumbra de una frutería improvisada en Catia La Mar, una mujer sostiene un billete de 20 dólares arrugado como si fuera un escudo. A su alrededor, el paisaje costero de La Guaira todavía exhala el polvo de los edificios que cedieron hace apenas cinco días ante el histórico «doblete sísmico» de magnitudes 7.2 y 7.5. Las réplicas no han cesado —la última, de magnitud 5.1, volvió a sacudir la madrugada del lunes— pero en la calle, la urgencia ya no es solo encontrar refugio, sino resolver la comida del día.

«Si pago los diez dólares que me piden por el botellón de agua y las velas, no me queda para el cartón de huevos», calcula en voz alta, mientras el comerciante le recuerda que hoy no hay Pago Móvil, ni puntos de venta, ni transferencias.

Tras el colapso de la infraestructura eléctrica y de conectividad, el efectivo en divisas es el rey absoluto de las ruinas. Quien no lo tiene, no come.

La tragedia que dejó pérdidas materiales estimadas por la ONU en 6.700 millones de dólares ha reconfigurado instantáneamente la economía de supervivencia. En una nación que ya lidiaba con una Canasta Alimentaria Familiar de $772 mensuales, el terremoto disparó un shock de oferta inmediato. Con las vías agrietadas y los accesos restringidos para facilitar el rescate, llenar una bolsa con lo estrictamente necesario para resistir una semana se ha transformado en un desafío macroeconómico a escala familiar.

La cesta de contingencia

Bajo las condiciones actuales, el concepto tradicional de «hacer mercado» desapareció. Sin refrigeración por los masivos cortes de luz y con el suministro de gas doméstico severamente limitado, las familias han migrado forzosamente hacia una dieta de supervivencia basada en alimentos no perecederos, de alto valor calórico y que requieran nula o mínima cocción.

El monitoreo de precios en las zonas afectadas de la región centro-norte (Distrito Capital, La Guaira y Carabobo) revela que un Mercado de Emergencia Semanal para un grupo familiar promedio de cuatro personas oscila hoy entre los $37.50 y los $48.00.

Esta estructura de costos evidencia una realidad brutal: para una familia que depende de un salario promedio del sector privado (que ronda los $200 mensuales), costear apenas dos semanas de alimentación en contingencia absorbe la totalidad de sus ingresos, dejando por fuera la compra de medicamentos, herramientas de remoción o artículos de higiene básica. El sismo derribó las paredes, pero la inflación de la emergencia está asfixiando las despensas.

Las arterias rotas: Colapso logístico y el mercado informal

El verdadero estrangulamiento de los presupuestos familiares no ocurre en las pizarras de los analistas, sino en las autopistas agrietadas. El «doblete sísmico» no solo fracturó miles de hogares; rompió de tajo el eje de suministro que conecta los centros de producción agrícola e industrial del occidente y el centro del país con los principales núcleos de consumo.

La vialidad hacia las zonas más golpeadas se transformó en un laberinto de contingencia. El colapso del puente crítico que conecta la parroquia de Caraballeda interrumpió severamente las labores de socorro en la costa de La Guaira durante los primeros días, mientras que tramos agrietados en la autopista de Morón (Carabobo) y derrumbes en las carreteras hacia las costas de Aragua (como Choroní) paralizaron el flujo regular de carga pesada. 

Para un transportista de alimentos, cruzar desde los centros de acopio hasta Caracas o La Guaira implica hoy sortear tres obstáculos mayores. El primero es el costo del combustible informal: Ante las fallas eléctricas estructurales que paralizaron temporalmente estaciones de servicio e incluso refinerías principales, conseguir diésel en el mercado negro para mantener encendidos los camiones refrigerados exige sobrepagos de hasta el 150%.

En segundo lugar, los puntos de control y prioridad de rescate: Los accesos restringidos para dar paso a las misiones humanitarias de organismos como la OCHA, el PMA y los más de 2.600 rescatistas internacionales generan retenciones de horas. Cada hora con la cava apagada es un riesgo de pérdida total.

Por último, el flete de contingencia: Los transportistas que asumen el riesgo de transitar vías inestables —expuestos a réplicas constantes como la de magnitud 5.5 registrada el fin de semana— han indexado un «plus por riesgo» a las tarifas de flete.

La economía del efectivo sobre el escombro

En el terreno minorista, el desabastecimiento se convirtió rápidamente en el caldo de cultivo ideal para la economía informal de contingencia. Aunque el Ejecutivo comenzó el despliegue de miles de toneladas de asistencia y combos de alimentación en la «zona cero» de La Guaira, el aparato comercial tradicional quedó fracturado: los apagones intermitentes inutilizaron los puntos de venta y el Pago Móvil.

Ante esto, los pequeños abastos y los vendedores informales que operan en las adyacencias de los refugios o en las plantas bajas de edificios con daños estructurales leves (bajo el esquema de «semáforo» de habitabilidad) aplican tarifas de escasez.

La ley de la acera: Si un producto escasea en el anaquel formal, su precio en el mercado informal de la esquina aumenta un tercio de forma inmediata.

La distorsión es más agresiva en el cobro de la proteína de larga duración. Una lata de sardinas de marca económica, cuyo valor regular rondaba los $1.20 antes del desastre, se cotiza hoy en los tarantines informales hasta en $2.50 si el comprador no dispone de billetes exactos en divisas. Dado que el cambio o «vuelto» en dólares pequeños ha desaparecido de circulación tras la paralización bancaria física, el comercio informal obliga al consumidor a «redondear hacia arriba», inflando artificialmente el valor final de la cesta básica de supervivencia.

Comer en la emergencia no solo es logísticamente complejo; es financieramente prohibitivo.

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