Este voluntario viaja desde Barquisimeto para hacer su mejor ofrenda a las víctimas de los terremotos: ayudar a recuperar sus cuerpos sin importar las condiciones
Vanessa Davies
A veces puede más la voluntad, que el conocimiento. El martes 14 de julio, Juan Márquez se puso las piernas de una braga blanca que lo protegería de los fluidos de la descomposición, se amarró los brazos blancos en la cintura como si se tratara de un suéter y contestó la llamada que le hicieron por radio: “Alistándome”.
Pocos segundos después, este rescatista voluntario de 23 años de edad avanzó rápidamente hacia el urbanismo Luis Cáceres de Arismendi de Playa Grande, donde distintos equipos trabajaban, aunque ya no contra el tiempo, para recuperar la mayor cantidad de cuerpos posible. La lucha de los primeros días por rescatar a personas con vida dio paso a una resignación activa y feroz: hay que sacar los cuerpos.
“Vengo de la ciudad de Barquisimeto. Soy de Voluntarios Venezuela. Estoy aquí desde el día 4 de julio, pero debido a mi trabajo debo estar viajando constantemente. Me voy por cuestiones laborales y trato de regresar los fines de semana. Trabajo en una empresa de telecomunicaciones”, explica Juan mientras se termina de arreglar.
La tranquilidad de los cadáveres
“Del trabajo que hago lo más complicado es sacar los cuerpos de las familias. Es lo más duro que me ha tocado”, admite. “Sacar los cuerpos de las víctimas duele mucho, porque es como si se tratara de un familiar, pero todo lo hago por ayudar a las personas que nos necesitan”.
Aunque los días y las noches parecen estar en una línea continua, Juan calcula que ha podido recuperar unos cinco cadáveres. “Eso ha logrado tranquilizar a las familias. En nuestro grupo hay una persona a quien le logramos sacar tres familiares”.
La recuperación necesita guantes y bragas. Una vez que el voluntariado extrae el cuerpo, se pide a los familiares que hagan un reconocimiento inicial, se usa la bolsa negra y se espera a las autoridades, enumera este rescatista que quiere estudiar diseño gráfico.
─¿Puede haber personas con vida?
─Desde mi punto de vista, en el sitio donde estamos trabajando, no. Pero logramos recuperar los cadáveres, y eso les da una tranquilidad a los familiares.
A Juan no le pagan por estas labores, pero él si paga para poder estar presente en ellas, porque debe comprar sus pasajes y costear sus traslados. “No tenemos quién nos brinde ese apoyo económico”. Le toca lidiar con la preocupación de su mamá y los consejos que en realidad son órdenes: ten cuidado, ponte las vacunas.
Ha visto cómo desciende la entrega de insumos y llama a los donantes a seguir dando lo mejor para sus connacionales: “Actualmente necesitamos hidratación, agua, hielo. Las personas que tienen niños nos piden pañales, cremas para la pañalitis, antialérgicos, productos para la fiebre, antibióticos y pastillas para la tensión”.
