Óscar Reyes Matute.- Ser influencer explicando las matemáticas parece imposible. Hannah Fry lo ha logrado. Si enseñas en la Universidad de Cambridge, si eres invitada a dar conferencias TED, si eres ancla de la BBC y tienes carisma, tienes la mitad del partido ganado. Pero si además tu tema favorito son las matemáticas del amor, serás bendecida por los algoritmos.
Hannah Fry plantea que nos enamoramos por algoritmos biológicos de optimización que buscan la mejor pareja. El cerebro evalúa riesgos y compara relaciones iniciales como estándar antes de elegir un amor que supere esa media, midiendo probabilidades para asegurar estabilidad y éxito reproductivo.
El amor dura gracias a la calibración constante y a una baja tolerancia a la negatividad, cuando la pareja comunica y resuelve de inmediato los pequeños roces diarios para evitar que se acumule una inercia destructiva.
Mutatis mutandis, un modelo matemático para el amor al prójimo y la solidaridad con las víctimas de los terremotos aparece en la teoría de juegos evolutiva, en el «altruismo recíproco» y en la «regla de Hamilton»: la ayuda prospera si el beneficio colectivo supera el costo individual. Robert Axelrod y Martin Nowak explican que la solidaridad ante una crisis —como en Venezuela— es una estrategia de supervivencia colectiva. Pero esta ayuda inicial cae exponencialmente hacia la fatiga social si no se institucionaliza para mitigar el desgaste.
La solidaridad es fácil de sustentar en el discurso, pero hasta ahora no existen modelos que la hagan económicamente sostenible a largo plazo; su umbral de sostenibilidad es muy bajo, y la curva de la asistencia y reconstrucción pública y privada debe superar rápidamente la caída de las expectativas de la población, so pena de grave malestar y conmociones sociales o anomia total.
Supongamos que no estamos en Venezuela y que la respuesta del Estado, los ciudadanos y los políticos es increíblemente eficiente, que a pesar de la turbulencia de la transición política se logran acuerdos articulados para la reconstrucción, que el Plan Marshall de Trump y su sucesor Marco Rubio funciona a la perfección y que la inversión multilateral, la privada nacional e internacional, es cuantiosa.
Aun así, Ricardo Hausmann, Oxford Economics, el Banco Mundial y el BID calculan un lapso de 2 a 3 años para reconstruir los servicios básicos y la emergencia, y de 12 a 18 años para recuperar la productividad, la industria y el consumo sostenido precrisis.
La solidaridad no aguanta tanto, aunque la lidere la Iglesia católica. Y tal vez ese sea justamente el problema, la visión de la solidaridad como caridad: quien da va a recibir el cielo, y quien sufre y recibe tendrá una vida mejor, también en el cielo.
Pero en este mundo cruel, el que da se agota, y el que recibe termina convertido en un refugiado permanente dentro de su propio territorio.
¿Puede convertirse la solidaridad en capital social, en nuevos modelos de generar riqueza para la nación? ¿Pueden los voluntarios convertir sus horas de entrega en activos que compensen el desgaste? ¿Podrían los que solo tienen sus manos en los refugios y en los barrios invertir horas en trabajo voluntario remunerado? Así sí valdría la pena ser voluntario a largo plazo.
En 1980, Edgar S. Cahn ideó en la London School of Economics el Time Dollar System (TDS), un banco donde acumulabas tus horas de trabajo voluntario, tasadas en 1 $ por hora, intercambiables por horas-dólar de cualquier otro voluntario. Dabas una hora de pediatría y podías recibir la hora de un jardinero o de cuidados para un adulto mayor.
En Chicago, el experimento funcionó hasta los 90, y los niños de los barrios pobres acumulaban horas que luego podían cambiar por computadoras usadas, servicios y bienes en negocios que se asociaban de buena voluntad al TDS. Pero la escala era pequeña y frágil, por la falta de mecanismos de validación confiables de las horas de trabajo y del intercambio real. No existían los contratos inteligentes ni los tokens, solo documentos de Excel y la palabra de los voluntarios.
Quienes aún lo intentan no logran pasar de grupos de 100 a 150 participantes en pequeñas comunidades donde casi todos se conocen.
Tendrías que lograr articular el modelo a escalas más amplias, empleando redes organizacionales con alto nivel de conciencia y confianza, que conviertan el TDS en una alternativa local y nacional, y que funcione con una app en el teléfono, como un pago móvil.
La madre del barrio que barre las aceras de la cuadra, el albañil que repara la pared de la escuela, podrían acumular 5 $ en un día, intercambiables —gracias a un Lorenzo Mendoza asociado— por 1 kilo de harina PAN, una lata de atún, 1 kilo de arroz, tomate y cebolla para un almuerzo, o podría ir a la farmacia donde aceptan TDS.
John Lennon dijo: «Imagínalo». A estas alturas, ¿qué más podríamos perder los venezolanos? Más bien, podríamos ayudar a crear un mundo nuevo.
