Nelson Garrido: La luz y el dogma roto

Cultura

Óscar Reyes Matute

El arte venezolano ha perdido a uno de sus agitadores más fieros y desacomodados. El pasado jueves 20 de agosto, a las puertas de cumplir 74 años, falleció en Caracas Nelson Garrido. Primer fotógrafo en recibir el Premio Nacional de Artes Plásticas en 1991, Garrido no habitó la cultura como un pedestal, sino como una trinchera de guerra estética e intelectual.

Formado en el taller parisino del maestro Carlos Cruz-Diez, Garrido desestimó tempranamente el lirismo formal para encarar la víscera. Su propuesta plástica, cargada de una iconografía irreverente donde convergían la imaginería religiosa, el erotismo, la muerte y la sátira política, convulsionó a la sociedad conservadora con obras icónicas como Caracas Sangrante o La nave de los locos. Pues sí, en Venezuela y en Caracas hay ¡conservadores! que se escandalizaron con sus propuestas. Y él, provocador de oficio, feliz mientras mayor fuera el escándalo.

Su lente nunca buscó embellecer; buscó interrogar de manera inclemente el poder, los dogmas de fe y las atrocidades del Estado.

Más allá de su obra autoral, su proyecto más ambicioso y expansivo fue la Organización Nelson Garrido (La ONG), fundada en 2002. Establecida en una quinta de una urbanización popular, Los Rosales, La ONG funcionó durante dos décadas como una escuela de fotografía alternativa, biblioteca y espacio de resonancia para las minorías que operaba al margen de las instituciones oficiales.

Allí, bajo la figura patriarcal y magnética de Garrido, se formaron varias generaciones de fotógrafos y artistas bajo una premisa innegociable: el ejercicio del pensamiento crítico como único camino creativo. Se sustentaba mediante autogestión, talleres y proyectos independientes, además de becas autoimpuestas.

Recuerdo haber visitado la ONG una vez, acompañando a una eminente especialista en teoría visual y filósofa, que tenía miedo de transitar por ese barrio popular sola.

Al entrar, tenía la pinta de una enorme casa de vecindad, con cuartos, salones, estudiantes que se movían entre las luces y sombras del recinto.

«Un monasterio medieval, con las reglas de San Benito» pensé.

Como en la ópera La Boheme de Puccini, toda la vida estaba en función del arte: se comía, se dormía, se hablaba, se pensaba, se soñaba, con el afán de alcanzar algún logro estético en cada bocado, en cada respiro, incluso al ir al baño. Garrido había fotografiado sus heces y estaba tratando de convencer a la filósofa de que aquello era arte.

Estuve a punto de desternillarme de la risa.

Si hubiera tenido voz de bajo (soy tenor), habría cantado el aria «Vecchia zimarra», donde el filósofo Colline le habla a su viejo abrigo antes de empeñarlo para comprar unas medicinas para Mimì. Empezaba un duro momento de crisis económica y diáspora para Venezuela.

Sin embargo, la figura del maestro albergaba grietas profundas. El aura de taller libertario convivía con una disciplina vertical y extenuante impuesta por un ego tan torrencial como su talento.

Cuando las olas del movimiento #MeToo sacudieron el ecosistema cultural venezolano, emergieron testimonios sobre dinámicas de abuso de poder, servidumbre impuesta como «método pedagógico» —que incluía el mantenimiento del recinto por parte de los alumnos— y conductas de acoso contra jóvenes estudiantes. Aquellas sombras, que fisuraron el prestigio de su liderazgo, marcaron el declive de la institución.

Aunque públicamente el cierre definitivo del espacio en 2022 se atribuyó a la diáspora y la crisis del país, el golpe simbólico reconfiguró los últimos años de Garrido, quien se replegó progresivamente al confinamiento y a una intimidad de salud deteriorada.

Nelson Garrido deja un legado complejo, imposible de encasillar. Fue el «terrorista poético» que enseñó a mirar lo inconfesable, pero también un hombre marcado por las aristas de su propio poder absolutista.
Su muerte cierra el capítulo del último gran provocador de la fotografía venezolana; un artista inmenso cuyas imágenes seguirán incomodando y cuyo mito demanda ser leído tanto por el esplendor de su genio como por la densidad de sus sombras.

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