Héctor Sánchez
The Daily Journal – Hay un texto de Luis Vicente León circulando por las redes que repite con voz de “experto”, lo que sectores interesados pretenden convertir en la coartada perfecta.
Su argumento, en apariencia sensato, es que llevamos años siendo un país pobre sentado sobre un mar de petróleo que no podemos sacar, que el mejor acuerdo imaginable no está sobre la mesa, que este sí, el de los gringos bajo las condiciones que nos están imponiendo. Y que los venezolanos necesitamos electricidad, agua, salario y medicinas, no discusiones sobre soberanía. «Esa es una conversación de adultos que en Venezuela seguimos posponiendo», dice. Y remata: «Criticar es un derecho y exigir condiciones es un deber. Pero este país ha visto pasar demasiadas oportunidades mientras discutíamos si eran suficientemente buenas».
León dice, por ejemplo, que hemos sido «un país pobre sentado en una fortuna que no logra sacar». Como si eso fuera una condición natural, una maldición geológica, un destino escrito en las estrellas o que los venezolanos somos unos ignorantes que no sabemos qué hacer con esa riqueza.
Pero eso está muy lejos de ser el caso. Los venezolanos ya explotábamos petróleo desde el siglo XIX, décadas antes de la llegada de las primeras transnacionales. Y al menos hasta 2012 fuimos líderes mundiales de esta industria, fundadores de la OPEP en los años 60 del siglo XX y luego sus refundadores en el año 2000. Contábamos con el salario mínimo más alto de la región y un sistema de seguridad social con sus fallas, pero universal y que muchos envidiaban. Producíamos tres millones de barriles diarios y teníamos una economía tres veces mayor a la actual. ¿Qué nos pasó?
Lo que nos pasó es que este país pobre del que nos habla León es el resultado de una confrontación irresponsable y suicida en la que nos sumergieron las dirigencias políticas del país, tanto del gobierno como de la oposición, durante la última década. Sumada a la corrupción voraz que ha sufrido la república y que no tiene parangón en la historia del mundo.
Si nos quedamos sin recursos para pagar salarios, para mantener los hospitales, para la seguridad social; si PDVSA fue desmantelada y el sistema eléctrico colapsó, es porque una parte de nuestros “lideres” fue capaz de sacrificar cualquier cosa por no dejar el poder, mientras la otra parte fue capaz de cualquier cosa con tal de obtenerlo.
Y «cualquier cosa» incluye pedir y apoyar sanciones contra el país, un bloqueo económico que asfixió a la población, y en última instancia, una invasión militar por parte de la misma potencia con la que ahora «acordamos» y que fue la que nos bloqueó, sancionó y bombardeo.
León habla de «la factura de la reputación» y de «la prima de riesgo» como si fueran categorías meteorológicas. Pero la prima de riesgo no cayó del cielo. La construyeron a pulso los mismos que hoy se sientan a la mesa, los que destruyeron la industria, los que llamaron a la abstención y dejaron el campo libre, los que se autoproclamaron presidentes sin poder real, los que prometieron libertad y trajeron más miseria, los corruptos, los incapaces, los dueños del poder político. Todos ellos, con nombres y apellidos, son los responsables de que hoy estemos negociando desde la debilidad.
Lo más terrible de esta historia es que todos esos mismos culpables -gobierno, oposición y gobierno norteamericano- se presentan ahora como los salvadores. Y lo hacen sin un mea culpa, sin un reconocimiento de sus errores. No, lo hacen actuando como si no tuviéramos memoria.
El gobierno que deriva del madurismo, ahora celebra el acuerdo petrolero, nos dicen que es «un triunfo de la diplomacia bolivariana» y hasta se exaltan porque el pueblo no es lo suficientemente listo para entenderlo. La oposición que promovió las sanciones que hundieron al país, que apoyó la invasión y el bombardeo sobre la patria , que pidió a Washington que interviniera, ahora dice que hay que «estudiar el acuerdo» porque aún no se conoce su verdadero alcance. Todo ello mientras desde los Estados Unidos nos hablan como capataces de una finca y aseguran que el acuerdo es «un regalo al pueblo de los Estados Unidos».
Ciertamente León tiene razón en una cosa, los venezolanos necesitamos electricidad, agua, salario y medicinas. Nadie lo niega. Pero de ahí a aceptar que la única salida es entregar el petróleo a precio de costo por cien años, sin debate público, sin aprobación de la Asamblea Nacional digna, sin consulta popular, hay un abismo. Un abismo que León, con su pragmatismo interesado, decide ignorar.
Porque el problema no es que se firme un acuerdo. El problema es quién lo firma, cómo lo firma, para qué lo firma y en beneficio de quién. Y, sobre todo, el problema es que los que lo firman son los mismos que nos llevaron a esta situación tan difícil como humillante.
En tal sentido, no se trata de «discutir si las oportunidades son suficientemente buenas», como dice León. Se trata de no dejarse engañar por los mismos que nos arruinaron. Se trata de recordar. De exigir responsabilidades. De no aceptar que los verdugos se disfracen de salvadores.
A este ritmo, la memoria es lo único que nos va quedando y no podemos permitir nos las borren. Mientras las élites se reparten el botín y celebran su hipocresía, el pueblo venezolano debe recordar quiénes son los responsables. No para quedarnos en el rencor, sino para no repetir la historia.
Porque un país sin memoria es un país sin futuro. Y Venezuela, aunque muchos se empeñen en lo contrario, todavía tiene futuro. Solo que ese futuro no vendrá de la mano de los mismos y las mismas que nos trajeron hasta aquí.
