Óscar Reyes Matute
1977: vivíamos la época dorada del cine venezolano. Películas como «Soy un delincuenta» o «Canción Mansa Para Un Pueblo Bravo» nos llenaban de estupor: como en un espejo de feria, por primera vez nos veíamos reflejados como venezolanos en la pantalla, con nuestros miedos, nuestras miserias, nuestras pequeñas grandezas y nuestros amores.
Se estrenaba «El Pez Que Fuma» y yo era menor de edad, ansioso de verla, soñando precozmente con la dramaturgia visual. Así que como buen gamberrito de los barrios del sur de Maracay, falsifiqué cuidadosamente un comprobante de cédula de los de la época, puse cara de 18 años y me fui al Cine Capri, en la Avenida Bolívar, al lado de la Catedral.
El portero se echó a reir al ver el documento apócrifo.
-Tú no tienes 18 años ni de vaina. ¿Por qué quieres verla?
-Quiero ser guionista de cine.
-Pasa, carajito: es la mejor película venezolana que he visto hasta ahora.
Tenía razón el portero; ha resultado ser una de las grandes películas venezolana de todos los tiempos, referente imprescindible para todo aquel que quiera estudiar nuestro cine o entroncarse en nuestras raíces para contar sus relatos sobre esta tierra de gracia.
50 años después, se re-estrena El Pez Que Fuma original remasterizado, y simultáneamente se estrena la versión de 2026 dirigida por Luis Fernández.
Antes de que arrancara la función en CinePic, un grupo de amigos nos preguntábamos en el lobby: ¿Cómo asumir un clásico de esa magnitud? Hacer un remake literal sería una locura, así que: ¿como habrá asumido el director semejante reto?
Luis nos dio una bofetada.
Dividió la historia en tres planos narrativos. El del fondo, como un acuarela, es una supuesta versión original del filme del 77. En segundo plano, el relato se centra en el rodaje actual de una segunda versión, basada en aquella lejana acuarela de La Garza y Dimas de esa especie de bassso continuo que dibuja el plano de fondo. En primer plano, los actores con sus pasiones, y el director y el elenco de ese filme, en las habituales escaramuzas y zancadillas cortesanas de todo set de cine que se respete.
Suena como difícil articular estos tres planos, lenguajes y visuales tan diferentes.
¿Cómo lo logra Luis?
Poesía visual. Cuadros pictóricos de gran elegancia, imágenes hermosas que hablan sin necesidad de diálogos, como si uno caminara serenamente por una exposición.
Nos quitamos el sombrero.
Puede que a alguno no le haya gustado algún detalle del guión, o de la dirección de actores. Pero no había otro camino. Son grandes actores venezolanos interpretando un clásico. Tienen que ser así, justamente como son, justamente dentro de la actuación heredada de nuestras telenovelas y las películas de esa época, incluyendo El Pez Que Fuma original.
Otro plano aún más cercano es el homenaje que Luis le rinde a Mimí Lazo disfrazado dentro de la ficción del filme.
Alguna vez Luis nos contó, en un taller de dramaturgia con Ibrahim Gurrs, cómo conquistó a Mimí, justamente durante un montaje de El Pez Que Fuma en el Teatro de la Casa Sindical de El Paraíso.
Luego de la función, ella le pidió que la llevara a la Avenida Libertador, a conversar con las trasvestis. Encontró una que le dijo:
-Soy Mimí Lazo.
Mimí se bajó del carro y le dijo:
-No, yo soy Mimí Lazo.
Euforia en medio de la noche de luna llena caraqueña, a la hora del puñal. Las dos Mimís se abrazaron, y Lazo, al ver las lentejuelas baratas de su doble, se quitó el vestido, se quedó desnuda bajo la luna y se lo regaló.
Luis caballerosamente la cubrió con su chaqueta y la llevó a su casa. El pacto de amor estaba sellado.
La Academia Venezolana de Cine ha elegido con una sólida votación a El Pez Que Fuma de Luis Fernández para que nos represente en los Goya, 44% de los votos.
Comentábamos al salir de Cine Pic que es una película muy bella, con una estética y narrativa muy europea.
Tiene mucho chance de quedar en la lista corta de las nominadas, en la carrera por el Goya, por el cabezón.
¡A por él, Luis y Mimí!
