La próxima guerra petrolera no será por Ormuz, sino por José

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Julio A. López, editor jefe.– El viernes pasado, a 35 pisos de altura, en el Petroleum Club of Houston, comenzaba a perfilarse la próxima gran batalla por el control operativo de uno de los activos logísticos más importantes de la industria petrolera venezolana: el Puerto de José.

No se trata simplemente de muelles, tanques y tuberías. José constituye la principal puerta de salida de buena parte del petróleo venezolano y el corazón logístico del Complejo Industrial José Antonio Anzoátegui, una infraestructura que adquiere aún mayor importancia ante la perspectiva de un fuerte incremento de la producción y las exportaciones del país.

En uno de los extremos de esta batalla se encuentra el veterano ejecutivo petrolero Ali Moshiri, un viejo zorro con un profundo conocimiento de la industria energética mundial y, probablemente, uno de los ejecutivos internacionales que mejor conocen el negocio petrolero venezolano. Moshiri y un grupo de 15 inversionistas se prepararon con US$1.000 millones para participar en la modernización del puerto que sirve al gigantesco complejo industrial y petroquímico de José.

Entre llamadas telefónicas, consultas de agencias internacionales de noticias y una avalancha de mensajes, Moshiri parecía un general revisando el campo antes de la siguiente batalla: evaluando posiciones, midiendo fuerzas y organizando el contraataque.

Pero esta no es una guerra convencional. Se libra simultáneamente en despachos corporativos, medios de comunicación, redes sociales y oficinas gubernamentales. Tampoco tendrá un desenlace inmediato. José se está convirtiendo en una pieza demasiado estratégica como para que una sola batalla determine quién terminará controlando su modernización y expansión.

El próximo escenario ya no estará en las alturas de Houston, sino entre los rascacielos de Nueva York, donde Delcy Rodríguez, presidenta interina de Venezuela, tiene previsto reunirse con el presidente de Estados Unidos. El Puerto de José quizás no figure formalmente en la agenda, pero el ruido generado alrededor del proyecto y los movimientos —cada vez menos discretos— de los grupos interesados hacen difícil ignorar lo que realmente está en juego: la infraestructura necesaria para aumentar sustancialmente la capacidad venezolana de exportar petróleo.

Mientras esas batallas se libran a miles de kilómetros, frente a las costas de Anzoátegui existe una realidad mucho más tangible. En la bahía de Pozuelos y las inmediaciones del Puerto de José, decenas de tanqueros pueden verse obligados a esperar para recibir sus cargamentos. Cada día adicional de espera representa dinero: costos de fletamento, demoras contractuales y capital inmovilizado que pueden ascender a cientos de miles de dólares diarios, dependiendo del tamaño del buque y de las condiciones del mercado.

Ahí está el verdadero problema.

Venezuela puede tener petróleo bajo tierra, empresas dispuestas a perforarlo y capital disponible para financiar su recuperación, pero producir más barriles sirve de poco si después no existe suficiente capacidad para almacenarlos, mezclarlos, movilizarlos y embarcarlos de manera eficiente.

Por eso, la modernización de la infraestructura física y tecnológica del Puerto de José dejó de ser solo un negocio local. Si Venezuela entra en un nuevo ciclo de crecimiento petrolero, José tendrá que crecer con él.

La próxima gran competencia petrolera venezolana, por tanto, podría no librarse en torno a quién controla los barriles bajo tierra, sino en torno a quién controla la infraestructura capaz de colocarlos en un tanquero y llevarlos al mercado mundial.

Y eso convierte al Puerto de José en algo mucho más importante que un terminal petrolero venezolano: lo transforma en una pieza con potencial de impacto en el mercado energético internacional y, especialmente, en la seguridad energética de Estados Unidos.

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