Óscar Reyes Matute
Siguiendo a Sun Tzu, Napoleón advertía que todo soldado debía contar con municiones, una daga bien afilada y, sobre todo, un pollo en la mochila. Israel mantiene su daga afilada y armamento suficiente para devastar a cualquier rival; sin embargo, según sus propias autoridades, el suministro de pollo y efectivos empieza a escasear.
A Estados Unidos se le agotan los misiles, pero simplemente reactiva su emporio industrial-militar en un negocio rentable para el sector privado.
Irán está estrangulado: pese a sus proclamas sobre el estrecho de Ormuz, el bloqueo lo padece Teherán, impidiéndole exportar petróleo mediante una asfixia económica análoga a la sufrida por Venezuela previa al 3E.
Israel, por su parte, aunque es la potencia económica y militar regional sostenida por una colosal ayuda externa, exhibe severas grietas financieras tras una guerra prolongada. No lo afirma la propaganda enemiga ni la oposición a Netanyahu, sino el propio Banco Central de Israel.
Discrepancia institucional y gasto bélico
El Ministerio de Hacienda estima el gasto directo acumulado de la contienda en 92.000 millones de dólares; no obstante, el Banco de Israel eleva la cifra a 117.000 millones. Esta brecha de 25.000 millones —fruto de computar intereses de deuda, compromisos futuros e inversión directa— supera por sí sola el presupuesto anual de defensa previo a octubre de 2023.
Sostener las operaciones militares consume más de 3.000 millones de dólares semanales, a los que se suman 11.000 millones adicionales consumidos tras el agravamiento del conflicto en febrero por el cierre de Ormuz.
Impacto macroeconómico
El presupuesto de defensa saltó del 5,2% a más del 8% del PIB, y las proyecciones a diez años exigen añadir 116.000 millones de dólares, fijando el gasto militar cerca del 6% del PIB (frente al 3% de EE. UU., p.e.).
En menos de tres años, la deuda pública escaló de 354.500 a 463.800 millones de dólares, sumando 130.000 millones en nueva deuda y llevando la ratio deuda/PIB del 60% al 70%.
La vulnerabilidad se acentúa ante la posible reducción de la ayuda estadounidense (que acumula 158.000 millones desde la Segunda Guerra Mundial y actualiza 3.800 millones anuales), amenazada por el desgaste diplomático y posibles cambios ideológicos en Washington.
Fuga de talento y fractura social
El sector tecnológico —responsable del 20% del PIB y del 56% de las exportaciones— sufre una erosión crítica. La industria depende de 300.000 profesionales altamente cualificados; solo en el primer año del conflicto, más de 8.000 emigraron. Asimismo, la emigración en el segmento de mayores ingresos aumentó un 80% desde 2019. A esto se suma el llamado a filas de reservistas, movilizados durante más de 400 días acumulados, paralizando la productividad comercial.
El impacto humano es severo: los casos de estrés postraumático subieron un 70% (60.000 personas atendidas), hay más de 30.000 menores registrados como víctimas de trauma y las licencias de cannabis medicinal se multiplicaron por diez, alcanzando los 140.000 registros.
El dilema haredí
La fisura demográfica y fiscal agrava el panorama. La comunidad ultraortodoxa (Haredim) representa el 13% de la población (más de un millón de personas). Eximidos históricamente del servicio militar desde los tiempos de Ben Gurión —cuando eran solo 400— para dedicarse a la Torá, hoy sostienen la gobernabilidad de Netanyahu.
Poco más de la mitad de los hombres ultraortodoxos trabaja en el mercado formal y menos de un tercio cursa estudios universitarios. Un hogar haredí recibe promedio 2.000 dólares mensuales en subsidios estatales, mientras que el ciudadano laico promedio aporta en impuestos 2.918 dólares más de lo que recibe en servicios. Se proyecta que para 2050 los ultraortodoxos representarán 1 de cada 4 israelíes (y 1 de cada 3 para 2060), diluyendo el segmento contribuyente y combatiente.
Pese a un déficit crítico de 15.000 soldados advertido por el Estado Mayor y al fallo del Tribunal Supremo que eliminó la exención militar, de 80.000 jóvenes ultraortodoxos en edad militar solo unos 3.000 se han alistado.
Sin dinamismo productivo ni equidad tributaria y militar, no bastan las bayonetas. La propia estructura social puede forzar un giro dramático en la contienda. Israel lo está confirmando, y no por voz de sus adversarios, sino desde las cifras de su propio Banco Central.
