Por Héctor Sánchez | Sociólogo
The Daily Journal – En su obra El principio de crueldad, el filósofo francés Clément Rosset conceptualizó un mecanismo psicológico conocido como el «exorcismo alucinatorio de lo real». Este fenómeno consiste en la supresión sistemática de una realidad intolerable para sustituirla por una narrativa fantástica donde cada hecho adverso se reinterpreta ficticiamente como una muestra de triunfo o fortaleza.
Aunque esta categoría no fue diseñada originalmente para la coyuntura venezolana, describe con precisión la conducta del «gobierno encargado» que actualmente ocupa el palacio de Miraflores. Desde el 3 de enero, la vocería institucional ha aplicado un férreo ejercicio de negación sobre los acontecimientos nacionales, transformando cada catástrofe en una supuesta hazaña.
El hecho fundacional de esta estrategia es la invasión del 3 de enero. Los acontecimientos fríos registran que fuerzas especiales de Estados Unidos invadieron el país, bombardearon Caracas, provocaron la muerte de más de cien personas y secuestraron al presidente de la República en cuestión de media hora dentro de la principal base militar de la nación. La operación representó un éxito militar fulminante del invasor y el colapso evidente del aparato de seguridad, lo que en cualquier análisis racional constituye una derrota incontestable.
Sin embargo, la versión oficial dictaminó un relato opuesto, sosteniendo que la fuerza moral del gobierno venezolano «obligó al secuestrador a aceptar un gobierno de continuidad y no un cambio de régimen». Con esta pirueta narrativa, se pretendió hacer creer que quien venció militarmente en treinta minutos fue «forzado» por el vencido a respetar una institucionalidad que ese mismo gobierno acababa de perder. Para la propaganda del régimen, los hechos objetivos perdieron relevancia frente al relato, no hubo negligencia ni derrota, sino diplomacia y victoria. Ni hay negociación forzada sino un acuerdo astuto.
Esta misma lógica de negación opera sobre las decisiones políticas y económicas. Al cuestionar por qué se firman acuerdos que entregan el petróleo a precio de costo, por qué se cede el control de las reservas de recursos o por qué se autorizan sobrevuelos militares estadounidenses sobre Caracas, la postura oficial responde que todo obedece a los «éxitos de la diplomacia de paz y en defensa de los intereses nacionales». De este modo, la entrega se bautiza como defensa, la sumisión como estrategia y la claudicación como victoria.
No obstante, cuando la crítica interna y externa se intensifica, el discurso oficial cambia abruptamente de registro y alega: «No podemos hacer otra cosa, tenemos una pistola en la cabeza; no se le puede pedir a un gobierno secuestrado que inmole al país». Es aquí donde se pone al descubierto el núcleo de la paradoja y el punto donde la negación alucinatoria se vuelve insostenible.
No se puede argumentar simultáneamente que se ejercen acciones soberanas en defensa del país y que se actúa bajo coerción con una pistola en la cabeza. Si un gobierno firma bajo amenaza, resulta incongruente calificar tales concesiones como «triunfos diplomáticos» o «hazañas». Mientras la realidad concreta muestra a una administración que obedece, cede y entrega, la ficción oficial insiste en que resiste, negocia y vence.
El punto culminante de este exorcismo de la realidad se observó durante la participación en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Los hechos verificables señalan que la presidenta Encargada pronunció un discurso en el que agradeció públicamente a Donald Trump -quien ordenó la invasión del país, secuestró al presidente y se jactó de ello horas antes- mientras la presidenta encargada Delcy Rodríguez omitió nombrar a Maduro y no lo visitó en la prisión situada en esa misma ciudad.
A pesar de la contundencia de estos hechos, el relato institucional calificó la jornada como un «triunfo histórico», asegurando que se puso en alto el nombre de Venezuela y que la «diplomacia de paz» rindió sus frutos. El gobierno encargado actúa con absoluta coherencia respecto al diagnóstico psicológico: la verdad -gobernar bajo tutelaje, ceder los recursos para sobrevivir y haber sufrido una invasión- es demasiado cruel para ser aceptada.
Ante la imposibilidad de asumir los hechos, la realidad es exorcizada para construir una ficción colectiva donde la derrota se denomina victoria, la sumisión se disfraza de diplomacia y la humillación se festeja como éxito internacional. Sin embargo, este andamiaje de ficción tiene un límite infranqueable: la realidad cotidiana del pueblo venezolano. Por más ostentoso que sea el aparato de propaganda o por más persistente que resulte la simulación oficial, la ciudadanía reconoce la grieta abismal entre la retórica de Miraflores y la crudeza de su vida diaria.
El gobierno miente y la gente sabe que mienten, porque la verdad no se lee en los comunicados, sino que se padece en la vulnerabilidad, la escasez y la pérdida efectiva de soberanía. Un relato edificado sobre la negación deliberada no puede sostenerse indefinidamente en el aire; tarde o temprano, la tramoya de este exorcismo alucinatorio terminará colapsando por el peso insostenible de sus propias contradicciones, dejando al desnudo una impostura que la sociedad ya no cree.
