Editorial: Transparencia o muerte

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. – En 1822, James Madison, padre de la Constitución de los Estados Unidos y cuarto presidente del país, escribió una frase que conserva hoy la misma vigencia que hace más de dos siglos: “El conocimiento gobernará para siempre a la ignorancia”. Madison entendía que ninguna democracia puede sostenerse cuando sus ciudadanos desconocen cómo se toman las decisiones públicas y cómo se administran los recursos de la nación.

La transparencia no es un valor accesorio en la política. Es su principal mecanismo de legitimidad. Cuando desaparece, comienza a erosionarse la confianza pública y, con ella, el capital político de quienes ejercen el poder.

Marco Rubio, actual secretario de Estado y asesor de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, emerge como uno de los nombres con mayores posibilidades de convertirse en el próximo candidato presidencial republicano. Si ello ocurre, es razonable asumir que la política hacia Venezuela ocupará un lugar central en su legado en materia de política exterior. La caída del régimen de Nicolás Maduro y la transición política venezolana serían presentadas como uno de los mayores éxitos estratégicos de Washington en el hemisferio occidental.

Precisamente por ello, la transparencia no es una opción política. Es una necesidad estratégica.

El Financial Times, fundado en Londres en 1888 y considerado uno de los medios económicos y financieros más influyentes del mundo, publicó recientemente que el Gobierno de Estados Unidos ha recaudado más de US$13.000 millones provenientes de las ventas de petróleo venezolano en 2026. Sin embargo, la administración estadounidense ha ofrecido muy pocos detalles sobre el destino final de esos recursos.

Las preguntas son inevitables.

Funcionarios del Departamento de Estado afirmaron en abril que aproximadamente US$3.000 millones habían sido transferidos a Venezuela bajo la auditoría de KPMG. No obstante, miembros del Comité de Asuntos Exteriores de la Cámara de Representantes aseguran no haber recibido información adicional desde entonces. Más preocupante aún, el portal oficial creado para hacer seguimiento a estos ingresos apenas registra una transferencia por US$300 millones realizada en marzo.

La situación adquiere una dimensión aún más delicada tras los devastadores terremotos del pasado 24 de junio. Las Naciones Unidas estiman que los daños ocasionados a viviendas e infraestructura superan los US$37.000 millones. Venezuela enfrenta la mayor crisis humanitaria y de reconstrucción de su historia, mientras miles de millones de dólares de origen venezolano permanecen bajo un manto de incertidumbre administrativa y política.

A esta cifra deben sumarse 100 kilos de oro pertenecientes al Banco Central de Venezuela, enviados a Estados Unidos. Hasta el día de hoy no existe información pública y detallada que permita conocer bajo qué figura jurídica o financiera se realizó la operación. ¿Se trata del pago de los costos de la operación militar del 3 de enero de 2026? ¿Es un depósito en custodia? ¿Los venezolanos estamos pagando por la permanencia en el poder de nuestra propia tiranía?

La historia venezolana también ofrece una advertencia que Washington haría bien en recordar. La élite política, atrincherada en el poder desde febrero de 1999, ha demostrado una extraordinaria capacidad de supervivencia. Ha resistido sanciones internacionales, intentos de aislamiento diplomático y ha visto pasar a cinco presidentes de los Estados Unidos sin abandonar el poder.

El tiempo juega a favor de quienes hoy ostentan el poder en Caracas; solo necesitan resistir y esperar un nuevo gobierno en la Casa Blanca.

Marco Rubio no morirá literalmente como consecuencia de las decisiones que se tomen en Caracas. Sin embargo, el manejo poco transparente de decenas de miles de millones de dólares pertenecientes a Venezuela sí puede convertirse en el certificado de defunción política de cualquier proyecto presidencial que pretenda presentar la transición venezolana como un éxito histórico de la política exterior estadounidense.

Porque cuando un país está literalmente en ruinas y miles de millones de dólares desaparecen tras explicaciones insuficientes, la transparencia deja de ser una virtud republicana para convertirse en un asunto de supervivencia.

En este caso, la ecuación parece tan simple como implacable: transparencia o muerte política.