EDITORIAL | Cartas de intención y memorandos de entendimiento no bastan

Opinión

Los petroleros no creen en buenas intenciones; necesitan contratos con condiciones claras y precisas.

Julio A. López, editor jefe de The Daily Journal. – El gobierno de Delcy Rodríguez vuelve a anunciar, con el mismo ritual de siempre, la firma de un nuevo memorando de entendimiento —esta vez con BP— como si se tratara de un logro histórico. Pero no lo es. No todavía. Buenas intenciones no bastan para aumentar la producción petrolera y, como dicen en mi pueblo, “intenciones no preñan”.

Un memorando no es un contrato. Es, en el mejor de los casos, una declaración de intenciones. Un papel que abre puertas, pero no mueve taladros, no perfora pozos y, sobre todo, no produce un solo barril de petróleo.

Mientras las cámaras registran apretones de manos y discursos optimistas, la realidad en Venezuela sigue siendo otra: producción limitada, infraestructura deteriorada y una población que sobrevive más por resistencia que por progreso; un pueblo languidece de penurias, sostenido solo por la esperanza de un mejor porvenir gracias a la gran riqueza del subsuelo venezolano.

En los últimos meses, Caracas ha firmado acuerdos con múltiples actores internacionales —Shell, Chevron, Repsol, Eni— en un intento de reactivar el sector energético. Pero la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿Dónde están los contratos ejecutables, con garantías, reglas claras y una protección jurídica real?

Porque la industria petrolera global no funciona con entusiasmo político. Funciona con certezas. Y hoy Venezuela genera expectativas, pero no seguridad.

El problema no es menor. El país no puede darse el lujo de seguir acumulando anuncios sin ejecutarlos. Cada día que pasa sin inversión efectiva es un día más de deterioro económico y social. Un día más en el que la riqueza del subsuelo sigue atrapada bajo tierra, mientras millones de venezolanos esperan soluciones que nunca terminan de materializarse.

El ciudadano común no vive de memorandos. Vive de ingresos. De empleo. De estabilidad.

Un pueblo martirizado por ideologías, discursos, promesas, hiperinflación, ajustes económicos, sanciones, corrupción y todos los males que se pueden cometer contra una población que estoicamente ha resistido o que en el peor de los casos dejo el país inclusive caminando atravesando montañas y selvas no puede esperar más tiempo que un gobierno termine de firmar los contratos que les permita a las petroleras trasnacionales invertir el enorme caudal de recursos para poder producir la energía que tanto necesita el mundo en estos momentos.

La oposición levanta la bandera de la democracia y exige condiciones electorales. Es una causa legítima. Pero también es una realidad incompleta. Porque ningún país se reconstruye únicamente con elecciones si su economía permanece paralizada.

Cruzando el Atlántico, María Corina Machado, actual líder de la oposición venezolana, levanta la voz ante las masas de la diáspora y exige a gobiernos y líderes políticos que ayuden a que la democracia por vía electoral retorne a Venezuela. ¿Y mientras tanto qué?

Los venezolanos queremos elecciones y defendemos la democracia. Pero sería ingenuo —y hasta irresponsable— pretender que, en el corto plazo, se reconstruya un padrón electoral que incluya a millones de ciudadanos hoy dispersos por el mundo, ni que se regeneren de inmediato instituciones profundamente erosionadas. Ese proceso tomará tiempo y, mientras esa reconstrucción ocurre, es imprescindible que la inversión privada regrese al país y comience a reactivar la economía.

De lo contrario, la esperanza —que hoy aún resiste— corre el riesgo de convertirse en frustración. Y esa frustración, en un país donde más de un tercio de sus ciudadanos han emigrado y la presión social sigue acumulándose , puede mutar en una explosión que nadie desea y que ningún gobierno podrá contener.

Y aquí es donde el riesgo se vuelve político: cuando la esperanza se prolonga sin resultados, deja de ser esperanza y se convierte en frustración. Y la frustración en Venezuela siempre ha sido un combustible peligroso.

El gobierno lo sabe. Y por eso la firma de contratos reales no es solo una necesidad económica: es una necesidad de supervivencia. Solo con imágenes de firmas y declaraciones, los venezolanos no pueden hacer mercado.

Ni la propaganda ni la diplomacia pueden ocultar que las buenas intenciones no producen petróleo. Y un país no se reconstruye con promesas.

Mientras todo esto ocurre, The Daily Journal saldrá a las calles y preguntará al pueblo qué necesita, qué le duele y qué espera. Publicaremos esos testimonios en video, no solo para documentar una realidad que muchos prefieren ignorar, sino también para confrontar a la clase política con una verdad elemental: ninguna democracia puede sostenerse sobre el hambre. Porque no se le puede exigir al pueblo que defienda libertades abstractas cuando lucha día a día por sobrevivir.

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