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Dr. Juan Barreto.- Chávez confesó que le encantaban los Volkswagen Escarabajos; de hecho, cuando le tocaba votar, llegaba al centro de votación manejando uno rojo. En días recientes, se observó a las tres figuras más protuberantes del gobierno, los «nuevos viejos rostros de la continuidad», como los llama un periodista amigo, llegar a una manifestación de apoyo en una Volkswagen Combi azul.
Cosas de la dialéctica gatopardiana de los tiempos que corren. ¿Qué está pasando? Una puesta en escena bien planeada. La misma marca de vehículo, pero con un diseño distinto. Así han hecho marcas y productos. Un Volkswagen que sigue siendo tal, pero ahora es una camioneta con más espacio. Y otro color. Ya no se trata solo de Chávez al volante, sino de tres figuras que ostentan el poder con un nuevo look. Un outfit que, a su vez, supone el comienzo de una nueva era o etapa, combinando ruptura y continuidad en una sola imagen.
La oposición más reconocida mediáticamente critica que los acusan de ser unos «copiones» y de robar símbolos como los rosarios, pues el blanco y el azul clarito son emblemas característicos de ese sector opositor, pero la polarización ahora se desplaza a la lucha por la hegemonía de los significantes. Los significantes no pertenecen a nadie (que lo digan los partidos intervenidos por el TSJ). Unas siglas y unos colores son de aquel que pueda ejercerlos por la fuerza o por la costumbre; son simplemente «trajes» e identidades que se adoptan para construir una marca. Lo que signifiquen depende de las relaciones de fuerzas y de los contextos. Una cruz no significa lo mismo para un hindú, un musulmán o un occidental. Como ejemplo, las camisas negras de Mussolini se convirtieron en un emblema de orgullo para unos, pero en un signo de miedo para el resto del pueblo italiano. “Todo depende del cristal con que se mire”, diría el filósofo recientemente fallecido Willie Colón.
La paleta de colores de las vibraciones electromagnéticas, que, según los conocimientos de la óptica, la psicología social y la Escuela Gestalt, tiene un vínculo intrínseco con nuestras emociones y con el ojo humano. El blanco se asocia a la pureza, la transparencia, la verdad e incluso la paz, al ser la síntesis de todas las ondas de la luz y por la forma en que incide en el cerebro. Los colores azules y pasteles se vinculan con la calma y la tranquilidad, produciendo una sensación que Freud llamaba «sentimiento oceánico» o “incompletitud”. Y esto se debe a la sensación que experimentamos al contemplar el cielo y el mar. La táctica de «captura» de significantes para disputar el discurso de cambio inaugura una época en la que el marketing sustituye al relato. El linaje lo es todo; la ideología pasa a ser secundaria y el cambio de colores anuncia el fin forzoso de la confrontación, por apropiación simbólica del otro. El cambio del rojo al azul pastel no es un matiz menor. No se trata de una desconexión con el pasado, sino de una nueva lectura desde el presente. Una reinterpretación. La batalla por el relato intenta colonizar el espacio simbólico del otro mediante la apropiación, vaciándolo y desactivándolo. Es la manera de negar al otro convirtiéndose en él, absorbiéndolo hasta desaparecerlo; así ocurre en la película La Cosa (John Carpenter, 1982).
El rojo es un color más ambivalente que el azul. La oposición lo asocia con la violencia y el peligro. Fue con Chávez cuando el rojo se resemantizó y se asoció con dinamismo, decisión, firmeza y juventud. Sabemos que, en la naturaleza, el rojo comunica a los insectos la madurez de las frutas y el ojo humano también lo asocia al deseo y la sensualidad; los publicistas dicen que es un color que incita al apetito, pero esa es otra historia, aunque sí es historia cómo el rojo se vinculó al comunismo tras el movimiento de la Comuna de París. Aunque en países como Estados Unidos representa lo contrario, siendo el color de Donald Trump y de los republicanos.
La reapropiación simbólica y la captura del capital social y cultural del inconsciente colectivo están en marcha. El capital simbólico al que se refirió Pierre Bourdieu también es un terreno de luchas. Desde los tiempos de F. De Saussure, lo sabemos. Se puede decir que el significante es solo el empaque, pero luego descubrimos que la forma también comunica contenido: un vaso es una medida (como un metro), pero su denominación depende de lo que contiene y de lo que ocupa. Aunque el significante y el significado son un par inseparable, el significado siempre marca la naturaleza del significante y viceversa. Esto mismo ocurre con los relatos asociados a las formas que siempre son políticas.
Pero la paradoja aquí no es a quién le pertenece ni a quién finalmente se le queda el color en disputa; el asunto es que ambas corrientes representan la misma política económica y ambas se disputan el mismo reconocimiento de la Casa Blanca. Parece que en Venezuela todos los gatos son pardos.
