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Julio A. López, editor jefe de The Daily Journal.— En un lugar de la costa del Caribe venezolano, de cuyo nombre no quiero acordarme, — En las majestuosas plataformas petroleras, convertidas en catedrales del petróleo, equivalentes caribeños de desaforados gigantes —no muy distintos a los molinos de viento de Don Quijote—, todavía se recuerda el plato Cordon Bleu de sardinas. No como un refinado manjar de la gastronomía francesa ni como parte del repertorio culinario venezolano, sino como una creación satírica nacida del ingenio —y de la necesidad— de los trabajadores petroleros.
Así bautizaron, en el momento más intenso de la crisis venezolana, un “plato” que no existía, pero que servía para nombrar lo innombrable: la escasez. Porque cuando faltaba la comida, la imaginación se convirtió en cocina y el humor en un mecanismo de supervivencia. Mientras tanto, desde las profundidades del mar se seguían extrayendo las riquezas de todos los venezolanos, con una eficiencia casi heroica, para que una élite política enquistada en el poder, corrompida y convertida en una oligarquía desatada, las despilfarrara con una voracidad sin límites, satisfaciendo sus más extravagantes y obscenos deseos de consumo, mientras una nación entera luchaba contra el hambre y la miseria.
El plato consistía en licuar las sardinas con huevos y luego freírlo todo; una exquisitez, por supuesto, en una época y en una región donde no existían ni el pollo ni la carne. Punto Fijo, estado Falcón. Lo verdaderamente hermoso de esa industria era —y sigue siendo— la fraternidad, la hermandad casi sagrada que se forja en el campo: si alguno no había pescado o no llevaba vianda, todos compartían lo poco que tenían.
Todos los trabajadores adelgazaron —gracias a la dieta de Maduro—, sazonada con calor inclemente, mala alimentación y un dinero que nunca alcanzaba para comer. Y, aun así, se sostenían unos a otros para sobrevivir.
Algo similar ocurre con los recursos naturales de Venezuela: nobles hasta el exceso. Tanto los han desangrado y, sin embargo, siguen dando frutos —petróleo, minerales— como si la naturaleza, en un acto de paciencia divina, se negara a abandonar a su propia creación. Es la nobleza de la tierra, la obra de Dios y la fe de nuestra gente lo que ha movido montañas para sobrevivir, algo que, en cualquier cálculo matemático —entre salarios y costo de vida— resulta sencillamente imposible.
Y, sin embargo, ocurre. Porque, al final, todo se traduce en eso: en la fe del venezolano y en su inquebrantable voluntad de resistir, incluso cuando la lógica, la economía y el sentido común ya hace tiempo se rindieron ante la realidad de la nación.
¿Y mientras todo eso ocurría, qué pasaba con la inmensa riqueza generada por la explotación petrolera? La respuesta, aunque incómoda, resulta evidente: los mismos que saquearon PDVSA durante los 13 años de Maduro —como lo detalla la publicación de ayer del New York Times— continúan operando con una impunidad que ya ni siquiera intentan disimular.
Un solo operador de esa orgía de corrupción dejó cuentas sin pagar a PDVSA entre 2019 y 2022 por el equivalente a 13.000 millones de dólares: 240 buques petroleros que zarparon de Venezuela cargados de riqueza… sin pagar. Mientras tanto, una oposición política complaciente denunciaba, casi con resignación burocrática, la supuesta destrucción y la paralización de la industria petrolera.
Pero la realidad —esa que no admite relato alternativo— se desplegaba ante los ojos de todos: un desfile constante de tanqueros abandonaba los puertos venezolanos, uno tras otro, llevándose no solo petróleo, sino también el futuro de una nación entera, convertido en mercancía sin factura, sin control y, sobre todo, sin consecuencias.
Pero no podemos quedarnos en la mera denuncia de la “misión saqueo” que se ejecutó con precisión quirúrgica; además, debemos proponer soluciones —que existen— para recuperar la inmensa fortuna que se les arrebató a todos los venezolanos.
Otros países han logrado repatriar miles de millones mediante mecanismos de recuperación de activos, cooperación internacional y acciones judiciales que, aunque complejas, han demostrado que el dinero robado no siempre desaparece, solo se esconde.
Y si algo define el caso venezolano, es su dimensión: no se trata de un escándalo más, sino del mayor despojo que haya sufrido alguna nación en tiempos modernos. De esas rutas posibles para recuperar lo saqueado hablaremos en el próximo editorial, sin olvidar el Cordon Bleu de sardinas ni a los extraordinarios trabajadores petroleros que, contra toda lógica y a costa de un sacrificio humano inmenso, nunca dejaron de producir.
Porque si algo quedó claro en esta tragedia es que, mientras unos se dedicaban a saquear el país, otros —silenciosamente— lo sostenían.
