A la Soberanía se le emitió el certificado de defunción el 3 de enero

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. — Una eventual integración de Venezuela a Estados Unidos como “Estado 51” divide opiniones dentro y fuera del país; miles de venezolanos vuelven a preguntarse qué significa realmente la soberanía nacional y cuándo comenzó a perderla Venezuela. Precisamente esa discusión motivó este artículo de opinión.

El concepto moderno de soberanía nació en Europa después de siglos de guerras religiosas y conflictos entre imperios, monarquías y poderes eclesiásticos. Los principios fundamentales del sistema internacional contemporáneo son: cada Estado ejerce control sobre su territorio, ninguna potencia extranjera debe intervenir en sus asuntos internos y los gobiernos poseen autoridad exclusiva dentro de sus fronteras.

Desde entonces, la soberanía se convirtió en uno de los pilares centrales del Estado moderno y del derecho internacional. Sin embargo, numerosos analistas sostienen que la soberanía ya no depende únicamente de las fronteras o del reconocimiento diplomático, sino también de la capacidad real de un país para controlar sus instituciones, su seguridad, sus recursos estratégicos y sus decisiones fundamentales, sin subordinación externa.

Durante años, Venezuela dejó de comportarse como una nación plenamente soberana. Conservó la bandera, el himno, el asiento en las Naciones Unidas y las embajadas en todo el mundo, pero el control real de las áreas estratégicas del Estado quedó en manos extranjeras. Lo que existió no fue una simple alianza ideológica entre Caracas y La Habana. Fue algo mucho más profundo: una estructura de subordinación política, militar e inteligencia.

Venezuela se había convertido en “una provincia de Cuba”. La realidad probablemente fue peor: ni siquiera actuábamos como una provincia integrada con derechos políticos equivalentes. Funcionábamos como una colonia moderna, cuya función principal consistía en sostener económicamente al régimen cubano y en expandir su influencia geopolítica en América Latina.

Durante más de dos décadas, el petróleo venezolano fluyó gratis hacia La Habana mientras Venezuela colapsaba internamente. Cuba tuvo acceso privilegiado al aparato estatal venezolano y un nivel de penetración institucional sin precedentes en la historia contemporánea latinoamericana.

El hecho más simbólico y, probablemente, más devastador para el concepto mismo de soberanía nacional quedó expuesto tras los acontecimientos del 3 de enero de 2026: la seguridad de Nicolás Maduro estaba bajo el control de los escoltas y del personal cubano. Cuba incluso reconoció oficialmente la muerte de decenas de sus ciudadanos vinculados a cuerpos militares y de seguridad durante la captura de Maduro.

Eso significa que el círculo más íntimo de protección del jefe de Estado venezolano respondía directamente a La Habana. Ninguna nación verdaderamente soberana cede la seguridad presidencial a agentes extranjeros. Ningún país independiente permite que áreas sensibles de inteligencia y contrainteligencia operen bajo supervisión política externa.

La tragedia venezolana no se limitó a la destrucción económica o institucional. La contradicción fue brutal. Un gobierno que acusaba permanentemente a Washington de intervencionismo permitió simultáneamente que operadores extranjeros penetraran en estructuras críticas del Estado venezolano. El caso venezolano demuestra que la soberanía no desaparece únicamente mediante invasiones militares. También puede evaporarse lentamente desde adentro, mediante la dependencia económica, la captura institucional, el control de inteligencia y la subordinación política disfrazada de cooperación revolucionaria.

El alto mando de las Fuerzas Armadas venezolanas permitió, por negligencia, miedo o complicidad, la erosión progresiva de la soberanía nacional. Mientras el país se hundía, una pequeña isla del Caribe logró infiltrarse y controlar áreas estratégicas del Estado venezolano.

Resulta irónico que muchos de quienes hoy se horrorizan ante la posibilidad de que Venezuela pueda integrarse algún día a Estados Unidos sean los mismos que guardaron silencio mientras el país, en la práctica, funcionaba como una colonia.

Ninguna élite política puede hablar seriamente de soberanía mientras su pueblo enfrenta el hambre, el colapso de los servicios básicos y la pérdida del control efectivo sobre el territorio nacional. La soberanía no consiste únicamente en discursos patrióticos, banderas o consignas ideológicas; también implica la capacidad real del Estado de garantizar la electricidad, el agua, la seguridad, la salud, la alimentación y la defensa territorial. Un gobierno que no logra proteger las condiciones mínimas de vida de su población pierde, en la práctica, su soberanía funcional.

Y durante demasiados años, Venezuela perdió precisamente eso. La soberanía no la perdió el 3 de enero, sino hace muchos años. La soberanía no la perdimos; se nos murió.

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