¿Extrayendo petróleo bajo tierra mientras entierran al pueblo?

Opinión

Audio: https://clyp.it/cpecaj2u

Carlos Santaella

Cada semana leo informes sobre el futuro de Venezuela.
Más producción petrolera.
Más inversión extranjera.
Más infraestructura.
Más crecimiento económico.
Más exportaciones.
Más desarrollo.
Maravilloso.
Quiero todo eso.
Pero sigo haciéndome la misma pregunta:
¿Cómo?
Y más importante aún:
¿Quién?
¿Quién se supone que va a hacer todo esto realidad?
El petróleo no se extrae solo.
Los oleoductos no se mantienen solos.
Las refinerías no operan solas.
La red eléctrica no se repara sola.
La gente lo hará.
Los venezolanos lo harán.

Y aquí es donde creo que muchos formuladores de políticas, inversionistas, ejecutivos y emisarios están equivocando el orden.
Durante décadas, la conversación sobre Venezuela ha comenzado debajo de la tierra.
Reservas petroleras.
Gas natural.
Minerales.

Metas de producción.
Oportunidades de inversión.
Sin embargo, se le da muy poca atención al activo más importante de Venezuela: la tierra.

En mi artículo anterior, La Paradoja de Venezuela, destaqué que Venezuela posee más riqueza petrolera por habitante que Qatar, pero produce solo una fracción de esa prosperidad. El petróleo no es el problema. La conversión lo es. La tragedia no es la falta de recursos. Es la incapacidad de convertirlos en mejores condiciones de vida.


Lo que me lleva a una nueva pregunta.
Si la conversión está fallando, ¿por qué seguimos empezando la conversación por el petróleo y no por la gente?
Imaginen a un atleta al que le piden correr 100 metros en 10 segundos.
No un atleta cualquiera.
Un atleta que alguna vez lo hizo.
Un atleta que alguna vez compitió entre los mejores.
Un atleta que alguna vez inspiró admiración y respeto.
Ahora imaginen a ese mismo atleta parado en la línea de salida hoy.
Está descalzo.

Ha perdido peso.
No hay pista debajo de él.
Solo tierra, piedras y huecos.
Tiene hambre.
Tiene sed.
No ha recibido atención médica adecuada en años.
El techo de su casa gotea cuando llueve.
Sus hijos tienen hambre.
Sus hijos están enfermos.
Sus ahorros se acabaron.
Se preocupa por la comida, la medicina, la electricidad, el transporte y el mañana.
Está agotado.
No solo físicamente.
Mentalmente.
Emocionalmente.
Psicológicamente.
Su confianza ha sido sacudida.
Su esperanza ha sido puesta a prueba.
Y entonces alguien señala la meta y dice:
“Corre 100 metros en 10 segundos.”
¿Cómo?

Esa es la pregunta que me hago cuando escucho discusiones sobre Venezuela.
Cada semana escucho conversaciones sobre expandir la producción petrolera, atraer inversión extranjera, reconstruir infraestructura y acelerar el crecimiento económico.


Todos objetivos dignos.
Pero, ¿quién se supone que va a lograr todo eso?
El atleta.
El pueblo venezolano.

Si pudiera hacerle una sola pregunta a cada inversionista extranjero, diplomático, formulador de políticas, ejecutivo o emisario que llega a Venezuela, no sería:
¿Cuántos barriles puede producir Venezuela?
Mi primera pregunta sería mucho más simple:

Porque todo lo demás depende de la respuesta.

La fuerza laboral depende de ello.
La economía depende de ello.
El sistema de salud depende de ello.
El sector energético depende de ello.
Todo depende de ello.
Lo que más me preocupa es que sigo escuchando discusiones sobre los activos de Venezuela bajo tierra, pero muy poca sobre el activo más importante de Venezuela sobre la tierra.
Su gente.
¿Están sanos?
¿Están bien alimentados?
¿Están educados?
¿Están optimistas?
¿Están preparados?
¿Tienen electricidad, agua, transporte, salud y vivienda confiables?
¿Acaso lo sabemos?
Todos tienen una opinión.
Todos tienen una teoría.
Pero, ¿dónde está la medición sistemática?
¿Dónde está la evaluación continua de asequibilidad alimentaria, disponibilidad de medicinas, poder adquisitivo, servicios públicos, preparación laboral, capacidad educativa, vivienda y confianza pública?
Si hay una idea que espero que los formuladores de políticas, inversionistas, ejecutivos, diplomáticos y tomadores de decisiones se lleven de esta discusión, es esta:

Antes de discutir en qué puede convertirse Venezuela, primero debemos entender qué es Venezuela hoy.

Factualmente.
Objetivamente.
Sistemáticamente.
Quizás lo que Venezuela más necesita no es otra teoría sobre su futuro, sino una forma confiable de medir su presente.
Un monitor profesional, independiente, a nivel de calle, capaz de medir las condiciones reales de los venezolanos y traducirlas en información útil para la toma de decisiones.

Porque antes de discutir qué tan rápido puede correr Venezuela, primero debemos entender la condición del corredor.
El petróleo está bajo tierra.
El fracaso está sobre la tierra.
Y antes de construir el futuro de Venezuela, primero debemos medir su presente.

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