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Julio A. López, editor jefe. — Durante tres décadas, la energía nuclear fue la tecnología del pasado: cara, lenta de construir y estigmatizada tras Fukushima. Hoy es, quizás, la apuesta energética más comentada del planeta. Según un informe de BloombergNEF publicado el 8 de julio, la capacidad nuclear instalada en el mundo crecerá un 44% en la próxima década, de 372 gigavatios en 2025 a 535 gigavatios en 2036. El motivo no es ideológico ni climático, en primer lugar: es la explosión de la demanda eléctrica que trae la inteligencia artificial.
La Agencia Internacional de la Energía proyecta que el consumo de los centros de datos rondará los 945 teravatios-hora en 2030, una cifra comparable al consumo eléctrico total de Japón. Esa demanda tiene una característica que ninguna otra tecnología limpia resuelve tan bien: requiere electricidad constante las 24 horas del día, sin depender del sol ni del viento. Ahí es donde la nuclear recupera terreno perdido frente a la solar y la eólica.
China lidera el nuevo ciclo: cuenta con 59 GW en construcción y se espera que alcance 102 GW hacia 2030, lo que la pondría en camino de superar a Estados Unidos como la potencia con la mayor capacidad nuclear del mundo. Más de 40 países tienen planes activos para ampliar su papel nuclear, según la AIE, y gobiernos que antes lo evitaban —India, Egipto, Turquía, Rusia— tienen reactores en construcción. Incluso Alemania, que cerró sus últimos nueve reactores entre 2012 y 2023 tras Fukushima, discute hoy revisar esa decisión ante el costo de la energía.
Pero el verdadero cambio estructural no es solo de escala: es de diseño. Los reactores modulares pequeños, o SMR, reformulan por completo la ecuación económica que había vuelto inviable la nuclear tradicional en Occidente. En lugar de proyectos a medida que tardan entre seis y diez años y cuestan de 8.000 a 12.000 dólares por kilovatio instalado, los SMR se fabrican en serie, como automóviles en una línea de ensamblaje, con plazos de tres a cinco años y un costo objetivo de 4.000 a 7.000 dólares por kilovatio una vez que la manufactura en serie madure. Su tamaño compacto, además, permite instalarlos junto a la carga que deben abastecer: campus tecnológicos, plantas industriales o incluso los terrenos de centrales de carbón que ya cuentan con conexión a la red.
Las grandes tecnológicas ya no esperan. Amazon firmó en 2025 un acuerdo de compra de energía por 17 años con la planta nuclear de Susquehanna, en Pensilvania, de 1,92 GW, dentro de una inversión de 20.000 millones de dólares que incluye explorar la construcción de nuevos SMR en ese mismo predio. En conjunto, las tecnológicas han comprometido más de 10.000 millones de dólares en asociaciones nucleares, con cerca de 22 GW de proyectos en desarrollo a nivel global. La Agencia Internacional de Energía calcula que hay planes para hasta 25 GW de capacidad de SMR en el mundo, impulsados en gran medida por centros de datos que buscan energía nuclear dedicada.
Con todo, conviene no confundir el entusiasmo con la certeza. La evidencia económica de la primera ola de proyectos SMR en Occidente ha sido, en palabras de analistas del sector, «una advertencia»: el proyecto insignia de NuScale en Estados Unidos vio cómo sus costos subieron hasta 89 dólares por megavatio-hora antes de ser cancelado, muy por encima de las promesas iniciales. La propia AIE proyecta que los SMR representarán apenas entre 1% y 3% de la capacidad nuclear global hacia 2035, lo que sugiere una evolución gradual y no la revolución instantánea que promete el marketing del sector. China y Rusia, mientras tanto, ya operan los primeros reactores modulares comerciales del mundo, dejando a Occidente en la obligación de competir para ponerse al día.
La energía nuclear no resuelve por sí sola el dilema energético de la IA, pero ofrece algo que ni el carbón ni las renovables logran combinar: generación constante, baja huella de carbono y, con los SMR, una promesa —todavía por comprobar en la práctica— de una construcción más rápida y barata. Si esa promesa se cumple, la IA podría lograr lo que ni el cambio climático ni la crisis energética de 2022 consiguieron: sacar a la energía nuclear del ostracismo y devolverla al centro de la conversación energética global.
