El dilema de la liquidez: Por qué la restricción monetaria está asfixiando el crecimiento venezolano

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Andrés Giussepe. Economista.- En el último año, los titulares económicos en Venezuela han celebrado una relativa estabilidad del tipo de cambio y una desaceleración de la inflación interanual. Sin embargo, detrás de estas cifras macroeconómicas se esconde una realidad que los directivos de empresas y los inversionistas perciben a diario en sus balances: una parálisis del consumo y una incapacidad estructural para reponer inventarios. La premisa clásica de que «toda emisión genera inflación» está siendo desafiada por una política monetaria que, en su afán por contener los precios, ha terminado por «secar» los canales circulatorios de la economía, planteando un riesgo sistémico para la sostenibilidad del sector privado.

Una economía «seca»: El abismo del M2/PIB

Para cualquier analista internacional, la salud de un sistema financiero se mide, entre otros indicadores, por la profundidad financiera o la relación entre el agregado monetario (M2) y el Producto Interno Bruto (PIB). Mientras que el promedio mundial de este indicador supera el 100% y las economías emergentes saludables oscilan entre el 60% y el 80%, la economía venezolana presenta una anomalía extrema. Según estimaciones de Polidata.com, la relación M2/PIB en Venezuela se ubica actualmente por debajo del 5%.

Esta cifra no es un simple dato estadístico; es el diagnóstico de una economía en estado de inanición monetaria. La liquidez circulante es ínfima en comparación con el valor de los bienes producidos, lo que explica por qué el aparato productivo nacional opera hoy a menos del 50% de su capacidad instalada. Al no haber bolívares suficientes para transar la producción potencial, las empresas se ven obligadas a reducir su escala, no por falta de eficiencia, sino por la inexistencia de un medio de pago fluido en manos de la demanda.

El crédito bancario: Un motor en punto muerto

El principal responsable de esta «sequía» es el mantenimiento de un encaje legal asfixiante, que históricamente ha rondado el 73% o niveles superiores. Esta herramienta, utilizada por el Banco Central de Venezuela (BCV) para evitar que los bolívares migren hacia la compra de divisas, ha destruido el multiplicador del dinero.

El ciclo es perverso: el Estado inyecta recursos para gastos corrientes —a menudo sin contraprestación productiva— y, ante el temor de una presión sobre el tipo de cambio, el BCV procede a recoger esa liquidez de inmediato mediante el encaje. El resultado es que la banca queda incapacitada para cumplir su función primordial: la intermediación financiera. Sin crédito bancario, el empresario venezolano se queda sin la herramienta fundamental para el capital de trabajo y la inversión de capital (CAPEX). El crecimiento se detiene porque el dinero inyectado no se multiplica productivamente; se queda atrapado en el consumo de supervivencia o en la intervención cambiaria.

El Mercado como techo: El límite de la inflación de costos

Existe un temor recurrente en los sectores conservadores sobre el impacto inflacionario de un ajuste salarial. Si bien es una verdad económica que el aumento del costo de la mano de obra tiende a trasladarse a los precios finales, este análisis ignora el factor de la demanda. En una economía donde el 90% de la población lucha por cubrir una canasta calórica básica, el empresario tiene un límite natural para ajustar precios: la capacidad de pago del cliente.

El mercado actual regula el ajuste. Si los precios suben indefinidamente, el volumen de ventas cae a niveles de inviabilidad operativa. Por lo tanto, el debate no debería centrarse únicamente en evitar el ajuste, sino en garantizar la indexación. Si el ingreso se protege contra la devaluación y la inflación de costos, se dinamiza el ciclo económico. Lo que hoy se etiqueta despectivamente como «populismo» desde algunos escritorios con honorarios en divisas, es en realidad una necesidad técnica para reactivar el mercado interno. La «disciplina fiscal» que recae exclusivamente sobre el consumo de la clase trabajadora, ignorando las ineficiencias del gasto público y la falta de estímulo al crédito, no es sostenibilidad; es erosión del capital humano y del mercado potencial.

The Outlook: ¿Qué esperar en los próximos meses?

Para el trimestre entrante, la resiliencia del sector privado seguirá puesta a prueba. No prevemos una flexibilización agresiva del encaje legal en el corto plazo, ya que el ente emisor parece priorizar la estabilidad del tipo de cambio nominal sobre la reactivación productiva.

Sin embargo, las empresas deben prepararse para un entorno de consumo aún más segmentado. Aquellas organizaciones que logren implementar mecanismos internos de financiamiento o que operen en nichos con menor sensibilidad al precio mantendrán su cuota de mercado. No obstante, la advertencia para los tomadores de decisiones es clara: una economía con un M2/PIB por debajo del 5% es una economía que está agotando su inercia. Sin una liberación progresiva del crédito y una recuperación real del poder adquisitivo, el techo del crecimiento económico venezolano será cada vez más bajo y difícil de romper.

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