Dr. Juan Barreto.- La pregunta: ¿Puede surgir una voluntad política colectiva que interprete la subjetividad y el deseo de cambio? Revisemos algunos conceptos.
Michel Foucault interpreta la subjetividad como un conatus, es decir, como una voluntad productiva de carácter político. Debe pensarse que la subjetividad es clave para lograr la articulación entre el pensamiento y las prácticas sociales. Más adelante, Foucault habla de las formas de expresión de la voluntad jurídica, ritual, representativa, etcétera. Momentos inmanentes que serán recogidos en la obra de Guilles Deleuze y Félix Guatari para construir su concepto de cuerpo y de deseo. Para estos autores, todo lenguaje refiere a un cuerpo. Es decir, el lenguaje en sí mismo es un cuerpo concreto
que establece la relación entre lo real y el deseo.
Guiándose por el concepto de conatus de Spinoza, el deseo es la expresión de la potencia afirmativa, lo que significa la realización de un cuerpo en otro cuerpo. Es decir, el deseo es la superación de la carencia proyectada hacia el porvenir. Estancarse en la carencia es reducir la producción de deseo y generar resentimiento. Podemos inferir entonces, que hay una relación entre lo molar y lo molecular, entre la subjetividad, el lenguaje y el deseo. Ingredientes que se materializan en la voluntad. El deseo Sería una suerte de fluido que interviene como traza que va marcando el camino de la realización de las demandas humanas.
Mientras Foucault desarrolla una lógica de la voluntad, Deleuze se afinca en la forma como el deseo toma cuerpo y se hace político. De manera que la voluntad política es el momento síntesis donde el deseo se asume soberano.
Para Foucault, la voluntad no es tanto el origen del poder como teoría clásica de la soberanía, es un generador de dispositivos de saber, poder, lenguaje, para Foucault la voluntad está atrapada en lo que él llama «hipótesis de la represión» El poder es el conjunto de artefactos que reprimen el deseo, lo represan, lo canalizan y lo realizan alrededor de intereses vinculados a un mando. Es decir, el poder hace uso y se apropia de las voluntades colectivas, se reproduce el interior de las subjetividades y las subordina, mientras que el deseo es de otra naturaleza y de otro ámbito. El poder no reprime por sí mismo, ni necesariamente es siempre represión, sino que «produce» las realidades, las legitimidades y el ámbito de su propia existencia, es decir, crucialmente produce subjetividades. El poder es una máquina de producción de subjetividades políticas colectivas. Por tanto, toda voluntad política persigue el poder.
¿Cómo hacer entonces que surja una voluntad política o voluntad de poder que interprete el deseo puro de soberanía o deseo de cambio? En este caso habría que estudiar los últimos cursos de Foucault, por ejemplo, el dedicado al coraje de la verdad. Allí Foucault habla de la asesis y la parexia, es decir, lo verás de la verdad, la verificabilidad de la verdad como una voluntad ética que se realiza desde la política que no solo busca representar al pueblo, sino construir una nueva subjetividad política valiente frente a las distintas formas de poder existentes. Aquí la voluntad es potencia que se realiza como poder, es conatus afirmativo y acto de construcción en sí mismo.
En su libro El antiedipo Deleuze y Guatari realizan ideas que repetirán en Mil Mesetas. Donde desde la revisión de la idea de voluntad política, pertenecientes al orden de la representación del sujeto y del Estado derivan un nuevo concepto.
El deseo como sustitución de la falta, el deseo como aquello que va más allá de lo que no tenemos. El deseo como la máxima potencia productiva y máquina concreta de flujos de la experiencia de la vida. La pregunta ahora es, ¿por qué hablar de deseo político? Porque el deseo político es la voz interior que nos va diciendo «qué es lo que debemos querer» y la misma voz que nos va respondiendo, queremos la voluntad de realizar lo que deseamos. De manera que el deseo es el momento en el que salimos de la visión negativa del poder «el poder como jaula de las pasiones tristes» sin embargo, si el deseo solo se contenta con la realización inmediata de aquello que niega, nunca será el motor de la transformación social. Por ello, el problema de la voluntad política es un desear juntos, un querer desde nosotros para nosotros, un deseo social y colectivo. Desear es prefigurar el porvenir.
De ahí la importancia del término conatus (esfuerzo de realización para preservar la naturaleza del ser). Este concepto proviene de Spinoza. Tanto Foucault, como Deleuze en su filosofía práctica, recuperan este concepto, el concepto supera la dialéctica y se convierte en síntesis pura. El conatus es la expresión misma del deseo. El conatus es el deseo cuando entra en acción. Y el deseo político es el deseo colectivo transformando las cosas y definiéndose como voluntad soberana (no es un nuevo leviatán) es la potencia de afectar la realidad, la potencia de la ecología de los afectos y las afectaciones.
Es el momento en el que surge la multitud deseante que algunos para abreviar llamamos pueblo. Ese conatus puede sintetizarse en una nueva representación, en una nueva trama relacional de velocidades o lentitudes.
Foucault no usa el término conatus con frecuencia, pero en sus últimos trabajos sobre la gobernabilidad y la ciudadanía en sí misma, encontramos un término más o menos equivalente, «la capacidad del sujeto» la resistencia y las prácticas de libertad. Se trataría, de un esfuerzo ético conducido por la voluntad colectiva.
Deleuze realizó una entrevista en 1977 en la que habló del deseo como motor de cambio. Seguido, él desconfiaba del deseo, pues también podía ser canalizado por oscuros derroteros. Decía: si bien el deseo nunca es ajeno a la política, puede ser conducido hacia la antipolítica. Por eso remarcaba que el deseo debía contar con una estética que lo alejara de la frivolidad y de la venganza «no se trata tan solo de liberar al deseo, pues su potencia puede arrasar la realidad» De lo que se trata es de darle sentido
y voluntad.
Por el contrario, dice que hablar de deseo es hablar de cambio.
Sería un pleonasmo hablar de deseo de cambio, pues significaría lo mismo. Si el deseo no cambia, no se realiza. Si el deseo no territorializa nuevos espacios, no se expande, por lo tanto, queda costreñido a un flujo sin expresión. De modo que no se trata solo de querer cambiar (voluntad) sino de hacer pasar flujos que rompan el axioma entre deseo y cambio y sean producción en sí misma.
En términos prácticos, entender el fenómeno actual de la revuelta de cambio y contracambio de las sociedades modernas.
Interpretar las lógicas del deseo y de la voluntad requiere preguntarse ahora, ¿deseo de quién? ¿Deseo de qué? ¿Puede el deseo de quién y de qué transformarse en un programa colectivo? ¿Se puede usar la lógica del deseo para preguntarse qué efectos se acumulan desde determinadas formas de desear? ¿cuáles flujos están conectando o desconectando determinadas formas del deseo con la potencia del cuerpo colectivo y su realización? El deseo puede ser construido desde el miedo y ser deseo de opresión y control. Las sociedades fascistas y autoritarias bien saben de eso y en América Latina tenemos múltiples historias. El deseo para que sea cambio afirmativo y porvenir, con actos de realización democrática de todo debe ser constituido como «deseo de sí mismo: deseo de querer cambiar» para que se haga la voluntad soberana. Ambos, Foucault y Deleuze, coinciden en la idea de una voluntad general armoniosa. Esa armonía tiene un estatuto ontológico que le otorga al cambio (deseo), la potencia que contiene al porvenir.
