Julio A. López, editor en jefe de The Daily Journal.- Las calles de Venezuela amanecieron con pocas personas y menos carros en las vías, típicas de un día feriado que conmemora el Día del Trabajador y encuentra al país atrapado en una cruel paradoja: un país con las mayores reservas petroleras del mundo paga sueldos que apenas rozan la subsistencia, pero en la cara de los pocos transeúntes se puede ver una expresión común entre todos los venezolanos, una expresión de mezcla de decepción y desesperación ante el reciente ajuste del ingreso mínimo a $240 mensuales —y de las pensiones a $70—, que no corrige el problema; lo maquilla. No representa una recuperación del poder adquisitivo, sino la institucionalización de la pobreza.
El deterioro no es coyuntural. Es estructural. Durante casi tres décadas, el modelo económico dominante erosionó la capacidad productiva, expandió un Estado sobredimensionado y desincentivó la inversión. El resultado es visible: infraestructura colapsada, servicios intermitentes y una masa laboral que sobrevive, más que vive. En la práctica, el salario dejó de ser una herramienta de progreso y se convirtió en un mecanismo de contención social. Se necesita un cambio de rumbo urgente e inmediato.
El problema central no es cuánto se decreta, sino cuánto se produce. Sin crecimiento económico sostenido, cualquier aumento salarial se diluye en la inflación o en la informalidad. Y sin inversión, no hay crecimiento. Venezuela enfrenta, por tanto, una verdad incómoda: no puede reconstruir su economía con recursos internos agotados ni con políticas que ahuyentan el capital.
Un Estado hipertrofiado por nóminas de millones de personas y una incapacidad sistemática para generar más ingresos y, peor aún, para distribuirlos nos llevan a una conclusión inevitable: el sistema no funciona, el sistema está roto, el sistema se murió.
Aquí es donde la discusión se vuelve estratégica. Mientras la clase política se concentra en la arquitectura electoral, la economía exige decisiones inmediatas. La única vía capaz de alterar el equilibrio actual pasa por atraer inversión extranjera a gran escala, en particular en el sector energético. No como un gesto ideológico, sino como una necesidad pragmática.
Mientras los políticos se ponen de acuerdo sobre unas próximas elecciones, el gobierno está obligado a tomar medidas inmediatas que permitan que la situación económica de Venezuela cambie, y la única forma que tiene es adoptar todas las medidas legales y efectivas para que las grandes petroleras transnacionales lleguen a Venezuela y traigan consigo sus grandes inversiones.
No es con aumentos de sueldos paupérrimos que se logrará llevar un mejor estándar de vida a los venezolanos; es con empleados bien remunerados que la población podrá comenzar a salir de la terrible situación económica en la que se encuentra en estos momentos.
Solo las transnacionales petroleras pueden comenzar a dinamizar la economía de Venezuela ofreciendo sueldos del primer mundo, lo que empujará a empresas locales y extranjeras a pagar mejores salarios a una población desesperada por mejorar su situación tras años de penurias.
Las grandes petroleras no operan con promesas. Exigen contratos claros, seguridad jurídica y reglas estables. Cuando esas condiciones existen, el impacto es tangible: empleos formales, salarios competitivos y encadenamientos productivos que elevan el estándar general. Cuando no, el capital simplemente se dirige a otros mercados.
La evidencia internacional es contundente. Países que abrieron sus sectores estratégicos bajo marcos regulatorios confiables lograron multiplicar su producción y mejorar los ingresos de su población. Venezuela, en cambio, permanece en un limbo: rica en recursos, pobre en ejecución.
El dilema no es ideológico, sino funcional. ¿Debe el país proteger un modelo que produce salarios de miseria o permitir la entrada de capital que los transforme? La respuesta, aunque incómoda para algunos sectores, parece evidente. Porque, al final, el ciudadano no vive de discursos ni de decretos. Vive de ingresos reales. Y esos ingresos solo surgirán cuando la economía vuelva a producir, el capital vuelva a confiar y el trabajo vuelva a valer.
Seguir ajustando los sueldos sin cambiar el modelo equivale a administrar la escasez. Abrir la economía a la inversión, en cambio, ofrece una salida. No milagrosa ni perfecta, pero real.
Venezuela no necesita más anuncios. Necesita resultados. Que no quede la menor duda para nuestros lectores de que, desde The Daily Journal, apoyamos abiertamente la llegada de empresas petroleras que inviertan en Venezuela. No podemos seguir viendo cómo los venezolanos caminan sobre el suelo más rico del planeta mientras la miseria los consume y una enorme riqueza permanece bajo sus pies, a la espera de que alguien la convierta en prosperidad para todos los venezolanos.
