Estefany Sánchez.- En Chile, se está desarrollando una tragicomedia política, el guion parece escrito a dos manos: gobierno y oposición. Y aunque discuten entre ellos, como el meme del Hombre Araña, se endosan la culpa (responsabilidad), el pueblo termina pagando los platos rotos.
Una de las estrategias del actual gobierno fue algo así como terapia de choque emocional: enfrentar a los ciudadanos entre sí. Se cultivó con esmero posicionar al extranjero como responsable de inseguridad, desempleo y hasta de la mala suerte. Y así, entre titulares alarmistas, promesas de ordenar el país, iniciando con la expulsión de extranjeros, como garantía de, por fin, devolver a los ciudadanos chilenos mayor seguridad y mejor economía, se cosecharon votos que antes simpatizaban en otros sectores.
“Más seguridad”, decían. Pero la realidad, siempre menos poética, vino con un recorte del 3% al gasto público… incluyendo seguridad. Educación, salud, vivienda: todos aportaron su cuota al ajuste. La promesa de fortalecer terminó pareciéndose a una dieta obligatoria. Del dicho al hecho hay mucho trecho
Un ministro, con honestidad brutal, declaró que no estaban para ser simpáticos. Y en efecto, dejaron de serlo justo después de ganar. Porque empatizar, al parecer, también entró en los recortes. Mientras tanto, la oposición, que hace poco era gobierno, redescubrió su vocación crítica. Pero teniendo las riendas del país, el acuerdo y el consenso fue una especie en extinción. Hubo más ego que acuerdos, más ruido que dirección. Y ahora, desde la vereda de enfrente, mágicamente les funcionó la brújula: quieren remar en “un mismo rumbo”.
Entre decisiones contradictorias, el panorama se vuelve casi irónico: se plantea revocar la gratuidad universitaria a un sector para ahorrar, mientras se propone eliminar contribuciones en casas de zonas privilegiadas.
Y entonces surge la pregunta inevitable, casi infantil: “Y ahora, ¿quién podrá defendernos?”. Como diría El Chapulín Colorado, sin querer queriendo, la frase resume el ánimo colectivo: un país en pausa, con la confianza fracturada y la incertidumbre como política de Estado.
El aumento del combustible, la guinda del pastel. Porque mientras las discusiones se elevan, el costo de la vida también. Y ese sí que no admite debate ideológico: se paga o se paga y con el mismo sueldo.
Los votos en las últimas elecciones fueron pragmáticos, emocionales, castigadores y, lamentablemente, para nada críticos. Se compró un relato de inseguridad, se señaló un culpable externo y se ignoraron las contradicciones internas. Incluso algunos extranjeros votaron por ellos, en una ironía digna de comedia negra.
Hoy, muchos de esos votantes observan el resultado con desconcierto: precios al alza, beneficios revocados, recortes y promesas en tiempo récord descartadas.
Al final, fue un: Te diré lo que quieres oír, no prometo que sea verdad, ni que lo cumpla, pero me basta con que votes por mí.
Y así, entre noticias reales y otras no tanto, la ciudadanía intenta descifrar quién es responsable de qué. Pero en este juego de culpas compartidas, hay una invitación clara: a cuestionar antes de votar.
