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Julio A. López, editor jefe.— Muchos analistas internacionales se preguntan cómo un candidato de izquierda radical logró avanzar a la segunda vuelta presidencial en Perú y, más aún, cómo puede llegar a ganar la presidencia de una de las economías más estables de América Latina.
La respuesta no está en Lima; está precisamente fuera de ella y en su periferia.
En la primera vuelta presidencial, la candidata de la derecha tradicional, Keiko Fujimori, obtuvo alrededor del 17% de los votos, mientras que Roberto Sánchez, de la izquierda radical y antisistema, obtuvo cerca del 12% en una elección profundamente fragmentada. A simple vista, el resultado parecería inexplicable en un país con más de 100.000 millones de dólares en reservas internacionales, una inflación relativamente controlada y una moneda mucho más sólida que la de la mayoría de las naciones latinoamericanas.
Pero las cifras macroeconómicas no votan.
Los pueblos olvidados sí.
Tuve la oportunidad de cubrir dos elecciones presidenciales en Perú, en 2006 y 2011. Recuerdo claramente mi primera impresión al salir del aeropuerto de Lima y recorrer la capital: gigantescas vallas publicitarias promocionaban candidatos de los partidos tradicionales, blancos, rubios y de ojos claros, mientras que debajo de ellas miles de personas mestizas esperaban durante horas en un transporte público colapsado y precario.
Aquella imagen resumía visualmente el problema estructural del Perú moderno: un país donde conviven el crecimiento económico y el abandono social más profundo, donde una élite europeizada menosprecia al pueblo de a pie.
La fractura peruana no es solo económica. Tampoco es exclusivamente política. Es territorial, cultural, histórica e incluso social y psicológica.
Durante décadas, buena parte de las élites políticas y económicas concentradas en Lima han vivido de espaldas al llamado “Perú profundo”: las regiones andinas, rurales y periféricas donde millones de ciudadanos sienten que el crecimiento económico jamás llegó a sus vidas.
En muchos sectores populares de la periferia limeña —los llamados “conos”— familias enteras sobreviven en asentamientos levantados sobre arenales y cerros improvisados, muchas veces sin agua potable constante, sin sistemas adecuados de aguas servidas ni servicios públicos eficientes. La situación es todavía más dramática en las provincias del interior.
Según cifras oficiales, un tercio de las provincias peruanas carecen de hospitales plenamente operativos. En enormes extensiones del país, la presencia real del Estado se reduce a pequeños ambulatorios mal equipados, escuelas deterioradas y oficinas públicas prácticamente simbólicas.
Y allí comienza la verdadera explicación del fenómeno político actual.
Mientras Lima celebra récords gastronómicos, la expansión inmobiliaria y la apertura de más de 4 mil nuevos restaurantes cada año, millones de peruanos observan con frustración cómo el costo de la vida aumenta más rápido que sus ingresos. Perú es uno de los mayores productores de oro del planeta, pero para gran parte de la población el boom minero jamás se tradujo en bienestar tangible.
El oro subió, la economía creció, las reservas internacionales se dispararon, pero el ciudadano común siente que lo único que subió fueron los precios de la cesta básica.
Ese resentimiento acumulado durante décadas ha comenzado a transformarse en una fuerza electoral.
La izquierda radical peruana entendió algo que la derecha tradicional todavía parece incapaz de comprender: en política, el abandono también vota.
Y vota con rabia.
Figuras extremistas y antisistema como Antauro Humala han logrado penetrar con fuerza en sectores históricamente marginados porque hablan el lenguaje emocional de quienes sienten que nunca fueron incorporados al proyecto nacional peruano.
Actualmente, alrededor del 35% del padrón electoral se concentra en Lima Metropolitana y en la Provincia Constitucional del Callao, bastiones donde la derecha tradicional mantiene importantes ventajas. Sin embargo, la elección presidencial peruana no se decide únicamente en la capital. La verdadera batalla ocurre en las provincias, en los pueblos rurales, en las zonas olvidadas durante décadas de centralismo político y económico.
Allí, el voto dejó de ser ideológico.
Se convirtió en un grito. Y ese grito hoy amenaza con convertirse nuevamente en una marea roja que podría alterar no solo el equilibrio político peruano, sino también enviar una poderosa señal al resto de América Latina: cuando las democracias producen crecimiento económico sin integración social, terminan alimentando exactamente aquello que más temen. La historia latinoamericana demuestra que la izquierda radical rara vez llega al poder por mérito propio. Casi siempre llega impulsada por el desgaste, la arrogancia y la desconexión de las élites tradicionales.
Y Perú podría estar acercándose nuevamente a ese punto de quiebre.
