Sables bolivianos sacuden el tablero político en Suramérica

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. — Ningún analista político había anticipado que, desde Bolivia, el rumor y el ruido de sables alterarían el discurso político que hoy recorre América Latina, con repercusiones potenciales mucho más allá de las fronteras bolivianas. La creciente tensión social y militar en La Paz tomó por sorpresa a buena parte de los centros de análisis político e inteligencia de la región y de los centros de poder globales.

Sin embargo, la historia demuestra que los grandes cambios geopolíticos suelen surgir precisamente cuando las élites políticas y los organismos de inteligencia caen en la complacencia. La caída del Muro de Berlín en 1989 surgió como un movimiento orgánico en la sociedad alemana oriental. Los errores políticos y comunicacionales del liderazgo comunista desencadenaron una revolución silenciosa que terminó derrumbando no solo al régimen de Alemania Oriental, sino también al gigantesco bloque soviético, sin necesidad de disparar un solo tiro. Ni los principales analistas occidentales ni la poderosa Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos —la CIA— lograron prever aquel colapso histórico.

Las decisiones políticas tomadas sin medir todas sus consecuencias resultan tan peligrosas como manipular dinamita. En América Latina, las fuerzas armadas siguen siendo el único actor que legalmente posee el monopolio de la fuerza del Estado. Ignorar su percepción o minimizar su importancia no constituye una muestra de valentía política, sino un error potencialmente devastador.

En Venezuela ya ocurrió algo similar. Tanto el presidente Isaías Medina Angarita como, posteriormente, Rómulo Gallegos subestimaron el estado de ánimo y las posiciones de sectores de la oficialidad media y baja, concentrando exclusivamente su atención en el alto mando militar. Aquella desconexión terminó por abrir el camino al quiebre democrático y a décadas de inestabilidad política.

En Venezuela, el alto mando militar cambió de amo y hoy sigue las instrucciones de quienes, hasta el 3 de enero de 2026, fueron sus enemigos. Hoy, parte de las preocupaciones militares en Venezuela reaparece bajo nuevas circunstancias. Entre las múltiples consultas formuladas por empresas petroleras transnacionales al gobierno venezolano —preguntas que en Caracas muchas veces se interpretan más como instrucciones que como simples requerimientos— figura la exclusión de militares activos o retirados de cualquier proceso relacionado con contratos petroleros. Aunque amplios sectores civiles pueden percibir esa medida como positiva, numerosos oficiales jóvenes podrían interpretarla no como una política institucional, sino como una señal de marginación y desprecio.

Mientras tanto, Bolivia enfrenta un deterioro económico que golpea especialmente a los sectores populares. El aumento de los precios de los alimentos y de los productos básicos genera un malestar social que trasciende las fronteras bolivianas y se conecta con frustraciones similares en Venezuela, Perú y otros países de la región. Millones de ciudadanos observan con indignación cómo pequeñas élites económicas y políticas exhiben fortunas de origen cuestionable, mientras el nivel de vida de la población se deteriora a un ritmo mucho mayor que el de las promesas oficiales de prosperidad futura.

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