El grupo de ataque del USS Nimitz asume posiciones en el Caribe

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Julio A. López, editor jefe. — La llegada del grupo de ataque del portaviones USS Nimitz al Caribe no constituye únicamente un movimiento militar rutinario de la Marina de Estados Unidos. Representa, para numerosos analistas estratégicos, la reaparición visible de la vieja doctrina geopolítica formulada hace más de un siglo por el almirante y estratega naval estadounidense Alfred Thayer Mahan: quien controla los mares y las rutas marítimas controla también el comercio, la energía y el equilibrio del poder mundial.

Tras recorrer varios países de Sudamérica como parte del despliegue naval “Southern Seas 2026”, el histórico USS Nimitz y su grupo de combate arribaron al área de operaciones del Caribe, bajo la supervisión del Comando Sur de Estados Unidos.

El despliegue ocurre en medio de un fuerte incremento de las tensiones entre Washington y La Habana, apenas horas después de que fiscales federales estadounidenses anunciaran cargos penales contra el expresidente cubano Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate ocurrido en 1996.

La coincidencia temporal entre ambos acontecimientos no pasó desapercibida para analistas militares y diplomáticos. CNN informó previamente que sectores del gobierno cubano consideran que una eventual imputación contra Raúl Castro podría servir como antesala política y jurídica para una mayor escalada de la presión estadounidense contra el régimen cubano.

El Comando Sur confirmó oficialmente la presencia del grupo naval encabezado por el USS Nimitz (CVN-68), acompañado por la Escuadrilla Aérea 17, el destructor lanzamisiles USS Gridley y el buque logístico USNS Patuxent. En un mensaje público, el mando militar estadounidense describió al grupo de combate como “el epítome de la preparación, la presencia, el alcance y la letalidad estratégica”.

El USS Nimitz no es un navío cualquiera. La embarcación, incorporada a la Marina estadounidense en 1975, constituye uno de los portaviones más emblemáticos de la historia naval moderna y participó en operaciones militares desde el golfo Pérsico hasta el estrecho de Taiwán.

Su presencia en el Caribe revivifica inevitablemente las teorías de Mahan, quien sostenía que ninguna gran potencia puede conservar su hegemonía sin controlar los principales corredores marítimos y los accesos navales estratégicos. En esa lógica, Cuba y Venezuela ocupan posiciones geográficas de enorme importancia. Cuba domina los accesos al Golfo de México y las rutas cercanas a Florida, mientras que Venezuela posee una posición privilegiada en el Caribe y acceso directo al Atlántico desde su fachada oriental y el Golfo de Paria.

Para Washington, Moscú y Pekín, ambos países representan mucho más que simples actores regionales. Constituyen plataformas capaces de influir en las rutas energéticas, el comercio marítimo, la inteligencia militar y la proyección estratégica en el hemisferio occidental.

El despliegue naval estadounidense ocurre, además, en un contexto hemisférico particularmente sensible. El USS Nimitz cruzó recientemente el Canal de Panamá y realizó ejercicios conjuntos con las fuerzas navales de países como Colombia, Ecuador, Uruguay y Panamá.

Mientras tanto, el presidente cubano Miguel Díaz-Canel advirtió recientemente que Cuba “tiene el derecho absoluto y legítimo de defenderse contra un ataque militar”, y agregó que cualquier conflicto podría generar “un baño de sangre con consecuencias incalculables”.

La situación recuerda que, en pleno siglo XXI, las grandes potencias ya no compiten únicamente mediante ideologías o discursos diplomáticos. Compiten también mediante despliegues navales, control marítimo, inteligencia estratégica y presencia militar permanente en corredores clave del comercio global.

Exactamente como Alfred Thayer Mahan lo anticipó hace más de cien años.

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