Ni la amenaza de un “Súper El Niño” convierte las sequías en desastres sexys

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Todo indica que las aguas del Pacífico se calentarán más de la cuenta en este periodo 2026-2027, lo que para Venezuela significa menos agua y más calor. Organismos internacionales exhortan a los países a prepararse

Vanessa Davies

No hay fotos que muestren la entrega de enseres para reponer los que se perdieron. Los políticos no pueden besar a abuelitas. No hay ríos arrastrando vehículos, no vuelan las imágenes que hablan de las inundaciones. Las sequías son lo opuesto de las inundaciones, y no solo porque en unas, falta el agua, y en las otras esa agua sobra. Como lo resume Omar Bello, punto focal de evaluación de riesgos de desastres de la Cepal, las sequías no son “desastres sexys”.

Cuando se aproxima, de acuerdo con las previsiones meteorológicas, un «Súper El Niño», lo poco sexy de las sequías se convierte en un doble problema, porque se habla menos del tema y tampoco se planifica para afrontar su herencia.

«La sequía es un asesino silencioso. Se infiltra, agota los recursos y devasta vidas a cámara lenta. Sus cicatrices son profundas”, afirmó en 2025 el secretario ejecutivo de la Convención de las Naciones Unidas de Lucha contra la Desertificación, Ibrahim Thiaw.

Un Niño repotenciado

La amenaza de un «Súper El Niño» enciende las alarmas en América Latina. Como lo recordó Naciones Unidas, cuando se desarrolla El Niño «las temperaturas de la superficie del mar aumentan por encima del promedio en el Pacífico tropical central y oriental. Los vientos a lo largo del ecuador, que normalmente soplan de este a oeste, pueden debilitarse o incluso soplar en dirección opuesta».

Lo que se sabe es que El Niño «suele provocar sequías en el sur de África, el sur y sureste de Asia, el norte de Sudamérica, Centroamérica y Australia», precisó la ONU en el informe “Zonas más afectadas por la sequía en todo el mundo (2023-2025)”.

Se habla del «Súper El Niño» cuando la temperatura del Pacífico aumenta dos grados centígrados por encima del promedio. Juan Odriozola, economista principal de la dirección de investigaciones socioeconómicas de CAF, aseguró -en un artículo publicado el pasado 19 de mayo- que solo se han registrados tres Súper El Niño desde que se conocen las mediciones modernas: 1982-1983, 1997-1998 y 2015-2016. ¿Se concretará un cuarto?

El Centro de Predicción Climática de la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos, en una actualización difundida en mayo, indicó que hay 82 % de probabilidades de que el fenómeno emerja entre mayo y julio, y 96 % de que continúe entre diciembre de 2026 y febrero de 2027.

La competencia de los desastres

En el contexto del V Taller de Gestión del Riesgo de Desastres (GRD) en el Caribe: Fortaleciendo la resiliencia sistémica con enfoque social, organizado por el Sistema Económico Latinoamericano y celebrado esta semana en Caracas, las conversaciones giraron alrededor de la relación entre los fenómenos naturales y el factor humano.

Es habitual encontrar en los medios de comunicación la descripción de huracanes fúricos y terremotos que actúan como personas fuera de sí. «Los huracanes no se ensañan contra la gente, o con un sector. El terremoto es un terremoto» y el desastre, con base en las visiones modernas, se define como una falla de la adaptación de los colectivos humanos a su entorno», resaltó Alonso Brenes, investigador de la Red de Estudios Sociales para la Prevención de Desastres en Latinoamérica y el Caribe.

Un fenómeno natural es un fenómeno natural, enfatizó Brenes. Pero cuando se junta con el factor humano, se convierte en desastre. El analista razonó que la insistencia en instalarse en los lugares de riesgo, el no tomar previsiones y el desconocimiento de cómo se comporta la naturaleza son las razones que transforman la erupción de un volcán -es apenas un ejemplo- en un hecho doloroso para miles de familias.

Como doctor en economía, Bello busca estimar qué tan oneroso es un desastre para el Estado. El huracán Melissa, por ejemplo, que atravesó Jamaica en 2025, le costó al país unos 12.000 millones de dólares, indicó Bello. «Los terremotos son muy costosos» y «desde el punto de vista promedio tienen un costo mayor que el de los huracanes, pero son menos frecuentes que los huracanes». De los ciclones se sabe que tienen sus propias temporadas y que es posible rastrear su trayectoria y evolución.

Las sequías no son menos importantes en la lista de fenómenos que pueden ser impactantes para las personas, pero «no hemos tenido la oportunidad de evaluarlas porque las sequías no son un desastre sexy; no hay destrucción de infraestructura, no es un desastre en el cual un presidente o una presidenta van a cargar niños. Usualmente los países no piden evaluaciones de sequía».

Paradójicamente, y como lo resaltó Bello, las sequías son uno de los fenómenos más frecuentes en la región, «y sí consideramos importante que se haga una evaluación, porque puede tener efectos fundamentales en los sectores rurales de los países, que usualmente son los sectores menos favorecidos».

Entre el agua y la escasez

Un «Súper El Niño» tendría dos caras. En el norte de Venezuela y Colombia, en el Caribe y en Centroamérica predominarán la sequía y el calor, estimó Odriozola. En cambio, en el sur de Brasil, el centro de Chile y las costas de Ecuador y Perú se esperan lluvias intensas y, en consecuencia, inundaciones.

Si las cosechas se ven afectadas, aumentará el precio de los alimentos. De no haber suficiente agua, es posible que haya menos electricidad, porque los ríos que la generan ven reducido su caudal. Los puentes, la vialidad y otros elementos de la infraestructura sufrirán las consecuencias de un tiempo variable. Los mosquitos que transmiten enfermedades harán de las suyas. El servicio de agua, ya deficitario, se reduciría aún más porque los embalses se secan. Pueden dispararse incendios forestales. Aumentaría el calor. Mientras las sequías son, este año, un mal augurio que además es poco sexy, el estriptís de consecuencias apenas comienza.

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