La tiranía del anfitrión: un Mundial bajo asedio geopolítico

Opinión

Héctor Sánchez, Sociólogo.– Se ha reiterado con frecuencia que la Copa Mundial de 2026 es histórica por su organización compartida entre tres países. Sin embargo, detrás del discurso de unidad deportiva, este evento se asienta sobre una contradicción sin precedentes: por primera vez en la historia, uno de los anfitriones -Estados Unidos- se encuentra en un estado de hostilidad bélica abierta contra otro de los países participantes, la República de Irán.

Sobre los coanfitriones, Canadá y México, pesa la sombra de ser tratados como colonias de facto por una potencia que los amenaza, mientras les exige compartir el escenario de la fiesta mundialista.

La historia nos remite a los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. En aquel entonces, el régimen de Adolf Hitler utilizó el deporte para lavar su imagen y exhibir una supuesta superioridad racial. No obstante, existe una diferencia fundamental entre la fiesta nazi y el Mundial actual de la administración estadounidense. Mientras Hitler se esforzó por disimular su racismo y violencia para aparentar respetabilidad ante el mundo, el régimen de Washington no solo no los oculta, sino que los exhibe como un trofeo de su hegemonía.

Este evento no es un caso típico de sportswashing (lavado de imagen a través del deporte), pues el anfitrión bombardea a un participante mientras da inicio al torneo y amenaza a sus propios socios, al tiempo que exige aplausos globales por su organización. Máxima ironía.

El espíritu deportivo ha sido sustituido por un esquema de seguridad nacional que bordea la paranoia. Los aficionados y delegaciones extranjeras no encuentran hospitalidad, sino un sistema de exclusión y vigilancia:

  • Acoso migratorio: Un árbitro somalí fue deportado a su llegada y los jugadores de la selección de Irak fueron sometidos a interrogatorios de nueve horas en aeropuertos estadounidenses.
  • Irán en el exilio: Debido a la denegación de visas y la cancelación de entradas para sus aficionados, la selección persa ha tenido que establecer su base en Tijuana, México. El equipo solo podrá entrar y salir de Estados Unidos el mismo día de sus encuentros, sin posibilidad de establecerse en el país anfitrión.
  • Vigilancia desmedida: Selecciones como las de Senegal, Uzbekistán y Bélgica han sido recibidas con perros rastreadores que inspeccionan minuciosamente, incluso el equipaje personal de los jugadores.

El espectáculo actual se desarrolla bajo lo que puede calificarse como una dictadura de la FIFA, que prohíbe manifestaciones políticas de jugadores o técnicos, excepto aquellas que son validadas por el organismo (como las posturas contra Rusia o a favor de Israel). El fútbol, que nació como un juego popular basado en la belleza y el sentido de pertenencia, ha mutado en un frío cálculo monetario administrado por élites que lo han transformado en una mercancía para consumidores, ignorando a los aficionados reales.

Eso nos hace pensar en el racismo y lo sucedido en 1936, año en que el atleta afroamericano Jesse Owens humilló al supremacismo nazi al ganar cuatro medallas de oro ante la furia de Hitler. Sin embargo, al regresar a Estados Unidos, Owens no fue recibido como héroe, sino que enfrentó la segregación de su propio gobierno, siendo ignorado por el presidente Roosevelt y obligado a vivir en la pobreza.

En 2026, la hazaña de Owens podría ser replicada por el propio pueblo estadounidense. La militarización de las calles, la censura a la prensa crítica, los precios exagerados de las entradas y la deportación de aficionados están abriendo los ojos de ciudadanos que antes creían en el eslogan de «América Primero».

Este Mundial, lejos de ser la fiesta de la unidad prometida, se ha convertido en una galería de supremacismo y exclusión que podría llevar a muchos norteamericanos a reconocer a su propio gobierno como el enemigo de la convivencia.

Pero, en fin, no sería la primera vez que parte del pueblo norteamericano se da cuenta de que su propio gobierno se ha convertido en el enemigo. Ya ocurrió con Vietnam, con la crisis de 2008, con las guerras de Irak y Afganistán. Y podría estar ocurriendo ahora, en medio de este Mundial que en vez de ser la fiesta de la unidad que siempre ha sido lo han convertido en una galería de supremacismo, exclusión y unilateralismo.

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