Óscar Reyes Matute.- Una máxima que siempre me repetían mis maestros en teoría política es que, si te toca analizar un conflicto en pleno desarrollo, jamás debes fiarte de las declaraciones de los jefes de Estado, de los diplomáticos o de las partes en pugna. En el frío tablero del poder, hay que fijarse más en lo que hacen que en lo que dicen.
El reciente evento diplomático de este fin de semana en Suiza es el ejemplo perfecto: un escenario de total confusión y, sobre todo, de profundo desconocimiento sobre qué es exactamente lo que se está discutiendo. Para empezar, el documento en cuestión padece de una crisis de identidad semántica. Washington lo ha bautizado pomposamente como un «Acuerdo de Paz», mientras que Teherán, con cautela clerical, lo llama simplemente «Memorándum de Entendimiento».
El texto como tal no es de dominio público. Lo que conocemos son las versiones filtradas por The New York Times y Bloomberg. Y seamos claros: en la alta política, si algo se filtra es porque lo dejan filtrar. Nadie con acceso privilegiado se arriesga a una condena de veinte años de prisión por puro amor al arte periodístico. Al no existir un documento oficial expuesto al escrutinio público, Donald Trump se da el lujo de soltar píldoras diarias sobre su alcance, cambiando de versión según amanezca el humor del «Presidente Naranja».
El teatro de Versalles y el fantasma de Raisi
A Trump le conviene venderlo como un «acuerdo». Al firmarlo con el Palacio de Versalles como telón de fondo, le envía un mensaje directo y fulminante al Capitolio: hay paz, no hay guerra y, por lo tanto, no tengo por qué comparecer ante las dos cámaras a informar sobre acciones militares. Como manda la ley estadounidense, un presidente puede decretar operaciones bélicas por orden ejecutiva, pero si las acciones alcanzan los dos meses, debe rendir cuentas ante el Congreso. Con este papel en la mano, Trump parece susurrarle a la oposición: «Lo siento, Ilhan Omar: no te voy a dar el lujo de interpelarme. E insisto en que deberíamos quitarte la ciudadanía…».
Por su parte, el régimen iraní no puede permitirse la palabra «acuerdo». Ante los sectores más radicales —la Guardia Revolucionaria—, firmar un acuerdo equivale a pactar con el Gran Satán, una osadía que en Teherán se paga con la vida. Bien se rumoreaba en 2024 que el presidente Ebrahim Raisi era un pragmático capaz de negociar con Occidente, justo antes de que su helicóptero, convenientemente, se estrellara en la niebla.
Por eso, el juego de espejos es infinito. Desde que comenzó la guerra, Irán envía semanalmente las condiciones que «exige» para sentarse a negociar. Trump las rechaza, los ayatolás dicen que las van a revisar y, a la semana siguiente, vuelven a enviar el mismo documento con las mismas «exigencias». Trump vuelve a rechazarlo y así pasan los días, las semanas y los meses en un bucle eterno.
El mito del Estrecho de Ormuz y el espejo venezolano
¿Está cerrado realmente el Estrecho de Ormuz? Según la propaganda iraní, sí. Pero la realidad es que por esa vía circulan cargueros escoltados por navíos militares norteamericanos; al menos cincuenta de ellos lo atravesaron la semana pasada. ¿Puede Irán detenerlos? Sí y no. Puede hostigarlos con misiles tierra-tierra, pero no puede bloquearlos navalmente porque su marina y su fuerza aérea fueron totalmente destruidas por las fuerzas de Estados Unidos e Israel.
En realidad, el Estrecho de Ormuz está parcialmente cerrado sobre todo para la propia Irán, que no puede sacar su crudo para vendérselo a China, su comprador principal. Teherán vive hoy el mismo espejo que sufrió Venezuela hasta el pasado 3 de enero, cuando nuestros tanqueros estaban bloqueados y no podíamos exportar una sola gota, una parálisis que solo terminó con la intervención militar y la extracción de Nicolás Maduro. Las casas de seguros marítimos como Lloyd’s han disparado sus primas, es verdad, pero los barcos pasan. Como diría Galileo: Eppur si muove.
Irán arma rabietas mediáticas y jura que jamás conversará con el imperio, pero termina haciendo lo que Trump le exige. Por algo están metidos en un hotel de Suiza y no en Islamabad. Se levantan furibundos de la mesa de negociación, zapatean y declaran que «abandonan las conversaciones» porque Israel sigue reventando a Hezbolá en el sur del Líbano; pero no se van del hotel, se quedan en el lobby esperando a ver si Trump cambia de opinión.
El factor Netanyahu y el negocio de Sun Tzu
Mientras tanto, Trump le advierte al mundo con su habitual desparpajo: «Ustedes conocen a Netanyahu; a ese no le tiembla el pulso para mandar a volar a un ayatolá o un apartamento en Beirut donde se juntan a jugar inocentemente al tawlat al-zahr (backgammon) un par de comandantes de Hezbolá. Ustedes saben que ese señor está loco…».
Irán se confunde, cree que va ganando la partida y, por puro instinto ideológico, ordena más ataques contra las FDI. Israel responde demoliendo sus posiciones y los iraníes vuelven a levantarse de la mesa: «Hasta que no detengan a Israel en el Líbano, no negociamos», y se mudan a la otra ala del hotel.
El beneficio para Washington es redondo: Trump ya firmó su «acuerdo», ya esquivó al Congreso y, técnicamente, puede iniciar otra ola de ataques durante sesenta días seguidos argumentando que se trata de «otra guerra». Por eso cambia el discurso y amenaza: «Si no abren plenamente el estrecho, los vamos a reventar». Irán promete resistir, pero regresa a la mesa. Hezbolá vuelve a atacar, Israel los vuelve a pulverizar y Trump remata el domingo: «Si siguen financiando y ordenando ataques en el Líbano y no se rinden, los vamos a borrar del mapa».
No los van a borrar del mapa, claro está; eso sería un mal negocio. Como recomendaba Sun Tzu en El arte de la guerra, la victoria perfecta es aquella que se logra sin pelear, capturando el territorio intacto y con todas sus capacidades productivas intactas. Lo que presenciamos es una guerra de propaganda. La guerra militar ya se libró e Irán la perdió estrepitosamente; resultó no ser la superpotencia que nos vendían, y sus supuestos aliados, Rusia y China, se lavaron las manos. A nadie le conviene pelear con Trump.
El sainete de los 60 días
Así que, por los próximos sesenta días, continuará la comedia, ya sea en Suiza o en Islamabad. Las filtraciones del Times señalaban que sesenta días es el plazo máximo para un acuerdo definitivo, prorrogable por mutuo consentimiento. ¿Pueden Estados Unidos e Israel aguantar ese tiempo sin que colapsen sus economías? Por supuesto. En caso de una verdadera emergencia petrolera en el Golfo Pérsico, para eso quedó Venezuela a la mano; claro, con un poquito de inversión, reglas de juego financieras claras, seguridad fiscal y seriedad en los contratos.
¿Puede Irán aguantar sesenta días más sin vender petróleo? Poder, puede, pero con una economía hecha pedazos; y si las milicias no comen, el frente interno se les va a levantar en armas.
Seguiremos viendo el festival de dimes y diretes entre Washington, Teherán y las insaciables redes sociales. Pero no se engañen: como dicen en Maracaibo, «todo esto es puro buche y pluma». Mucho ruido y pocas nueces. No miren lo que dicen, analicen lo que de verdad hacen. Esa vieja enseñanza de mis maestros me ha servido para toda la vida.
