Audio: https://clyp.it/1q5lfykw
Julio A. López, editor jefe.- Cada consulta a un chatbot, cada imagen generada y cada modelo entrenado consumen electricidad. Multiplicado por miles de millones de usuarios, ese consumo se ha convertido en el problema energético más urgente de la década. Según Gartner, el consumo eléctrico mundial de centros de datos crecerá un 26% este año, hasta 565 teravatios-hora, y superará los 1.200 TWh en 2030. Goldman Sachs calcula que solo en Estados Unidos la demanda de los centros de datos se duplicará, de 31 a 66 gigavatios, entre 2025 y 2027.
Frente a esa presión, compiten dos respuestas. La primera, la de Will Chueh, director del Instituto Precourt de Energía de Stanford, sostiene que la necesidad puede convertirse en un motor de innovación, como ocurrió tras el embargo petrolero de 1973, que dio origen a las baterías de litio, a la energía solar y a la eficiencia energética moderna. Su fórmula exige tres condiciones simultáneas: sostenibilidad, asequibilidad y seguridad energética.
La segunda respuesta, más pragmática, es la que se observa en el terreno: Estados Unidos está resucitando al carbón. El Departamento de Energía comprometió 850 millones de dólares para dos plantas nuevas en Alaska y Virginia Occidental, más 400 millones para modernizar instalaciones en siete estados. La administración Trump emitió órdenes ejecutivas para acelerar el arrendamiento de tierras federales, agilizar los permisos y designar al carbón como “mineral estratégico”. La producción creció un 13% en 2025 y decenas de plantas programadas para cerrar extendieron su vida útil.
El argumento de fondo es la confiabilidad: el carbón puede almacenarse en sitio durante meses y sostener la red durante interrupciones o picos de demanda, algo que el viento y el sol, dependientes del clima, no garantizan sin infraestructura adicional. Isaac Orr, del centro Always On Energy Research, ha cuantificado un “costo social de los apagones” —alimentos perdidos, horas laborales, muertes por falta de climatización— que podría anular los beneficios climáticos proyectados si se retiran plantas confiables sin un sustituto inmediato.
Aquí conviene una precisión que suele omitirse: el indicador más citado para afirmar que las renovables ya son más baratas —el LCOE, o costo nivelado de energía— compara el costo de construir y operar una planta con la electricidad que generará, pero no incluye el respaldo que el sol y el viento necesitan cuando no hay luz ni viento, ni las nuevas líneas de transmisión que requieren. Por eso la Agencia Internacional de Energías Renovables afirma que la solar y la eólica terrestre fueron 41% y 53% más baratas que la alternativa fósil más económica en 2024, mientras que analistas del sector sostienen que las plantas de carbón existentes generan electricidad más barata cuando se contabiliza ese respaldo. Ambas cifras son ciertas; miden cosas distintas.
Con todo, los números a mediano plazo no acompañan la apuesta por el carbón. Su participación en la matriz eléctrica estadounidense cayó del 57% en 1988 al 17% en 2025, y Wood Mackenzie proyecta que caerá otro tercio hacia 2032. En mayo, por primera vez, la energía solar superó al carbón en generación eléctrica en Estados Unidos: 12,8% frente a 12,2%. De los 86 gigavatios de nueva capacidad que se sumarán a la red en 2026, ninguno vendrá del carbón: la mitad será solar, más de una cuarta parte será de almacenamiento en baterías. Las exportaciones de carbón cayeron un 14% en 2025, sobre todo por una caída del 92% en los envíos a China.
China e India, mientras tanto, siguen construyendo capacidad de carbón a ritmo récord —China sumó 161 GW en 2025—, lo que sugiere que el mundo no resuelve el dilema energético, sino que lo reparte de manera desigual entre quienes pueden costear la transición y quienes no.
Aquí es donde la propuesta de Stanford ofrece una salida más honesta que la nostalgia por el carbón. Chueh no solo pide más electricidad: pide usar la propia inteligencia artificial para acelerar el desarrollo y el despliegue de tecnologías energéticas, comprimiendo en años procesos que antes tomaban décadas. Su colaboración con el científico computacional Stefano Ermon, que fusiona IA y ciencia de materiales, ejemplifica el tipo de innovación cruzada que las universidades —y no las plantas de carbón del siglo XX— están mejor posicionadas para generar.
Reconocer que el carbón ofrece confiabilidad real no equivale a apostar el futuro energético a una industria en declive estructural, sin una sola planta nueva prevista para 2026 y con exportaciones en declive. La salida sostenible no es elegir entre confiabilidad y sostenibilidad, sino invertir en lo que realmente resuelve ambas: almacenamiento, redes inteligentes y la aceleración que la propia IA puede aportar a la solución.
La IA necesita mucha energía; la pregunta es si esa demanda sostendrá el carbón o impulsará la innovación.
