Luis Contreras.- El mapa político de Iberoamérica ya no se dibuja con las coordenadas de la vieja polarización ideológica, sino con las de la estricta supervivencia material. La reciente e inapelable victoria de la derecha en Colombia, donde Abelardo de la Espriella se impuso al proyecto del Pacto Histórico liderado por Iván Cepeda, no es un hecho aislado. Es el síntoma definitivo de un cambio sociológico profundo: el progresismo regional está perdiendo el monopolio del cambio, arrastrado por su propia incapacidad para proveer orden público, seguridad y crecimiento productivo.
Petro y el colapso de la épica sin gestión
La estrepitosa caída del progresismo en Colombia ofrece una lección fundamental sobre los límites de la retórica. El gobierno de Gustavo Petro asumió el poder con una ambiciosa agenda de transformación civilizatoria, pretendiendo liderar una vanguardia ecológica global basada en el marchitamiento de la industria de hidrocarburos. Sin embargo, esta épica discursiva chocó de frente con las demandas más elementales del ciudadano común.
El error trágico de Petro fue subestimar la gestión de la realidad material. Mientras el Ejecutivo se concentraba en debates conceptuales y reformas maximalistas, los territorios sufrían el avance del crimen organizado y las clases medias urbanas padecían la parálisis de la inversión privada. Al descuidar la bandera del orden público y el crecimiento económico tradicional, el proyecto oficialista terminó asfixiado por sus propios complejos ideológicos, pavimentando el camino para que una opción de shock y mano dura capitalizara el descontento popular.
Zapatero y la degradación ética del pragmatismo
En el plano diplomático, el declive de esta izquierda coincide con el desgaste de sus operadores históricos, siendo el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero el exponente más divisivo. Bajo el aura de una supuesta «diplomacia de contención» y mediación institucional, la actuación de Zapatero en el conflicto venezolano ha terminado por fracturar la autoridad moral del progresismo internacional.
Lejos de representar los valores de la socialdemocracia europea clásica, la labor de Zapatero ha sido severamente cuestionada por liderazgos como el de Gabriel Boric en Chile, quien ve en su aproximación una complacencia opaca que solo sirvió para dilatar los tiempos y prolongar la agonía institucional de Venezuela. Peor aún, las investigaciones judiciales que en 2026 escudriñan sus presuntas tramas de tráfico de influencias y redes societarias vinculadas a la intermediación económica demuestran el peligro subyacente: cuando el progresismo sustituye los principios democráticos por un pragmatismo transaccional de élites, corre el riesgo de degradarse en un simple instrumento de lobby corporativo para sostener estructuras autoritarias en resistencia.
El «America First» de Trump: El nuevo marco de la fuerza
Este repliegue de la izquierda iberoamericana se produce en el peor escenario internacional posible: el retorno agresivo del nacionalismo transaccional de la Casa Blanca. La administración de Donald Trump ha despojado a la política exterior de EE. UU. de toda pretensión diplomática en el hemisferio. Mediante la resurrección explícita de la Doctrina Monroe, la doctrina America First concibe a América Latina exclusivamente como su esfera de influencia directa y zona de seguridad nacional.
El America First no busca socios ni consensos multilaterales; busca imponer condiciones que frenen la migración, asfixien al narcoterrorismo y bloqueen la expansión comercial de potencias rivales en la región. La drástica operación de extracción que sacó a Nicolás Maduro del tablero a inicios de año, seguida de la contundente línea de Washington de que su dominación en el Hemisferio Occidental nunca más será cuestionada, establece el nuevo parámetro regional: EE. UU. negocia directamente con las élites fácticas y militares para administrar los recursos energéticos y la estabilidad fronteriza.
La paradoja de la normalización tutelada
Bajo esta implacable realidad, el relato clásico de la resistencia soberana y el antiimperialismo de izquierda se ha desmoronado por completo. La viabilidad de Venezuela depende hoy de las licencias y directrices financieras dictadas desde el Norte, forzando una apertura corporativa y una dolarización de facto que sepultan definitivamente los manuales del socialismo tradicional.
Frente a esta cruda realidad, la psicología colectiva ha mutado hacia un pragmatismo transaccional. La percepción social ya no se mueve por el fervor de las marchas ni por promesas revolucionarias, sino por dos fuerzas invisibles pero arrolladoras:
- La economía del voto: Un cálculo strictly utilitario donde el elector premia la predictibilidad económica. El votante entiende que una postura radical o estridente pone en riesgo la frágil estabilización comercial, el control de la inflación y las amnistías logradas. Votar por la moderación y el cumplimiento del pacto validado por Washington es, simplemente, un mejor negocio.
- La conciencia de rebaño: El refugio colectivo en el consenso seguro. Ante el trauma de una crisis prolongada, la masa social tiende a imitar el comportamiento de normalización y penaliza de forma silenciosa el desmarque ideológico. El «rebaño» busca certidumbre, salarios con poder de compra y estabilidad, no revoluciones extemporáneas que atraigan la ira del vecino del Norte.
El nuevo manual: Certezas sobre ideología
La lección que deja este portal liminal de 2026 es que los ciudadanos de la región están cansados de ser el laboratorio de experimentos doctrinarios que no solucionan el día a día. Países con enfoques socialdemócratas en lo institucional, pero estrictamente promercado y de mano dura en seguridad, como la República Dominicana de Luis Abinader, demuestran que es posible gobernar con alta rentabilidad política si se leen correctamente las demandas de la era digital.
La legitimidad de un gobierno contemporáneo ya no se mide por la pureza de sus consignas o por la mediación de operadores políticos opacos. Se mide en voltios, en galones de agua, en el poder de compra del salario y en la seguridad física al salir a la calle.
Si los liderazgos progresistas que aún sobreviven en el continente —como Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil o Claudia Sheinbaum en México— no asimilan el golpe del colapso del modelo de Petro en Colombia y el fin de la autonomía soberana en Venezuela, el efecto dominó será inevitable. En un continente cercado por la doctrina del America First, el futuro electoral pertenecerá a quienes dejen de atrincherarse en la resistencia defensiva y entiendan que, para la sociedad aspiracional de hoy, el orden y la estabilidad económica son el verdadero y más urgente progreso.
