Andrés Ramón Giussepe Avalo.- Cuando los banqueros centrales en Washington, Londres o Fráncfort enfrentan presiones inflacionarias, el manual institucional es claro: elevar las tasas de interés, restringir el crédito y contener la demanda agregada hasta que los índices de precios se estabilicen. Durante décadas, la teoría macroeconómica ortodoxa ha operado bajo el supuesto de que estas herramientas —construidas sobre premisas neoclásicas y monetaristas— son de aplicación universal. Sin embargo, aplicar estos marcos convencionales a la trayectoria inflacionaria histórica de Venezuela no genera una explicación, sino un profundo desacople analítico.
Para comprender por qué los precios en Venezuela han mostrado un comportamiento tan severo durante las últimas décadas, se debe reconocer primero una realidad fundamental: los modelos económicos estándar fueron diseñados para economías con mercados de capitales profundos, estructuras productivas diversificadas y monedas plenamente soberanas. En Venezuela, ninguna de estas condiciones de partida se cumple.
La falla de los supuestos universales
En el corazón de la teoría monetaria moderna se encuentra la ecuación cuantitativa del dinero (M \cdot V = P \cdot Y). Los monetaristas sostienen que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno monetario: un simple desajuste entre la oferta de dinero (M) y el producto real (Y). Aunque nadie niega que la emisión inorgánica sin respaldo expande el nivel de precios, reducir la compleja crisis venezolana a la mera narrativa de la «imprenta del billete» ignora la arquitectura estructural que desencadena esa emisión en primer lugar.
Los modelos estándar fallan en el contexto venezolano debido a tres fricciones estructurales irreconciliables:
1. La matriz rentista y la Enfermedad Holandesa
A diferencia de las economías diversificadas donde el tipo de cambio refleja la competitividad comercial general, la oferta de divisas en Venezuela ha dependido históricamente de una sola variable exógena: los precios internacionales del petróleo. Durante los ciclos de bonanza, la entrada masiva de petrodólares sobrevaluó el tipo de cambio real, desmantelando sistemáticamente la agricultura e industria locales —una manifestación clásica de la Enfermedad Holandesa—. Cuando los ingresos petroleros cayeron, la economía quedó sin un colchón productivo interno, forzando una dependencia absoluta de las importaciones para el consumo básico.
2. Inelasticidad severa de la oferta y cuellos de botella
En las economías desarrolladas, un incremento en la demanda o un cambio en los precios genera una respuesta por el lado de la oferta: las fábricas aumentan su utilización de capacidad o importan insumos intermedios. En Venezuela, la desarticulación del tejido industrial y las rigideces acumuladas crearon una extrema rigidez en la oferta. Cuando la producción nacional no puede responder a los estímulos de la demanda, cualquier inyección de liquidez o ajuste del tipo de cambio se traslada de forma directa —y casi instantánea— a los precios al consumidor, sin generar crecimiento real.
3. La restricción externa como verdadero ancla de precios
Para una economía anglosajona, el principal mecanismo de transmisión de la política monetaria es la tasa de interés. En Venezuela, donde la intermediación bancaria se redujo drásticamente y el signo monetario local perdió sus funciones de reserva de valor, la tasa de interés pasó a ser prácticamente inoperante. En su lugar, la economía se desplazó hacia un modelo de Pass-Through (efecto transmisión) determinado por la disponibilidad de divisas. La inflación en Venezuela no se origina puramente en los libros del Banco Central; se activa cuando el sector externo se estrangula, depreciando la moneda y reindexando de inmediato toda la estructura de costos internos.
La perspectiva estructuralista: Dinero endógeno y dominio fiscal
Para construir un marco explicativo riguroso sobre Venezuela, es indispensable revisar la tradición del Estructuralismo Latinoamericano impulsada por la CEPAL.
El estructuralismo demuestra que en economías periféricas y dependientes de recursos naturales, el dinero es una variable endógena. El Banco Central no crea la inflación en el vacío; más bien, los déficits fiscales son el síntoma estructural de un Estado que intenta absorber choques externos y resolver conflictos de distribución social sin una base tributaria no petrolera estable. Cuando el ingreso externo desaparece, el Estado recurre a la expansión monetaria para sostener sus operaciones básicas. En este escenario, el dinero convalida desequilibrios estructurales preexistentes: no los crea de la nada.
Asimismo, la dolarización de facto ha introducido un régimen transaccional híbrido. Los precios se fijan en divisas en función de los costos de reposición futuros y las expectativas adaptativas, mientras que los salarios y cuentas públicas pugnan en moneda nacional. Esta fricción entre dos monedas genera una inercia inflacionaria que los modelos monetarios estándar simplemente no pueden capturar.
Redefiniendo el paradigma analítico
Cuestionar la aplicación universal de la teoría económica occidental no constituye una renuncia a la ciencia económica; es un llamado al rigor metodológico. Tratar a Venezuela como si fuese una economía de mercado diversificada y de altos ingresos conduce a diagnósticos errados y recetas de política ineficaces.
Para comprender verdaderamente la inflación en Venezuela, los analistas deben ir más allá de los estrechos márgenes del monetarismo. El camino a seguir exige un enfoque integrado que reconozca las vulnerabilidades de un Estado monoproductor, las realidades de la restricción externa, las profundas rigideces del aparato productivo interno y el modelo de distribución de riquezas. Solo abordando estos desequilibrios de fondo se podrá trazar una ruta duradera hacia la estabilidad macroeconómica.
