José Luis Díaz T.- A las 4:15 de la tarde, el interruptor emite un clic seco e inútil. En la cocina de una casa en La Vega, la nevera exhala su último aliento helado y un trozo de queso blanco empieza a sudar sobre la bandeja de plástico.
Afuera, la temperatura roza los 34 grados a la sombra.
A esa misma hora, pero a siete mil kilómetros de distancia, en la finca de El Alamín, un dominio de 1.600 hectáreas en la provincia española de Toledo, el aire acondicionado central zumba a 19 grados exactos.
Alejandro Betancourt López no necesita presionar ningún interruptor: la luz de la meseta castellana atraviesa los ventanales y se refleja en el mármol impecable.
Entre el refrigerador que se descompone en Caracas y la quietud señorial de Toledo no hay una distancia geográfica; hay un puente levantado con billetes de cien dólares.
Fueron doce contratos. Doce carpetas selladas con prisa ejecutiva entre 2009 y 2010, cuando el Gobierno de Hugo Chávez decretó la «emergencia eléctrica nacional».
Los expedientes y las auditorías de ONG como Transparencia Venezuela registraron años después la magnitud del guarismo: aproximadamente 2.900 millones de dólares pagados en compras con sobreprecio y turbinas usadas vendidas como de paquete.
Pero el dólar es una abstracción que no sirve para alumbrar un velorio.
La física real del asunto era más directa: por cada cifra con nueve ceros asentada en un banco de Lausana o de Nueva York, un circuito de distribución en los Andes o en el Zulia dejaba de transmitir kilovatios.
El país no compró energía; compró megavatios fantasma que solo existían en la memoria descriptiva de los folletos.
No inventaron el apagón; lo vendieron en cuotas.
En Caracas, las revoluciones suelen cambiar los nombres de las avenidas, pero raras veces alteran la guía telefónica de la élite. Los jóvenes que fundaron Derwick Associates no surgieron del pantano de un fuerte militar ni de la épica sindical.
Venían del ecosistema del Country Club y los colegios privados de Prados del Este, cargados de una densidad genealógica abrumadora.
Francisco Convit Guruceaga llevaba en el apellido el peso científico de su abuelo, el Dr. Jacinto Convit, el hombre venerado que arrinconó la lepra en los llanos.
Pedro Trebbau López era hijo del zoólogo que enseñó a varias generaciones a mirar la fauna silvestre en el zoológico de El Pinar, creador y conductor de los programas Zoológico Infantil, La Fauna y Campamento en la selva, los cuales fueron transmitidos en la antigua Televisora Nacional Canal 5, y también descendiente, por línea materna, del presidente decimonónico Hermógenes López.
Alejandro Betancourt exhibía en su árbol de estirpe la figura del general Hermágoras López.
Portaban nombres de plazas, de institutos médicos y de libros de historia.
Apellidos que en la IV República abrían las puertas de los despachos ministeriales y que, en la V República, abrieron las arcas de la tesorería revolucionaria.
La aristocracia caraqueña descubrió de pronto que el socialismo del siglo XXI no era un choque de clases, sino una renegociación de comisiones. La vaina no era tan mala.
El dinero extraído de la penumbra posee una propiedad química particular: disuelve la ideología con la velocidad del ácido.
Mientras los portavoces oficiales denunciaban por televisión la «guerra eléctrica» y los líderes opositores convocaban a marchas bajo el sol inclemente, los puentes entre ambos mundos se mantenían perfectamente asfaltados.
Francisco D’Agostino, socio e inversionista del grupo, no solo compartía estados de cuenta en los bancos del Caribe; compartía la mesa familiar como cuñado de Henry Ramos Allup, el caudillo de Acción Democrática.
En los mismos salones donde se criticaba la barbarie del régimen, se comentaban con discreción las gestiones bancarias de Víctor Vargas y las operaciones de intermediación petrolera.
Por las vías del parentesco cruzado y el tejido social de la vieja Caracas, Alejandro Betancourt compartía ramificaciones lejanas con la familia de Leopoldo López y círculos de proximidad consanguínea con el entorno de María Corina Machado Parisca.
Para el ciudadano común, golpeado por la escasez de agua y la luz intermitente, la política era una trinchera existencial; para la élite de los bolichicos, la política era una casa con dos puertas donde siempre había una alfombra dispuesta.
El clímax del absurdo venezolano no ocurrió en el valle de Caracas, sino en el corazón de España. Año 2019. Bajo los arcos señoriales del Castillo de Alamín, Alejandro Betancourt recibió a Rudy Giuliani, abogado personal del entonces presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
A la reunión asistió también Wilmer Guaidó, padre del presidente interino reconocido por Washington, Juan Guaidó.
La escena poseía la precisión de una escena del realismo mágico: un empresario enriquecido al amparo de las resoluciones del chavismo financiaba gestiones de alto nivel en la capital del capitalismo global, ofreciendo apoyo financiero y logístico a la causa de la oposición democrática.
No se trataba de una conversión ideológica tardía, sino de un cálculo de supervivencia penal; era la acción para tender un puente, otro más, en la búsqueda de una patente de corso ante el Departamento de Justicia estadounidense frente a la causa de lavado de dinero conocida como Money Flight.
El dinero producido por la oscuridad de diez millones de hogares servía para comprar indulgencias en las cúpulas del poder mundial.
Hoy, cuando la luz se interrumpe durante ocho horas en un pueblo de Trujillo o en un bloque de La Vega, la gente no piensa en las turbinas de General Electric ni en los tribunales del Distrito Sur de la Florida. La gente busca a tientas una vela rancia, junta los bolívares para comprar un botellón de agua o intenta salvar lo poco que le queda en el congelador.
Los bolichicos comprendieron antes que nadie la regla implícita de la tragedia venezolana: la política es un espectáculo ruidoso para la galería, pero el capital no tiene patria ni partido.
Mientras el país se acostumbró a vivir a media luz, ellos convirtieron la penumbra en la inversión más rentable de la historia contemporánea.
No causaron el colapso del país. Simplemente descubrieron que la oscuridad, cuando se administra con el apellido correcto, puede ser el negocio más deslumbrante del mundo.
