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Mario L. Arroyo B., LATAM Infrastructure Insights.- En 2025 Brasil exportó un récord de 416 millones de toneladas de mineral de hierro. Dos de cada tres se fueron a China. Ese mismo año, Brasil le compró a China unos 2.790 millones de dólares en hierro y acero, mientras le vendía apenas 1.660 millones de dólares en esos mismos productos. Sale el mineral, regresa convertido en acero. Y el valor se queda en el camino.
Después de más de veinticinco años en la industria de la infraestructura y los materiales de construcción, he comprobado que esto no es una anomalía: es el patrón que define a la región. Y tiene un nombre que casi nunca se pronuncia en voz alta: desindustrialización.

Vale la pena seguir el recorrido de una tonelada. Ahí se ve el tamaño real del problema.
Sale de un puerto latinoamericano como mineral de hierro. En China se convierte en acero, y buena parte regresa en forma de bobina: la lámina enrollada que sirve de materia prima para fabricar, entre otras cosas, tubería. Y aquí lo incómodo: tenemos en el continente siderúrgicas perfectamente capaces de producir esa bobina, y aun así la compramos hecha en China.
Pero la historia no termina ahí. Después de importar la bobina china, también importamos el tubo terminado que se fabrica con ella. Ni siquiera compramos el tubo que un fabricante latinoamericano podría fabricar con esa bobina importada: compramos el tubo chino.
Tres eslabones. Tres oportunidades de agregar valor. Las tres pérdidas en la misma operación. En cada una se va empleo, conocimiento técnico y recaudación.
Daniel Rey, director ejecutivo de la Cámara Colombiana de Productores de Acero, lo describió esta semana con precisión: la desindustrialización ocurre de forma gradual, cuando una economía se acostumbra a exportar sus materias primas sin transformarlas y va perdiendo la capacidad de fabricar productos terminados con autonomía. Nadie anuncia el cierre de una industria nacional. Simplemente, un día ya no está.
En Colombia, la industria metalmecánica representa cerca del 14% de la producción industrial y del 13% del empleo industrial, según cifras de ProColombia. Esa base puede fortalecerse o erosionarse según lo que se decida ahora.
Aquí llegamos al argumento que siempre cierra la discusión: el acero importado es más barato. En la factura inmediata, es cierto. Pero después de años negociando precios, aprendí que el precio de compra y el costo real rara vez coinciden.
Ese precio no refleja la energía subsidiada con la que se produjo el acero, ni los doce mil kilómetros de logística que alguien terminó pagando. Tampoco refleja lo que ese ahorro le cuesta al país que compra: los empleos que no se crearon, los impuestos que no se recaudaron, los ingenieros que se formaron para un sector que dejó de existir, las obras que se detuvieron a la espera de un barco. Esa contabilidad completa nadie la está haciendo, y es exactamente la que hace falta.
La evidencia ya no admite discusión. Chile perdió Huachipato, su principal siderúrgica, en 2024. En Brasil, las prácticas predatorias han costado más de 5 mil empleos y más de 450 millones de dólares en inversión. Y según Alacero, cuatro de cada diez toneladas de acero que consume la región se producen fuera de ella.
Lo más grave es que ya no vale la excusa clásica. No es que no tengamos con qué. Tenemos el mineral, la energía, las acerías y el personal técnico capacitado para hacerlo bien. Lo que no tenemos es la decisión política para hacerlo.
Y esa parte no la resuelve solo el sector privado. Ninguna industria pesada se levanta sin gobiernos que la acompañen: con reglas estables que duren más que un período presidencial, defensa comercial ejercida a tiempo y con rigor técnico, compras públicas que valoren el contenido regional y energía competitiva. No hablo de proteger empresas ineficientes. Hablo de darle al acero la misma seriedad estratégica que cualquier país desarrollado le dio a su industria cuando decidió desarrollarla.
Y aquí quiero ser explícito, porque es una convicción, no un análisis. Un país que solo extrae y vende minerales no está creciendo: está administrando su propio atraso. Industrializar no significa únicamente producir más toneladas de acero. Significa generar empleo calificado, formar ingenieros y técnicos, desarrollar tecnología propia, elevar el nivel educativo de una sociedad entera. Un país que fabrica aprende. Un país que solo exporta minerales, no.
La defensa de esta industria no puede seguir siendo país por país, con cada uno protegiéndose incluso de sus vecinos. O el acero latinoamericano se defiende como región, o se pierde por partes.
La pregunta de fondo no es cuánto acero producimos. Es quien se queda con el valor de lo que esta región es capaz de producir. Por ahora, la respuesta la está escribiendo alguien más.
